
El escritor António Lobo Antunes, uno de los más grandes autores en lengua portuguesa, murió a los 83 años de edad, informó un portavoz de la editorial Leya, que ha publicado varios de sus libros. Lobo Antunes era uno de los escritores más reconocidos de la literatura portuguesa contemporánea y autor de una obra amplia, con más de tres decenas de novelas editadas.
Nacido en Lisboa en 1942, en el seno de una familia de la burguesía portuguesa, estudió Medicina y se especializó en Psiquiatría. Como médico militar estuvo en Angola durante la guerra colonial, lo que marcó de manera decisiva su obra. En 1979 hizo su debut literario en Portugal con Memória de Elefante (‘Memoria de Elefante’) y, poco después en el mismo año, lanzó Os Cus de Judas (‘En el culo del mundo’), que lo consagró como una de las voces más poderosas de la ficción portuguesa.
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El autor de Tratado de las pasiones del alma (1990) ocupa desde ahora un lugar entre los grandes escritores en portugués, junto a figuras como Jorge Amado, Clarice Lispector, Agustina Bessa-Luís y por supuesto, Antonio Saramago (único ganador del Nobel de esta lista). A sus 83 años, Lobo Antunes falleció en su casa tras varios años de retiro, marcado por una enfermedad que le robó los recuerdos. Su carrera, definida por una producción literaria incesante que superó los cuarenta títulos, se sostuvo hasta que la salud se lo permitió. En 2022 publicó su última novela en portugués, O Tamanho do Mundo. Al año siguiente, se editó en español La última puerta antes de la noche, una obra que, partiendo de un crimen real, se transforma en un thriller psicológico y literario.

Psiquiatra de formación, Lobo Antunes unió la experiencia clínica con un dominio singular del lenguaje, una combinación que lo distinguió en la exploración de los abismos humanos. A pesar de haber declarado en 2012 que consideraba concluida su trayectoria literaria, continuó escribiendo algunos años más. En su escrito titulado Adios, expresó: “Mi trabajo está prácticamente terminado. Escribí los libros que quería, de la manera en que quería y diciendo lo que quería: no tocaré una línea de lo que hice y si me diesen cien años más de vida, tampoco lo haría. Era exactamente esto lo que ambicionaba hacer”. Con una personalidad compleja y una prosa intensa, permaneció recluido en su vivienda de Lisboa, donde el avance de su enfermedad le impedía relatar la desaparición de su propia memoria, un deseo que nunca pudo realizar. Había dejado el tabaco y se enfrentaba al progresivo desvanecimiento de sus recuerdos.
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Temas recurrentes en sus obras son la soledad, la muerte, el amor, la locura y la guerra colonial. El semanario portugués Expresso recuerda varias entrevistas donde el escritor explicó que nunca planeaba cómo escribir sus novelas. “Las imágenes me llegan sin saber muy bien cómo ni de dónde”, dijo y afirmó que la memoria era el motor de su escritura. Su obra fue traducida y editada en muchos países, como España, Francia, Italia, el Reino Unido, EE.UU., Canadá y Brasil.

En sus cuatro decenas de libros de novelas y crónicas, dibujó como nadie el Portugal contemporáneo con todas las contradicciones y traumas que la dictadura y la guerra colonial habían dejado en su generación. No hay mejor tratado para entender las heridas causadas por 13 años de conflictos armados en Mozambique, Guinea-Bissau y Angola que la novela Fado alejandrino, publicada en Portugal en 1983 y una década después en español. El libro fue una respuesta al desafío del padre, que le había dicho que solo sería un escritor cuando publicase un libro “a lo Balzac”. El resultado fue una obra de 700 páginas escrita con una prosa descarnada y protagonizada por cuatro antiguos combatientes de la guerra en Mozambique, que se reencuentran en un burdel 10 años después de retornar a Portugal. En sus páginas están la misoginia, la fraternidad y el clasismo de la sociedad poscolonial.
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Su obra fue distinguida con numerosos premios y honores como ingresar en la Biblioteca de la Pléyade, además de ser traducido a numerosas lenguas y ser elogiado por colegas como George Steiner o J. M. Coetzee. A lo largo de su trayectoria siempre sonó como eterno candidato al Premio Nobel de Literatura pero nunca lo obtuvo, perpetuando así el olvido de la literatura en portugués por parte de la Academia sueca, que en más de cien años solo ha premiado a un autor de esta lengua, José Saramago en 1998. Hacía tiempo que le había dejado de importar. En una entrevista en 2018 confesaba que ya había superado la fase de la furia, aunque seguía hablando con desdén de José Saramago, al que atacaba tanto en lo literario como en lo político. Afirmaba que su compromiso político contra la dictadura se había desarrollado sin correr riesgos extremo. Por lo demás, zanjó: “Que se joda el Nobel”.
[Foto: Toni Albir/EFE]
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