La primera pregunta, por formal y cotidiana que suene, tiene otro significado si quién responde es Martín Caparrós, en videollamada desde su casa en las afueras de Madrid.
—¿Cómo estás?
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—Aquí, sentadito en mi silla de ruedas y tratando de hacer todo lo que puedo, que es mucho menos que lo que podía antes, por supuesto. No puedo caminar y me resulta complicado viajar a cualquier lado. Tengo uso de brazos y manos, pero no es tan cómodo como solía ser. El resultado es que me paso todo el día acá, enfrente de la computadora y bueno, trato de escribir. La paso mal en ese sentido, pero a veces me cabrea todo el quilombo que tengo que hacer para cada cosa.
Es lo que hay pero dentro de todo, no la estoy pasando mal. Si hubiera pensado que iba a tener algo así... Bueno, algunas veces lo pensé, por supuesto, no exactamente esto. Pero cuando uno piensa, uh, voy a tener una enfermedad que yo imaginaba que iba a estar tirado por los rincones, llorando amargamente. Y por suerte no es así que yo este me encontré con que, bueno, con que puedo encontrar maneras de bancármela y de pasarla lo mejor posible.
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En diálogo con Infobae Cultura, el periodista y escritor (reconocido hincha de Boca, por supuesto en medio de una no muy buena semana) también cuenta que uno de sus entretenimientos favoritos de los últimos tiempos es utilizar un “juguete” de inteligencia artificial para crear canciones. Del pasatiempo al trabajo: ahora las presenta a modo editorial, los fines de semana en un programa de radio de la Cadena Ser. “Le pongo una letra, elijo un género musical, doy ciertas especificaciones y en 30 segundos saca lo que haya pedido: salsa, cumbia, gospel o tango. Eso ahora es una especie de columna de actualidad pero en formato canción. Es una cosa bastante rara que me tiene muy entusiasmado”, comenta.
Frente a una pantalla, así son los días de Martín Caparrós. “Siempre traté de escribir bastante, pero efectivamente, desde hace dos o tres años —que estoy acá sentado— lo que más me interesa y más trato de hacer es eso, escribir”, asegura. Y anticipa que pronto se publicarán dos libros suyos. Uno, “un pequeño ensayo que se llama Sindios así, todo junto... Acá en España un Sindios es como un quilombo. Es sobre el efecto de las religiones y la posibilidad o no de vivir sin dioses. Una especie de panfleto bastante antirreligioso. Eso sale en junio solamente en España”. Y el otro, una novela que se publicará en simultáneo en España y Argentina, titulada BUE, “como se denomina a Buenos Aires en los vuelos”. Efectivamente, es una novela sobre Buenos Aires: “una cosa bastante rara, muy fragmentaria, con personajes que entran y salen y situaciones que van pasando. La vengo laburando hace tiempo y finalmente conseguí darle un un acabado”.
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La verdadera vida de José Hernández (contada por Martín Fierro)
eBook
$5,99 USD
Dos libros, dos temas: Iglesia y Buenos Aires. Inevitable preguntar por ambos.
—Con la muerte del papa Francisco el tema de la religión y la Iglesia católica volvió a ocupar de alguna manera el centro de la escena, y en particular aquí, tratándose de un argentino...
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—Yo escribí sobre eso una de mis columnas más desapercibidas, porque se publicó algo así como tres horas antes de que saliera la fumata blanca. Como era sobre Bergoglio, quedó automáticamente sobrepasada por los acontecimientos. Pero lo que yo trataba de decir, básicamente, era que me resultaba muy sorprendente toda esta ola de gente supuestamente progre que hablaba de lo bueno que era, cuando en realidad hablaban del jefe de una organización cuya conducta esa misma gente habría censurado y condenado, ¿no? Es muy raro pensar que Bergoglio se coló en la jefatura de la Iglesia, que nadie se dio cuenta de que era alguien totalmente distinto a sus 2000 años de historia y que los cagó a todos desde ahí. Siendo más bueno que Lassie. Mientras que la Iglesia... Bueno, sabemos que es una de las instituciones más autoritarias, machistas y nefastas que hemos tenido en nuestras historias.
