
“Leo Dan era apenas un recuerdo de cuando yo era chico”, dice Pablo Alabarces sobre su nuevo objeto de estudio, el cuarto hombre del “FabFour” de la música romántica argentina de finales de los años sesenta junto a Palito Ortega, Sandro y Leonardo Favio. “No le seguí la carrera y no estoy para nada entusiasmado con seguírsela. Pero lo que disparó toda esa reflexión fue que Leo Dan se murió y nadie le dio bola”, dice el escritor, sociólogo y profesor argentino desde algún hotel en el centro de París. Acaba de publicar Te he prometido una tesis sobre Leo Dan en Infobae Ediciones.

Te he prometido una tesis sobre Leo Dan
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Ahora Alabarces está en Francia pero debería ser Estados Unidos. Viajó a París a participar de un congreso de LASA (Latin American Studies Association), la organización más grande del mundo en reunir personas e instituciones dedicadas a estudiar América Latina y el Caribe. Historia mínima del rock en América Latina, que escribió con Abel Gilbert, fue elegido mejor libro iberoamericano. Debería estar en Estados Unidos —a la organización la crearon académicos estadounidenses—, pero “hay problemas con las visas de los latinoamericanos”, cuenta.
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Leo Dan murió el primer día de 2025. Un infarto agudo de miocardio mientras dormía en su casa de Miami. Tenía ya 82 años. Había nacido en un paraje de Santiago del Estero, Villa Atamisqui, con veinte años se mudó a Buenos Aires y el éxito lo encontró enseguida. “La historia cuenta que se cansó de la competencia con Palito Ortega y se mandó a mudar. En el 68 o 69 se va primero a España y después a México. Terminó siendo el artista argentino que más discos ha vendido en la historia de la música popular argentina, duplicando a Palito incluso", le dice Alabarces a Infobae Cultura.

“Cuando Sandro se murió lo velaron en el Congreso. A Juan Gabriel, el otro gran cantante melódico mexicano, lo velaron en el Palacio de las Bellas Artes. Me preguntaba cómo puede ser que el artista argentino que más discos vendió en la historia no haya merecido, no digo un libro, pero un artículo por parte de la academia, los intelectuales, etcétera, etcétera? Eso no es solo una falencia argentina. En 2019 ganó el Oscar Roma, la película de Cuarón, que se inicia con una canción de Leo Dan: ’Te he prometido’. En ese momento yo les preguntaba a los mexicanos... y tampoco”, agrega.
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Te he prometido una tesis sobre Leo Dan es un libro breve, de apartados cortos y lectura ágil. Avanza siguiendo aquel método de Beatriz Sarlo, “sin suficiencia elitista ni condescendencia populista”, tras la pregunta de “qué está ocurriendo en ese encuentro entre un producto de la cultura de masas y una subjetividad popular”. “¿Y si la plebeyización cultural —ese proceso por el cual las clases medias y altas se apropian de los bienes populares— no fuera democratización sino su exacto contrario: la forma más eficaz de neutralizar lo que el pueblo siente y desea?”, se lee en el libro.
Hay algo que distingue a este tipo de artistas. Alabarces lo llama “permanencia en la memoria popular”, “el juicio que distingue a la cantante argentina de cumbia Gilda, transformada en santa popular luego de su muerte en 1996, de Karol G y los ciento un millones de reproducciones del tema ‘+57′“. La pregunta por los efectos es clave, dado que “la plebeyización no supondría una degradación de lo culto, sino una captura y clausura de lo popular”, escribe el investigador. Cuando lo plebeyo “deja de designar diferencia” es cuando “oculta la desigualdad”, pero “sin solucionarla”.
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Entrados los 2000, en un muy popular programa de la tele, La peluquería de los Mateos, Rolo Puente entraba cantando: “Como yo no estoy ni comprometido, ni casado, ni nada, y usted no está ni comprometido, ni casado, ni nada, ¿por qué no charlamos un ratito?“ “¡Eso era un hit de Leo Dan de 1967!“, dice Alabarces. ”Y los tipos lo usaban veinte años después, porque esa canción había quedado en la memoria. Entonces, la pregunta es: ¿qué significan este tipo de fenómenos que quedan marcados en la memoria de tal manera que veinte, treinta, cuarenta, cincuenta años después, siguen vigentes?”
Ahora, abocado al diálogo telefónico con un océano, el Atlántico, en el medio, sostiene que “la cultura de masas es el gran organizador de la cultura contemporánea, y ya no la vieja cultura culta, en términos de repercusiones, efectos y de ordenamiento de agenda”. “Es mucho más importante el Movistar Arena que el Teatro Colón”, resume. “Las culturas plebeyas son mucho más adoptadas y consumidas por las clases medias-altas. En el momento político es más claro: tenemos en el poder a una banda de plebeyos. A Milei le gusta la ópera pero sale a la calle y se pone a cantar La Renga”.
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Si bien “cambió la valoración de la cultura de masas”, hay “ciertas zonas” donde “sigue el menosprecio”. Y ejemplifica así: “Lali Espósito recibe una valoración que no recibe L-gante, alguien que es, entre muchas comillas, exasperantemente groncho. Bueno, Leo Dan es eso: groncho, mersa". Y lo compara con Palito Ortega, un ídolo popular al que también le dedicó un libro, Un muchacho como aquel, también junto a Abel Gilbert: “Ellos no hablaban ni en tucumano ni en santiagueño, hablaban en porteño. Borran la marca lingüística, pero no pueden borrar el cuerpo: son morochos provincianos”.

