Harta de domadores

“Domar” al otro se volvió un gesto de poder celebrado. ¿Qué imagen tiene de sí el que lo hace? Y ¿es posible una sociedad sin diálogo, sin semejantes y sin futuro compartido?

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Domadores: el opositor como alguien
Domadores: el opositor como alguien a someter. (Mario Sar)

No sé tú, pero yo no quiero vivir en un mundo de domadores y domados. Ignoro de dónde sale esa expresión: “Lo domó”, que ahora aparece multiplicada en las redes y en cualquier declaración. Vivimos en “la era de la humillación”, decía el historiador Natalio Botana en una entrevista con el diario La Nación este domingo. Humillados, domados. Luego, callados. Pero..

Ignoro, dije, de dónde sale la expresión, pero me pregunto qué imagen tiene de sí el que humilla, cómo se ve. Digo, la idea de “domador” viene con látigo y un cuerpo tirado a sus pies. ¿No es, acaso, una fantasía sadomasoquista elemental, más bien adolescente?

O, si no se tratara del el domador sadomasquista, la figura podría ser la del circo. Desde arriba, con todas las de ganar, con un león que no tiene ninguna oportunidad, traje con brillos y galera. No, no debe ser así la autoimagen de los domadores sociales del siglo XXI, aunque desde afuera, a veces, así se los pueda ver.

El historiador Natalio Botana.
El historiador Natalio Botana.

La idea de “doma”, claro, pone al otro en el lugar de un animal. No se dialoga con ese otro, se lo somete. Es decir, no es que el diálogo fracase sino que, de partida, no se lo considera el modelo deseable. El diálogo no está en este menú, tal vez -hay que decir que en ninguna época a quienes ocuparon el poder nunca les ha gustado que los contradigan- el diálogo sea considerado un signo de “ñoñez” o de debilidad. El liberalismo que se manifestó en las democracias occidentales, dice Botana, se basó en el principio de tolerancia. Y “el principio de la tolerancia significa que no hay humillación; significa que hay diálogo, significa que hay transparencia, significa que hay cordialidad cívica”.

“El disidente es enemigo”

¿Vivimos tiempos terribles como nunca han sido? ¿Los peores tiempos de la Historia, según una hipérbole de moda? Bueno, Juan Bautista Alberdi, uno de los padres del liberalismo en la Argentina -y el pensador al que cita el presidente Javier Milei- escribió, ya en el siglo XIX: “El liberalismo como hábito de respetar el disentimiento de los otros es algo que no cabe en la cabeza de un liberal argentino. El disidente es enemigo; la disidencia de opinión es guerra, hostilidad, que autoriza la represión y la muerte”. Digo, para calmarnos.

El tema es si nos da la fuerza y nos da la altura para reconocer al otro como humano, más o menos tan humano como uno. En estos días, circula en X un video de la psicoanalista Silvia Bleichmar, que murió en 2007, en el que parece hablar de cómo nos estamos tratando hoy. “Para que mis obligaciones éticas se constituyan respecto al otro, yo tengo que tener una noción de semejante que sea abarcativa”, dice. Y da un ejemplo sobrecogedor: “El jefe de un campo de concentración podía sentir culpa de no pasar la Navidad con los hijos, pero no de mandar a matar 200 niños. Ahí él definía el concepto de semejante respecto a los propios y no los ajenos”. ¿Se entendió? Estos eran prójimos, los otros, no. Pero ¿por qué no? Porque para hacer lo que quería hacer, por ese plan mejor que solucionaría los errores de la Historia, precisaba deshumanizarlos.

La psicoanalista Silvia Bleichmar murió
La psicoanalista Silvia Bleichmar murió en 2007 y sus palabras siguen resonando.

¿Nos fuimos muy lejos? “Una de las formas primeras de ejercer la impunidad es la invisibilización de la víctima. La víctima deja de ser visible. Esto es lo que ha pasado con los excluidos”, dice Bleichmar. Se animaliza, o se cosifica, al otro, para no verlo como lo que es. Digo, como lo cercano que es.

Estamos viviendo una tormenta reaccionaria”, decía Botana en esa nota. “Esta violencia verbal, esta tormenta reaccionaria, no solo está en la Argentina, está en el mundo occidental”.

