
La resistencia y la desobediencia son, para el escritor argentino Patricio Pron (Rosario, 1975), dos elementos esenciales en este momento histórico, y la literatura, dice, “puede ser una forma de ejercerlas”, ya que “tanto escribiendo como leyendo encontramos en ella una herramienta para transformar los tiempos que no son buenos”.
Esta es una de las reflexiones que se desprenden del último libro de Pron, En todo hay una grieta y por ella entra la luz (publicado por Anagrama), una novela “con muy poca ficción”, dice en esta entrevista en Madrid, en la que ha querido relatar el presente sin caer en derrotismos, dejando, como sugiere el título, un espacio a la esperanza.
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En la obra, el argentino reflexiona sobre el duelo, la crisis ecológica y el arte como resistencia, en una Nueva York sombría y pospandémica. La trama muestra a un escritor, encargado de realizar la biografía del rumano Benjamin Fondane, un poeta que hizo una película maldita en Buenos Aires y fue asesinado en Auschwitz.
La novela tiene tintes autobiográficos, “pero lo autobiográfico es lo menos interesante, más bien funciona como un disparador de una trama que debe sostenerse por sí misma, no por mi identificación con el narrador”, explica Pron.
Entre esas pinceladas autobiográficas, la historia de su abuelo, un inmigrante italiano que al llegar a Argentina decidió, de manera misteriosa para la familia, convertirse en alguien que curaba los campos de sus vecinos, casi como un chamán. “Esa historia también es real”, afirma.
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“La historia de mi abuelo es real, al igual que otras que aparecen en el libro. Y el tránsito por Nueva York está inspirado en experiencias propias”, asegura Pron.
Resistencia frente a todo
Uno de los ejes del libro es la posibilidad de que el narrador recupere la vitalidad y la fuerza necesarias para ejercer resistencia frente a lo que le rodea y frente a los tiempos que le toca vivir: “Esa resistencia es, para mí, esencial en este momento histórico. Y la literatura puede ser una forma de ejercerla: tanto escribiendo como leyendo, encontramos en ella una herramienta para transformar tiempos que no son buenos”.
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Y esa resistencia es también ante Donald Trump, ya que la figura del mandatario estadounidense aparece en varias ocasiones durante la trama, aunque “no tenía intención de centrarme en él”, dice el autor.
“Me parece insignificante frente a las fuerzas económicas y políticas que representa. Lo incluí porque fui testigo de ese momento en Estados Unidos y porque lo que ocurre allí puede suceder en otros lugares: la radicalización y la política de la crueldad pueden expandirse”, señala Pron.
La novela no es “sobre la pandemia, sino sobre lo que vino después, sobre este presente agitado”. “La pregunta que me hice al empezar a escribir fue: ¿Cómo narrar el presente sin caer en el derrotismo? ¿Cómo no hundirme ni hundir a mis lectores?“.
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Y se responde a sí mismo: “Creo que encontré una respuesta posible en el recorrido del narrador por una Nueva York que se prepara para la segunda presidencia de Donald Trump, y en la historia de mi abuelo materno, que curaba los campos".
“Creo que todos queremos conocer las historias de quienes nos precedieron y, sin embargo, nunca las conocemos del todo. La literatura también sirve para iluminar esos aspectos ocultos. Comprender a quienes nos precedieron puede ayudarnos a convertirnos en mejores ancestros para quienes vendrán. Y convertirse en un buen ancestro es una de las tareas más importantes de nuestro tiempo”, señala.
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Una estructura distinta
El libro tiene una estructura hasta ahora nada conocida, con pies de página gigantes que llevan al lector a una lectura inesperada.
“Nada surge de la nada. Concebí el libro así porque nunca había leído uno compuesto por una concatenación de notas al pie. Muchas personas las desprecian o las saltan. Es una invitación a habitar los márgenes, a elegir entre el texto principal y aquello que el texto pudo ser”, dice Pron.

Y es un llamado también a las nuevas generaciones, para quienes “las tecnologías han sido muy eficaces en el borrado del pasado. Pero seguimos siendo producto de él”, asevera.
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“La literatura no solo entretiene: es un reservorio de vidas posibles. Nos muestra cómo vivimos y cómo podríamos vivir. Es una forma de resistencia y desobediencia. Como decía la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial: ‘obedecer es traicionar’”, señala.
Y reconoce que “nos falta reflexión”, porque “debemos recuperar la capacidad de atención y aprender a habitar tiempos más lentos. Las tecnologías no nos han arrebatado esa capacidad por accidente: ese era su propósito. La literatura es una de las mejores herramientas para recuperarla”, concluye.
Fuente: EFE.
Fotos: archivo.
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