“¿De dónde venís? Yo vengo de una familia humilde. Eso lo que garantiza es mi contrato con el público. Mi contrato con el público está garantizado por el hecho de donde nací. Eso ya es un argumento fuerte para los públicos populares. Para los públicos de las clases medias era un argumento negativo, pero dejó de serlo", dice el investigador y subraya el proceso de asimilación: “Creo que fue Fernández Díaz el que dijo: ‘Sandro era mersa, era groncho, pero con el tiempo pasó a ser aceptado’. Bueno, eso es lo que pasó también con Palito, eso es lo que pasó también con Leo Dan".
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Se da entonces un proceso que vuelve a ese producto cultural, no solo aceptado, sino amigable. “No molesta, es conservadora, y en algunos casos, como el de Palito, es francamente reaccionaria. Pero lo que ocurre es que no molesta y sin embargo es más democrática porque te obliga a aceptar que tu sociedad es mucho más plural que simplemente las clases dominantes. El lenguaje dominante es esa lengua que se supone de grado cero, que es en realidad el habla porteña de clase media, blanca, con el secundario completo. Pero la Argentina es algo mucho más plural”, explica.
Si bien la música de Leo Dan “no cuestiona el poder de ninguna manera”, la ruptura está en que “cuestiona esa homogeneidad estereotípica” de que ”los argentinos somos todos blancos, porteños, de clase media, con secundario completo”: “En ese sentido, sí, molesta”. Y eso se filtra en una cultura de masas que funciona, sobre todo la música popular, en la “educación sentimental” de las mayorías: “Que las clases populares se eduquen en la cultura de masas significa que vos aprendés a enamorarte escuchando canciones románticas”. Ahí, en aquella época, Leo Dan estaba en el centro.
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De pronto, en la conversación aparecen nombres como Ricardo Montaner, Libertad Lamarque, Fito Páez, Vicentico, Milo J, El Chaqueño Palavecino, Café Tacvba, Roberto Carlos, Los Redondos... El acento está en las formas en que las clases altas incorporan los productos culturales de las clases populares a sus repertorios sociales. Siempre hay tensiones y resistencias. L-Gante, por ejemplo, “es el negro inaceptable”. “Esto no significa defender su música”, aclara. “A mí no me gusta, pero una cosa es que no te guste y otra cosa es despreciarlo. Ese es un paso que jamás voy a dar”, concluye.
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