Me sorprendía que pudieran blanquear tan fácilmente a alguien de quien solo hablaban porque era el jefe de una organización muy discutible. Incluso estaban quienes decían “Bueno, de todas maneras el cristianismo es parte de nuestras tradiciones”. Yo decía: de donde sale esta especie de acuerdo (creo que lo llamé de “fatalismo historicista”) de pensar que hay cosas de las que somos fatalmente parte. La esclavitud también era parte de nuestras tradiciones y la monarquía absoluta también. Y en algún momento nos las sacamos de encima. Es como una forma supuestamente más sofisticada de conservadurismo cultural y político. Decir “siempre fuimos así”. Hermano, justamente por eso hay que cambiarlo.
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—La novela que vas a publicar, dijiste, habla de Buenos Aires. Pero hace mucho que no vivís en Buenos Aires aunque seguís siendo profundamente porteño. ¿La extrañas?
—He vivido entre Madrid y París, y un año y medio en Nueva York, unos 20 años afuera. Lo cual con mi edad me dejan 47 años de Buenos Aires. Todavía estoy muy lejos de empardar. Y sí, me siento muy porteño. Pero supongo que también parte de las características de muchos porteños, es no vivir en su ciudad. Por lo menos muchos que yo admiré, no siempre vivieron en Buenos Aires. Y creo sobre todo hay una especie de de fatalidad de muchos de los mejores escritores argentinos, que consiste en no morirse en Buenos Aires. Espero no sumarme (porque tampoco tengo la base de ser buen escritor como para sumarme).
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En verdad, el motivo de esta entrevista es el libro La verdadera vida de José Hernández (contada por Martín Fierro) que firma con el ilustrador Rep y en donde reinterpreta la figura de José Hernández a través de la mirada de su célebre invención. Es el mismo gaucho idealizado quien cuenta la vida del escritor y estanciero, en verso, tal como uno de los textos canónicos de la literatura argentina. Caparrós resalta las contradicciones del autor, al transformarse de poeta defensor de los gauchos en un terrateniente que dictaba normas para controlarlos. “Es casi humorístico que quien se presentó como un salvador, terminó al servicio de las élites”, comenta con una sonrisa, revelando cómo estas dualidades simbolizan alguna característica intrínseca de lo que ha dado en llamarse “argentinidad”.

—A partir del Martín Fierro y sobre el cual se construyó una identidad nacional ¿Existe un ser argentino?
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—Supongo que hay una forma de ser argentino que tiene que ver con eso, o por lo menos eso es lo que nos quisieron impregnar durante los últimos 150 años, ¿no? Algo queda aunque por otro lado está ya muy atrás en la historia, pero algo se armó ahí. Y Borges decía aquello de que (no me acuerdo cómo lo decía), qué raro un país que acepta como su héroe original a un delincuente, a un tipo que huía de la justicia. Se puede, por supuesto, pensarlo en esos términos pero tampoco me parece que sea realmente una descripción interesante del desarrollo de lo argentino. Lo que sí me impresiona y por eso supongo, que escribí el libro. Cómo el autor del Martín Fierro es un fraude de alguna manera, en cuanto a la imagen que dio de sí mismo. Se presentó como el poeta perseguido que defendía a esos pobres gauchos desplazados por terratenientes codiciosos. Y resulta que él era uno de esos terratenientes codiciosos...
Es curioso, yo no lo sabía y lo encontré laburando para esto, que el único otro libro que escribió José Hernández, además del Martín Fierro, la ida y la vuelta, fue uno de “instrucciones para el manejo de las estancias”. Parece casi un chiste. Cuando dejó de ser el poeta perseguido, escribió para que los patrones supieran qué hacer con los gauchos convertidos en peones. Me parece una característica fuerte de lo argentino: esa forma de la simulación y del engaño.
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—Por último, no sé si te lo han preguntado alguna vez... ¿Cómo te llevas con el hecho que esa foto tuya, asomando detrás de un árbol, se haya convertido en meme y circule en redes sociales casi siempre en tono de burla?
—A veces cuando la veo, porque me gastan con eso, trato de recordar cómo mierda me la saqué o quién fue. Y no tengo ni idea. La verdad es que no sé de dónde viene esa foto. No creo que haya sido ningún engaño ni nada. Que se yo... Habré visto el tronco y me habré agarrado (risas), pero la verdad no tengo ni idea de dónde viene. Supongo que, visto el resultado, es de esas estupideces que uno hace, que son muchas más por suerte, las que trascienden. Si es solo eso, me tengo que considerar relativamente afortunado.
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