
Cuando James McNeill Whistler pintó, en 1874, Nocturno en negro y oro: el cohete cayendo, no existía el arte abstracto. Había, por supuesto, experimentaciones con las formas, provocaciones a la convención, piquetes contra el dogma, pero el concepto no existía. Unos cuarenta años después lo sistematizó mejor Kazimir Malévich. Hasta entonces, la pintura se encargaba de calcar la realidad. Lo que hizo Whistler fue saltearse la especificidad de la figuración, ir más allá de hacer una representación leal del mundo y dejarse llevar por la técnica, por la imaginación, por el desvarío.
Whistler pintó la noche en los jardines de Londres, los fuegos artificiales sobre las aguas del Támesis, y se quedó a vivir un rato en ese brillo. Al verla exhibida en una galería, el respetado y tenaz crítico John Ruskin escribió que era un “sinsentido”: ”pedir doscientas guineas por lanzar un tarro de pintura a la cara del público”. Esto generó una larga polémica, con debates y juicios. Tiempo después se supo que Ruskin padecía un trastorno que le producía ataques de migraña. Es lo que causan estas obras, sobre todo en la literatura, cuando se está todo el tiempo tratando de “entender”.
El malentendido
“Se reía, pero no era una risa distendida”, empieza El último lobo de László Krasznahorkai y no termina. No termina porque la oración continúa, atraviesa noventa y tres páginas, hasta que el primer punto aparece y es el punto final. La novela, publicada en 2009 y reeditada por el sello argentino Sigilo en 2024 con traducción de Adan Kovacsics, no tiene pausas. El autor es húngaro, nació en 1954 y vive en las colinas de un pueblo llamado Szentlászló. El protagonista es un filósofo que se sienta todos los días en un bar en Berlín a contarle al barman húngaro sobre su viaje a Extremadura.

No era una risa distendida la del filósofo, no, porque “estaba demasiado ocupado tratando de averiguar si existía una diferencia entre el peso de la futilidad y el desprecio”. Frente a él, una cerveza Sternburg —una sola, no le alcanza para más—, que toma de sorbos durante tres horas, y el barman, que apenas le sigue el hilo de su monólogo. En aquel bar, el filósofo reconstruye un viaje a Extremadura, en España: lo invitaron a que conozca la ciudad y que escriba sobre ella, pero “qué podía escribir él, el desdichado de las frases complicadas y los pensamientos laberínticos”.
Allá, frente a las autoridades municipales de Extremadura, todo “daba igual”, pensaba el filósofo, “pues enseguida se descubriría que él se encontraba allí por error, y se pasó los primeros días esperando a que alguien se le acercara para decirle en voz baja que, en efecto, se habían equivocado, ahora mismo lo acompañarían al aeropuerto, y le pedían que la próxima vez no les tomara el pelo, pero no se le acercó nadie, ni en los primeros días ni en los últimos, es más, lo trataban como su fuese una estrella de cine”. La literatura como un gran malentendido que nunca se desmiente.
La hipnosis
En la lucha por la atención, el capitalismo logró domar a la literatura: convertir estilos en géneros y hacer de las más variopintas rebeldías productos estandarizados. Pero siempre aparece algo que disloca la cadena de montaje. En ese sentido, Juan José Saer fue un rara avis. Beatriz Sarlo llegó a decir que, “muerto Borges, es el escritor más grande de la literatura argentina”. ¿Qué tiene de singular la narración del escritor de Serodino, que murió en París días antes de cumplir 68 años? Podríamos arriesgar, si seguimos la experiencia de lectura, que produce un efecto parecido a la hipnosis.

El entenado
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El entenado, publicada en 1983, es una muestra perfecta de ese efecto. El protagonista es un grumete, un aprendiz de marinero, un muchacho. Estamos en el siglo XVI, a bordo de un barco español que en su travesía por el Nuevo Mundo se mete en “las costas vacías” del Río de la Plata. Entonces irrumpen las flechas. Agazapados, invisibles, los indios colastinés matan a todos y dejan a vivo al muchacho. No le dicen qué harán con él, si su destino es la muerte, si será su prisionero para siempre, si algún día será liberado. En esa incertidumbre extrema se arremolina la novela.
En la bibliografía saereana, El entenado está justo en el medio. La primera novela es Responso, en 1963, aunque el primer libro fue de cuentos y salió en 1960. La última es La grande, de 2005, mismo año de su muerte. En el medio, esta novela hipnótica cuya prosa se amalgama a la fascinación y al terror que conviven dentro del grumete, porque creía que había caído en un extraño paraíso pacifista, pero resultó ser una tribu antropófaga. Así, se convierte en testigo de la gran fiesta donde se comen a los miembros de su tripulación, y nosotros, con él, nos envolvemos en el espiral.
La deriva
Si en las historias está lo universal, eso que puede narrarse desde cualquier género, disciplina, herramienta, ¿dónde está lo específicamente literario? Cualquier lector sabe que la literatura es algo más que el ordenamiento consciente de una sucesión de palabras, que la construcción de un arco narrativo? En La lengua de las abejas de Ezequiel Bajder se vislumbra esa otra gran zona, donde la literatura se posa sobre el borde de lo predecible y salta al vacío, donde la literatura es un misterio, como un sonido lejano, como un zumbido, y su programa es el de la experimentación.

La pregunta que sobrevuela en esta ¿novela? editada por el sello Cienvolando en 2022 es la siguiente: ¿se puede hablar de la revolución y usar, además, un lenguaje revolucionario? Bajder construye un universo que a la vez que se evoca, también se disuelve, pero que nunca desaparece: una agrupación armada en la Alemania de 1970 (sus manifiestos, sus acciones, el juicio, la cárcel), el trabajo minucioso de las abejas en la colmena, un rey vengativo, una bolsa de plástico que en su vuelo revela fragmentos de la ciudad. Todo se une, se desgarra y se vuelve a unir. Un detalle: no hay mayúsculas.
Bajder hace una crítica a la descripción como método narrativo. Habla de Roland Barthes y de la descripción “como una garantía (burguesa) de la estabilidad de sentido de lo narrado”. Por eso, su elogio a la deriva como posibilidad infinita: “una manera de perderse”, “lo contrario a la totalidad abarcativa”. Y es en esa deriva, en esa “fisura” a la pretensión de totalidad, en ese escape, aparecen puertas y túneles y laberintos y el lector se deja llevar en la deriva. De pronto, los guerrilleros liban y los insectos batallan y la literatura adopta la forma del sueño, del trance, del zumbido, del desvarío.
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