Julio Cortázar, escritor argentino: “El único sentimiento que no es verdaderamente nuestro es la esperanza; le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”

En la emblemática novela “Rayuela”, este poeta, narrador y ensayista fallecido en 1984 despojó a la esperanza de toda cursilería romántica. Un análisis sobre el cruce entre la biología, el existencialismo y el compromiso político de un autor que hizo de la literatura una trinchera para defender la condición humana

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Julio Cortázar, escritor argentino: “El único sentimiento que no es verdaderamente nuestro es la esperanza; le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”
Julio Cortázar, escritor argentino: “El único sentimiento que no es verdaderamente nuestro es la esperanza; le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”

Hay frases que internet deforma hasta convertirlas en papilla de autoayuda, y hay otras que resisten el archivo por el peso específico de su propia lucidez. Cuando Julio Cortázar escribió las líneas que hoy nos convocan, no estaba redactando un mantra optimista para colgar en una red social. Estaba operando a corazón abierto sobre la condición humana. La cita aparece en las páginas finales del primer bloque de Rayuela (su más emblemática novela, publicada en 1963), precisamente en el Capítulo 56.

Para este momento de la historia, el universo de Horacio Oliveira ya se ha desmoronado en París tras la desaparición de la Maga y la muerte del bebé Rocamadour. De regreso en Buenos Aires, internado simbólicamente en el manicomio junto a Traveler y Talita, el protagonista se enfrenta al vacío absoluto. Es ahí, en el borde del abismo, donde el narrador arroja una tesis filosófica: la esperanza no es una elección psicológica, sino una fuerza biológica. Un reflejo condicionado de la materia viva que se niega a perecer.

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Para entender el impacto de esta idea, hay que dimensionar el artefacto que la contiene. Publicada en la editorial Sudamericana, Rayuela no fue simplemente un libro; fue un terremoto cultural que dinamitó las estructuras de la novela hispanohablante. Con su propuesta de múltiples lecturas y su célebre “Tablero de dirección”, Julio Cortázar propuso un pacto de lectura inédito: el lector ya no era un espectador pasivo, sino un lector obligado a construir el sentido de la trama junto al autor.

Julio Cortázar en la Biblioteca
Edición histórica de "Rayuela" (Crédito: Marcelo Huici - Prensa Biblioteca Nacional)

Rayuela sintonizó de manera perfecta con el espíritu de los años sesenta encapsulando la insatisfacción metafísica de una generación. El análisis filosófico de la frase nos revela el corazón del pensamiento cortazariano. Julio Cortázar era un lector voraz de existencialistas como Jean-Paul Sartre y Albert Camus, quienes sostenían que el hombre está solo en un universo indiferente y que la esperanza es muchas veces una ilusión alienante que nos impide ver la crudeza de la realidad.

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Sin embargo, el escritor argentino opera un giro brillante: acepta la premisa de que nuestros sentimientos individuales (el amor, los celos, la frustración) son construcciones psicológicas moldeadas por la cultura y la sociedad, pero rescata a la esperanza de esa categoría. Al decir que “le pertenece a la vida”, la traslada del terreno de la razón al de la biología. La esperanza es el pasto que crece entre el asfalto; no razona, simplemente se defiende. Es la resistencia de la vida contra la muerte.

Esta idea resume la evolución de Cortázar. Durante los cincuenta, el autor de Bestiario era un intelectual esteticista, refinado y un tanto distante de la realidad política. Pero la década de 1960 lo transformó profundamente. Su viaje a Cuba y su posterior compromiso inquebrantable con los movimientos de liberación en América Latina —que lo llevaría a participar activamente en el Tribunal Russell II y a donar los derechos de su Libro de Manuel para los presos políticos— no fueron decisiones frías o partidarias.

Nacieron exactamente de esa premisa: la política y la revolución eran la forma histórica que tomaba “la vida misma defendiéndose” frente a la opresión y la violencia de las dictaduras. En sus últimos años de vida, ya enfermo y golpeado por la pérdida de su compañera Carol Dunlop —con quien escribió esa bellísima bitácora de viaje titulada Los autonautas de la cosmopista—, jamás dejó caer esa bandera. En su libro de poesía póstumo, Salvo el crepúsculo, se percibe todavía ese latido terco y vital.

Julio  Cortazar, retratado por Sara Facio
Julio Cortazar, retratado por Sara Facio

¿Quién es Julio Cortázar?

Julio Cortázar nació accidentalmente en Bruselas en 1914 debido a la misión diplomática de su padre, pero se crió en Banfield, Argentina, país que marcó a fuego su identidad. Fue maestro en la provincia de Buenos Aires antes de consolidarse en la escena literaria con Bestiario (1951), su primer gran libro de relatos de corte fantástico. Ese mismo año, asfixiado por el clima político del peronismo de la época, se mudó definitivamente a París, Francia, donde trabajó como traductor de la UNESCO.

A lo largo de las décadas de 1960 y 1970 se convirtió en una de las figuras centrales del Boom latinoamericano gracias a obras rupturistas como Historias de cronopios y de famas (1962), la monumental e iconoclasta Rayuela (1963) y colecciones de cuentos perfectos como Todos los fuegos el fuego (1966). Paralelamente a su revolución estética, su vida dio un vuelco hacia el compromiso político tras la Revolución Cubana, transformándose en un activo defensor de los derechos humanos.

Sus últimos años estuvieron marcados por el dolor del exilio involuntario debido a la dictadura militar argentina y por profundas pérdidas personales, como el fallecimiento de su última esposa, la escritora Carol Dunlop. Adoptó la nacionalidad francesa como un acto de protesta contra el régimen de su país de origen, pero jamás perdió su arraigo cultural. El gran cronopio de la literatura latinoamericana murió de leucemia en París el 12 de febrero de 1984 y sus restos descansan en el cementerio de Montparnasse.

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