
Pregunta: ¿Qué tienen en común Donald Trump, George W. Bush, Bill Clinton, Robert Reich y “Qué bello es vivir”?
Respuesta: Todos fueron presentados al público estadounidense en 1946.
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Otra pregunta: ¿Qué no lograron estos cuatro baby boomers?
Respuesta: “Detener a los matones”, según Reich. “Algunos de nosotros incluso contribuimos a la brutalidad”.
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En cuanto al clásico navideño, Coming Up Short: A Memoir of My America de Reich evoca la famosa película desde sus primeras páginas, presentando la distópica Pottersville del filme como una metáfora caricaturesca de la actual Estados Unidos. Reich, profesor, abogado, autor de best sellers, becario Rhodes y exsecretario de Trabajo durante el gobierno de Clinton, lo describe como “un preludio de la ideología republicana moderna. Desde el auge político de Ronald Reagan, su partido y los intereses económicos han usado un darwinismo social al estilo de Potter para justificar recortes fiscales a los ricos, el debilitamiento de los sindicatos y la reducción de las redes de protección social”.

Reich creció en un hogar y comunidad similares a Bedford Falls, en el condado de Westchester, Nueva York. Su padre, Ed, tenía unas cuantas tiendas de ropa para mujeres que atendían a amas de casa de clase trabajadora. Tenía una cadena de tiendas, “pero tenía que cerrar las que no daban ganancias y abrir nuevas con la esperanza de que funcionaran mejor”. Finalmente, su madre sugirió que Ed atendiera a las esposas de ejecutivos acomodados de la ciudad de Nueva York. A partir de allí, la situación mejoró. Para Reich, el negocio de su padre representa el cambio crucial que generó una gran desigualdad en Estados Unidos: “Años después, comencé a percibir el patrón general que abarcaba el cambio de fortuna de mis padres: una economía estadounidense que cada vez favorece más a los ejecutivos y profesionales universitarios... y que se aleja de las mujeres trabajadoras”.
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Reich es de baja estatura: mide 1,50 metros (padece displasia epifisaria múltiple, también conocida como enfermedad de Fairbank). Fue víctima de acoso escolar y necesitó la protección de los chicos más grandes de su vecindario. Uno de ellos fue Mickey Schwerner, quien se convirtió en activista por los derechos civiles y fue asesinado brutalmente por el Ku Klux Klan en una zona rural de Mississippi en 1964. Estos desafíos físicos y traumas psicológicos dieron forma a la visión de Reich: “La lucha central de la civilización [es] enfrentar a los matones, resistir la brutalidad”.
Repetitivo en lo temático y centrado en los baby boomers, Coming Up Short es más un manifiesto que unas memorias, un ataque frontal contra la actual “Pottersville” y un llamado para restaurar el orden perdido.
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El libro está dividido en seis partes. Las dos primeras abordan la infancia y primeros trabajos de Reich. Las tres del medio desarrollan acontecimientos corruptos de los últimos 70 años que él condena duramente. La última parte es una hoja de ruta para devolver a Estados Unidos su pasado de Bedford Falls.
En la sección central, Reich denuncia los hechos que, asegura, desviaron la ética colectiva. El primero en la lista es el memorando de 1971 de Lewis Powell –futuro juez de la Corte Suprema– dirigido a la Cámara de Comercio de EE.UU., que instaba a las empresas a “movilizarse para el combate político”, lo que según Reich liberó “una ola de dinero corporativo en la política estadounidense”. Luego menciona el “gran giro en U de Estados Unidos: de una clase media en expansión a una en contracción; de la movilidad social para la mayoría al enriquecimiento exorbitante de unos pocos; del capitalismo para los interesados al capitalismo para los accionistas”. Añade la obsesión por el déficit, inflado por los “impuestos radicalmente reducidos, en particular para los ricos”, durante el gobierno de Reagan, lo que forzó a abandonar la ambición de “poner a las personas primero” en favor de la reducción del déficit. A esto suma la derogación por parte de Clinton de la ley Glass-Steagall de la era de la Depresión, mientras aumentaban los salarios de CEOs y la riqueza de los gestores de fondos privados; la sentencia Citizens United vs. FEC, el TLCAN, los “credit default swaps” y la “rabia anti-establishment” de Fox News, y, para Reich, todo ello representa el “fin del Sueño Americano”.
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La última parte, titulada El largo plazo, propone un esquema idealista para restaurar “la América que salió victoriosa de la Segunda Guerra Mundial y cuya democracia era un faro para gran parte del mundo”. Esta es la parte más débil del libro: Reich ofrece ideas interesantes como “Rechazar el both-sides-ism”, “Compartir ganancias” y “Recircular bienes”, pero sin muchas propuestas concretas de acción.

La parte más disfrutable llega cuando Reich se lanza contra los matones, en particular contra quienes usan “el odio para la ambición personal” y que, para él, “están entre los seres humanos más viles. Deben asumir las consecuencias de su odio”. Nombra a varios: Roy Cohn y Joe McCarthy (“malditos”, según su padre), Newt Gingrich (“un pequeño inseguro que buscaba atención”), Roger Ailes (“construyó Fox News con el dedo medio bien dirigido al establishment liberal”), Alan Greenspan (“chulo de los barones ladrones”), Samuel Alito (“el juez más rígido y deshonesto”), el Partido Republicano (“una secta enloquecida, empeñada en convertir a EE.UU. en una nación autoritaria”) y una larga lista más. Incluso sus amigos y excolegas, como Bill Clinton, Bob Rubin y Larry Summers, no se salvan de sus reproches.
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Reich reconoce algunas figuras positivas, en especial Bernie Sanders (“tiene más agallas que cualquier político que conozco”), además de las universidades públicas, las empresas que comparten ganancias y pequeños negocios como Dan & Whit’s General Store, cerca de su casa en Vermont.
Al final, Reich anuncia que deja de dar clases en Berkeley, pero no renuncia al “largo plazo”. Admite que su generación debió haberlo hecho mejor y cree que “la responsabilidad de remediar esto, de restaurar oportunidades reales, fortalecer la democracia y contener a los abusadores, ahora corresponde a quienes vienen detrás. Incluyen a mis maravillosos y brillantes estudiantes”.
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Sólo podemos esperar que estén a la altura de hacer sonar las campanas.
Fuente: The Washington Post
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