La escuela como último refugio para niños que no quieren que lleguen las vacaciones

En ‘A British Childhood’, el escritor Frank Cottrell-Boyce plantea que la pobreza, la crisis de vivienda y el retroceso de servicios han convertido a las aulas en el lugar más seguro para una generación de alumnos

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El libro del día: “A British Childhood”, de Frank Cottrell-Boyce
El libro del día: “A British Childhood”, de Frank Cottrell-Boyce

Frank Cottrell-Boyce sostiene que la escuela se ha convertido en un refugio para muchos niños en Reino Unido, una transformación ligada a la pobreza, la crisis de vivienda y el deterioro de otros servicios públicos en A British Childhood: How Our Children Live Now (Una infancia británica: cómo viven nuestros niños hoy) libro que parte de su campaña Reading Rights para denunciar la desigualdad lectora en la infancia.

El punto de partida de esa campaña fue un dato: casi la mitad de los niños llegaban a la escuela sin que nadie les hubiera leído antes. Muchos, ni siquiera entendían cómo funcionaba un libro y trataban de deslizar el dedo por las páginas o ampliar las ilustraciones con los dedos como si estuvieran ante una pantalla.

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Cottrell-Boyce, autor de novelas infantiles como Millions y Cosmic, es una figura especialmente apta para ese trabajo por su larga relación con las escuelas y por su atención a los alumnos que quedan fuera de los criterios habituales de ortografía o prolijidad. Esa mirada se apoya también en una sensibilidad marcada por las desigualdades de riqueza y por la forma en que afectan la vida cotidiana de los niños.

En una escuela de Birkenhead (Merseyside, Liverpool) cercana a una terminal de cruceros, Cottrell-Boyce observa una postal social precisa: “Es un buen lugar para ver el dinero, pero ese dinero pasa de largo, sin dedicar una segunda mirada a estas calles de casas adosadas”.

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Tres niños de espalda, con uniformes escolares azules, comen en una mesa; la niña del centro tiene trenzas con lazos blancos. Uno de los niños sostiene pollo.
Para muchos chicos, el verano ya no representa aventura ni descanso, sino una expulsión temporal del lugar donde se sienten vistos y cuidados (Imagen Ilustrativa Infobae)

Una de las conclusiones centrales del libro aparece en una frase que un docente le dijo al autor: “Quizá no hables tanto de las vacaciones de verano. Las odian”. La idea invierte una imagen clásica de la infancia: para muchos chicos, el verano ya no representa aventura ni descanso, sino una expulsión temporal del lugar donde se sienten vistos y cuidados.

La respuesta directa a esa pregunta implícita del libro es esta: para una parte de la infancia británica, la escuela no es solo un espacio educativo, sino el lugar más estable del día. Con desayunos y actividades extraescolares que extienden la jornada, el centro escolar funciona como seguridad material, rutina y resguardo.

El autor se pregunta incluso si parte del éxito de sagas como Harry Potter y Percy Jackson tiene relación con esa idea de la escuela como abrigo. En paralelo, describe un sistema en el que los maestros asumen tareas que exceden la enseñanza: terapeutas, nutricionistas y trabajadores sociales ante una injusticia social de gran escala.

Tras la austeridad y los años del Covid, las escuelas dejaron de ser una pieza dentro de una red más amplia de apoyo, que antes incluía bibliotecas, clubes juveniles y centros Sure Start. En muchos lugares, “la escuela es la última evidencia de una esfera cívica: el Álamo de los servicios”.

El libro se detiene con especial fuerza en la vivienda temporal barata, hoteles y otras formas de alojamiento precario en las que quedan atrapados muchos niños (Foto: Bloomberg)
El libro se detiene con especial fuerza en la vivienda temporal barata, hoteles y otras formas de alojamiento precario en las que quedan atrapados muchos niños (Foto: Bloomberg)

El libro se detiene con especial fuerza en la vivienda temporal barata, los hoteles y otras formas de alojamiento precario en las que quedan atrapados muchos niños. El dato más contundente de ese tramo es que, entre los menores que cambian de casa más de 10 veces entre el inicio de la primaria y el año 11, solo 11% aprueba cinco o más exámenes GCSE. A esa inestabilidad se suma la llamada pobreza de mobiliario. La vivienda social suele entregarse en “void standard” (vacío standard): vacía y sin muebles, una condición que priva a muchos niños de algo tan básico como una cama propia.

Cottrell-Boyce considera especialmente impactante esa carencia y recupera la expresión de Robert Louis Stevenson para definir ese territorio íntimo del niño: “la tierra del cobertor”. La organización benéfica Time for Bed repartió 582 paquetes de cama el año pasado, con estructura, colchón y ropa de cama.

La precariedad también llega a la puerta de la escuela. Algunas instalaron lavanderías de forma discreta o mantienen reservas de uniformes usados, mientras que en educación inicial los docentes actúan como cuidadores porque muchos niños no llegan “listos para la escuela”, incluida la falta de control de esfínteres.

Tres mujeres adultas en uniforme atienden a niños en un aula con paredes desgastadas: una examina a un niño, otra sirve comida y la tercera habla por teléfono.
Los maestros asumen tareas que exceden la enseñanza: terapeutas, nutricionistas y trabajadores sociales ante una injusticia social de gran escala (Imagen Ilustrativa Infobae)

El libro intercala ese diagnóstico social con recuerdos de la infancia del autor en Liverpool, primero en un piso cercano a Dock Road donde compartía habitación con sus padres y su hermano, y después en una urbanización suburbana a medio terminar. Esas escenas sirven para reforzar su idea de que el niño absorbe el mundo con intensidad permanente.

Cottrell-Boyce lo formula así: “Cada bebé es Galileo”. El profesor Sam Wass, del Baby Development Lab de la University of East London, le dice al autor: “Hace unos días o unas semanas eras una criatura acuática, y ahora, de repente, estás en el este de Londres. ¿Por dónde empiezas siquiera a entender eso?”.

Esa plasticidad tiene un reverso. Las malas experiencias, desde el moho negro y las cucarachas hasta las huidas nocturnas, la violencia doméstica o las deudas, permanecen en el niño para siempre.

En ese marco, el autor rechaza entender la lectura como educación moral y recuerda cuentos de Las mil y una noches que celebran la mentira, el engaño o la ambición egoísta, menciona canciones de cuna donde los bebés mueren o son robados, y recuerda que L. Frank Baum justificó el genocidio de los pueblos originarios de Estados Unidos y que Roald Dahl fue un antisemita declarado.

Lo que importa al leer con un niño no es tanto el contenido del libro como el momento de atención compartida. June O’Sullivan, de la fundación London Early Years, llama a esa práctica “la pedagogía del sofá”. Cottrell-Boyce rechaza en particular a canales infantiles de Youtube, sobre todo porque puede reproducirse sin fin, y asocia la rutina lectora con condiciones materiales concretas: camas, sofás y ropa guardada en algo distinto de bolsas de basura.

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