Palabras con mal olor

“Domar” es un intento de callar al que dice lo que no nos gusta y de callar por adelantado a quienes puedan tener algo que objetar. Porque mejor mudo que humillado, claro. No sé tú, pero yo no les creo su fuerza a los domadores, una fuerza proclamada a los gritos y, casi siempre, con el banquito en una mano y el arma en la otra. No les creo a los que nos tienen que contar que son los mejores de tal cosa y los mejores de tal otra. A los que usan términos desagradables, escatológicas, para impregnar al otro de esos sentidos. Sí, pienso en “meados”, una palabra que deja olor. No se usan porque sí esas palabras. Ni son intrascendentes.

Una de las ramas de la lingüística -la pragmática- enseña cómo influyen los contextos en lo que se dice y lo que se entiende. Las palabras no significan en el vacío, hay muchos sentidos no dichos, pero que el hablante entiende, que las rodean. El caso más sencillo es el de “hijo de puta”. ¿Es malo? Bueno, salvo que se diga algo como: “¡Mirá la jugada que hizo Messi, qué hijo de puta!” O el chiste: una chica dice una grosería y el novio, en una ronda de amigos dice: “Mamá, mi novia”. Claro que no se la está presentando a nadie, todo lo que está diciendo se entiende por contexto.

Messi: el valor de las
Messi: el valor de las palabras. (Caean Couto-Imagn Images)

Lo sabemos desde la escuela: si a uno lo llaman de la Dirección, se acomoda el guardapolvo y el nivel de lengua. No hacerlo sería un desafío: te hablo sin reconocer tu lugar. Es lo que la sabiduría popular entendía cuando te decían: “Eh, no hables así que no es la cancha”: porque palabras que están bien acá y con ciertas personas están mal allá y con otras. O ni bien ni mal: lanzan mensajes diferentes.

¿Qué hace un funcionario cuando dice “meado”? Pasa un límite de contexto, nos habla sin reconocer quiénes somos, ciudadanos, y nos convierte en gente que ya “no controla”. Y de paso, les habla a unos -en el ejemplo, los jóvenes- aboliendo a los otros. Se corre, también, del lugar establecido y crea otro: el funcionario de algunos. Hoy serán los viejos, mañana los que no son “argentinos de bien”, pasado veremos. Una vez me asaltaron en la calle y, además de apuntarme, me insultaron. Entendí que esa catarata de groserías funcionaba como un escudo: golpeaba sin golpear y paralizaba. Bueno, eso.

La pregunta que sigue no es original: ¿qué forma de gobierno, qué gobierno del pueblo -es decir, qué democracia- es posible con estos principios? Cuando el poderoso hace “lo que no se hace” y lo hace abiertamente, ostensiblemente, lo que está haciendo es reforzar su poder. Lo hace porque puede. ¿Eso queremos? ¿Qué más puede, sin nuestro consentimiento? ¿O lo que prueban estas palabras es que, en el fondo, sí tiene nuestro consentimiento?

Y acá pienso que, a veces, haber caído a lugares indeseables nos hace declinar de algunos postulados que creíamos básicos. Hace un tiempo viajé a Emiratos Árabes Unidos y hablé con argentinos afincados allí. Me mostraron sus casas, sus camionetas, sus ingresos. Me hablaron de restricciones para opinar: un error podía sacarte del país en 48 horas. ¿Y pueden vivir en esas condiciones?, pregunté. Se rieron: “Dejame de joder...” Algo parecido me dijo un taxista, que tampoco era ciudadano. Le pregunté por la democracia: “Los príncipes deciden, y deciden bien”, me dijo, tranquilo. Es un modelo: no el de la Revolución Francesa, pero un modelo al fin.

¿Es algo así lo que esperamos los argentinos, alguien que decida y acierte por nosotros, que nos tenga domados? Mientras, quizás, esto esté en el fondo de la cuestión, en la sociedad de todos los días abundan los domadores y somos muchos los ñoños que pensamos que, como decía la canción: “Si así es como nos tratamos esto va mal, muy mal”.

Somos muchos los que creemos en bajar un cambio, en un futuro que sea mejor que el pasado y donde los otros no sean el enemigo, donde no seamos lobos mordiéndonos por un pedazo de carne. Un futuro con otros humanos, no domables.

No sé tú pero yo creo que es posible.

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