
Desde afuera es otra persiana baja en el Microcentro. Una más de las tantas que no volvieron a elevarse a partir de la pandemia, cuando esta zona de la ciudad se convirtió casi un pueblo fantasma.
La recuperación continúa. Sobre todo a partir de los espacios de arte, como el proyecto Central Affair -que reúne a 15 espacios en galerías Larreta- y que generó un efecto contagio, a partir del cual otras abrieron sedes en la zona.
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Allí, sobre San Martín al 900, hay una puerta entreabierta. Arriba, en una marquesina se lee en blanco sobre azul Laundry Lavandería Tintorería y, un poco más arriba, aparecen dos carteles de venta. Pero cuando se atraviesa la abertura, se ingresa a un mundo oscuro, de piso terroso, en el que habitan figuras que dialogan con lo natural a partir de lo industrial: una muestra secreta de Luciana Lamothe.

Deshabitar es la primera expo en solitario de la artista tras haber sido la represante en el pabellón argentino en la última Bienal de Venecia. Es un regreso alejado de las luces, del ruido, de las grandes coberturas mediáticas, que incluso se realiza sin el brazo galerístico y que puede visitarse, con entrada gratuita, en días y horarios que ella va compartiendo en redes sociales.
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Deshabitar es un gesto zen, de desprendimiento, como un empezar de nuevo desde el lugar del arte por el arte. Un detox.
La muestra, comenta a Infobae Cultura, se le “ocurrió a partir de haber visto este espacio”: “Es un local que está abandonado hace mucho tiempo y está tal cual como lo encontré. Cuando lo vi me despertó la idea de trabajar con la memoria del lugar, con su materialidad”.
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“Me parecía que Deshabitar era un gesto que tiene que ver con retirarse, en vez de invadir o en vez de usurpar o producir. Retirarse y ver qué hay, ver el espacio así tal cual es”, reflexionó Lamothe (Buenos Aires, 1975).
La artista, dice, vincula este gesto con la transformación del Microcentro tras la pandemia y con la lógica del desarrollo inmobiliario en Buenos Aires: “Todo es hacer, hacer y producir algo y poner algo, imponer algo nuevo en la Ciudad, simplemente por el desarrollo inmobiliario, sin planificación urbana. Entonces, para mí, un gesto contrario a eso era deshabitar un lugar, dejarlo tal cual es”.
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Dentro de la improvisada sala, por ejemplo, el sistema de caños que recorre el local, vestigios de una red que alimentaba a los lavarropas, parecen nutrir a una serie de piezas, compuestas por mecanismos hidráulicos hallados en una chatarrería, con formas que remiten a la naturaleza, pero no desde el lugar de la candidez o lo que se suele entender por bello, sino a cierta maleza pérfida, dañinas al tacto.

“Lo que quería era combinar esas dos instancias del material, de lo orgánico a lo industrial”, afirma Lamothe. Y agrega: “Todos los materiales con los que trabajo provienen del mundo natural, pero siempre los trabajo en una instancia industrial”.
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En sus obras, comenta desea “ir a buscar ese origen, cómo ir a rescatarlo y mostrar esos dos aspectos”.
Lamothe ha trabajado la cuestión del cambio de las estructuras desde la crisis argentina de 2001, elaborando obras en las que los materiales no son soportes inertes, sino potencias estructurantes y agentes sensibles en transformación. Esta perspectiva le permite explorar los límites entre conceptos opuestos como rígido-flexible, blando-duro y humano-no humano, generando espacios de indeterminación que desafían las categorías tradicionales.
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En ese sentido, la técnica empleada refuerza esa bicondición y sirve para unir esos vasos comunicantes entre aquello que se considera original y lo antropocénico: “Mi proceso es muy industrial, con máquinas que sirven para cortar y quemar caños, porque me interesa esa ambigüedad entre la destrucción también del material y la generación de algo, una forma diferente, orgánica, nueva, así, vegetal”.
Casi en el centro de este rectángulo negro, en la que se incluyen más de una decena de obras entre esculturas y dibujos, la iluminación pone el foco en Construcción de la naturaleza, una enorme obra que se compone de “muchas capas de terciado puestas una arriba de la otra”, con la intención de “trabajar a partir de un material ya muy industrializado, la madera, para volverla a un estado más previo, original, con una forma que remite a la del tronco”.
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En la obra que da nombre a la muestra, una pieza colgante, el terciado aparece como un árbol centelleante, un sagrado corazón, en conformado a partir de dos tensiones, una ascendente y otra descendente, que al mismo tiempo es atravesado por una rama que fue separada de su tronco durante una camapaña de poda de la municipalidad.

Allí, Lamothe vuelve a contrastar esta separación entre lo fabril y lo natural, para componer un pieza que pone el eje en la mirada del objeto como construcción, para limar los límites entre lo aprendido y lo intuitivo, con una fuerte reminiscencia a la carga dramática del romanticisimo.
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Consultada sobre la reciente convocatoria a la Bienal de Venecia, que no contempla apoyo económico estatal, Lamothe fue contundente: “Es coherente con lo que vienen haciendo en políticas culturales este gobierno: desfinanciar todos los espacios culturales públicos. Me parece que va a ser muy complicado para el artista”.
Y finaliza: “A mí se me hizo complicado. El Estado nunca financia el cien por ciento del proyecto, lo que se necesita para ocupar semejante espacio. Yo pedí por fuera, tuve que buscar financiación por fuera. La moraleja fue que finalmente la que termina financiándose es la artista. Porque no te lo dan gratis. Tenés que devolver todo. Así que es complicado”.
*Deshabitar, de Luciana Lamothe, en San Martín 927, CABA. La exposición permanecerá abierta hasta el 20 de septiembre. La muestra tendrá una activación el jueves 11, a las 19, a partir de una lectura colectiva, donde habrá además feria de libros y fanzines. Los horarios de visita se publican en redes sociales y pueden coordinarse de manera personalizada en @lucianalamothe
Fotos: Juan G. Batalla
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