
Supongamos que empiezo diciendo que me enamoré de un hombre. Perdidamente, locamente, profundamente. Que cuando me enamoré yo acaba de llegar a vivir a una ciudad muy muy lejana y que una vez que me enamoré pues ya no me quise ir. No por la ciudad en sí que siempre me pareció necia, construida de espaldas al mar con sus racimos de edificios recargados. Sino que porque estaba enamorada y porque en esa ciudad había encontrado el amor. En mi fantasía, éramos jóvenes y felices para siempre en la ciudad nueva, cerca del ruido y del agua, como una pareja de artistas que nadie sabe bien de qué carajo viven.
En la realidad yo limpiaba departamentos turísticos por diez euros la hora. Él vivía de la plata que había ganado cortando marihuana en California y en lo único que pensaba era en irse de nuevo. Vibrando en el agua quedita del Mediterráneo empecé a ponerme nerviosa. No sabía qué hacer con la desesperación que me daba que mi amor se quisiera ir cuando apenas lo acababa de encontrar. Entonces diré que en el principio de la escritura, en su grado cero, la novela no era otra cosa que largas –muy largas– cartas de amor. Pasé meses zurciendo palabras como anzuelos en un archivo, buscando el filo en la línea, el golpe de efecto que hiciera que él se quedara conmigo.
No que me dé orgullo colgarme esta cucarda, pero desde el principio estaba persiguiendo cierta idea de precisión. Escribía convencida de que si lograba decir lo exacto iba a ganarme, si no su amor, al menos su admiración. Para alguien que trabajaba limpiando lo que las turistas inglesas ensuciaban cuando venían a reventarse de fiesta a la ciudad, la admiración era importante. Le escribí cientos de cartas agónicas. No comía mucho, no dormía nunca. Me arrancaba pedazos de dedo a mordiscos. Subía y bajaba enloquecida las escaleras de los departamentos en los que trabajaba, como una Carrie Bradshaw encorvada, fumando como un escuerzo y con la ropa percudida. Esperaba su respuesta. Pero él no me respondía. Entonces decidí subir una seguidilla de fragmentos rabiosos de mis cartas a la internet.

Fue como soltar una bomba de estruendo en el centro de una concentración de gente. Hice volar todo por los aires. Él se enojó mucho. Creo que dejó de hablarme. A partir de acá todo es borroso. Lo que sé es que una vez que expuse las condiciones de mi humillación, la angustia con la que vivía, las cartas se transformaron en algo más. Por ejemplo: se volvieron importantes cosas que hasta entonces no habían sido importantes; ya no era nada más precisar un sentimiento sino que nombrar las cosas. Ahora lo que quería era escribir mejor, escribir bien. Que se notara que había leído a Chris Kraus, que quería parecerme a ella en la obsesión pero que, en el tono, estaba más cerca de Maggie Nelson. En definitiva: que escribía en español pero que copiaba del inglés.
De todos modos no diría que un día me desperté, puse la pava, preparé el mate y con determinación me senté a escribir una novela. En mi caso, el ejercicio consciente y disciplinado vino después, más cerca del final que del principio. Cuando ya había dejado de limpiar departamentos turísticos por poca plata y tenía permiso para trabajar en España, cuando la nacionalidad española me había sido concedida y me había ganado una beca para terminar mi novela. Debe haber, habrá por ahí dando vueltas, escritoras que se sientan a escribir un día y consiguen acabar una novela con una concentración imperturbable. Yo, mientras tuve que trabajar, la fui armando por partes porque eso es lo que un trabajo de tiempo completo me permitía.
Si las cosas se hubiesen dado como en mi fantasía, nunca hubiera terminado nada. Él se habría casado conmigo, yo hubiese criado a sus hijos o algo todavía peor. Lo que pasó es que un día dejé de escribir cartas; en cambio, me puse a escribir un libro. No siempre tuve el tiempo para escribir ni la convicción de que podía terminar pero, en algún punto del recorrido, hice el salto, cambié de bando, dejé de buscar una respuesta. Me enfrenté a problemas narrativos que la escritura de cartas no tenía. Entendí la paradoja de la segunda persona: en el tú –en el vos– no hay un otro, es una ficción que enmascara la megalomanía de una primera persona obsesionada. En el fondo es una forma de no dejar hablar a nadie.
Cuando tuve que elegirle un epígrafe, una clave de lectura que abriera, me decanté por ese pedacito de Bluets que dice: “Quiero que sepas, si alguna vez lees esto, que hubo un tiempo en el que hubiera preferido tenerte a mi lado que cualquiera de estas palabras; hubiera preferido tenerte a mi lado a todo el azul del mundo”. Me gusta esa cita porque sugiere que hubo un tiempo en que ella deseaba cosas que parece no desear más. En el momento en que lo leí fue como acceder a la verdad revelada: podía volver a ver el diámetro del agujero sin sentir realmente la falta. Nunca va a dejar de parecerme curioso cómo hasta las novelas empiezan, a menudo, por el final.
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