
En este momento, en su casa de Barranco, Lima, Perú, Mario Vargas Llosa descansa. Ya no escribe, lo anunció a fines del año pasado. En octubre publicó Le dedico este silencio y dijo que era la última novela. Dos meses después, a mediados de diciembre, publicó su última columna en el diario El País de España. Desde entonces, la literatura dejó de tener el sacrificio de la producción para ser pura lectura. Era, tal vez, una forma de volver al punto de inicio.
“Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba, Bolivia. Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida”, dijo en el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, el 7 de diciembre de 2010, en Suecia. “Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz”, decía en aquel recordado discurso.
Ahora, en este momento, en su casa de Perú, posiblemente esté leyendo. “Lee mucho, escucha mucha música, sale a caminar con algunos amigos. Está bien, súper bien”. El que habla, del otro lado del teléfono, desde Madrid, es Darío Lopérfido, que integra el directorio de la Cátedra Vargas Llosa. “No tiene ningún problema excepto tener casi 90 años, digamos”. Esta mañana, en San Lorenzo de El Escorial, en Madrid, la Cátedra organizó su tradicional gala, la cuarta ya.
Más de cien personas, entre artistas, empresarios y dirigentes políticos ligados al liberalismo, se reunieron para “celebrar la cultura y la libertad”. En el evento hubo gastronomía, tauromaquia y literatura. El discurso de apertura lo dio Gerardo Bongiovanni, director de la Fundación Internacional para la Libertad; también hablaron Edmundo González Urrutia, uno de los líderes de la oposición en Venezuela, el filósofo español Félix de Azúa y Álvaro Vargas Llosa, su hijo.

El gran ausente fue Mario. “No merece la pena que haga un viaje tan largo para ir a la gala. Por un tema de edad no pueda viajar 14 horas de ida y 14 de vuelta por un acto”, explica Lopérfido. “De todos modos, él sigue atentamente todo. Siempre recibe informes de cómo salen las actividades, de cómo van las cosas con la cátedra, con la Fundación. La última vez que lo vi fue aquí, en Madrid. Ahora decidimos que todas las informaciones se hacen vía Álvaro”, agrega.
Los médicos le han dicho que “no exagere con los viajes”, por lo tanto se instaló en Perú y de ahí no se ha movido. “Él, cuando vivía aquí, en Madrid, vivía solo, algo complicado para alguien de esa edad. Ahora, en Perú, vive muy acompañado: está en la casa familiar, está Patricia, también vive la hija en Perú, el marido de la hija, los nietos. Él está muy bien. Ahora hace vida hogareña, contrariamente a lo que había hecho siempre, que se la pasaba arriba de un avión”.
Ayer, frente a la prensa, en el evento de la Cátedra, su hijo Álvaro Vargas Llosa confirmó el bienestar de su padre: “Está a punto de cumplir 89 años, así que está en el umbral de los 90. A esa edad, evidentemente, uno reduce un poco la intensidad de sus actividades, y él lo ha hecho”. “A veces nos manda videos donde está leyendo algo. Hace poco hubo un video donde recitaba un poema”, cuenta Lopérfido. Se refiere a un video del 10 de agosto de este año.
Acababa de fallecer el poeta peruano Carlos Germán Belli, a los 96 años. Entonces, Vargas Llosa lee uno de sus textos. “Y penas te conozco y ya te extraño”, comienza diciendo. Está en su biblioteca iluminado por un velador. Delante de esa torre de libros, el escritor lee versos de una hoja de resma impresa con los anteojos puestos. Lleva el cabello blanco bien peinado, camisa verde agua arremangada, chaleco estilo uniqlo, pulcro, elegante. “Que tras sus huellas, la corteza araño...”, completa.

En agosto, se esparcieron algunos rumores sobre su estado de salud, que era delicado, que no estaba bien, pero su hijo Álvaro fue quien los desmintió con dos fotos. En una se lo ve al escritor junto a su esposa Patricia: ambos están tomados de la mano, sentados sobre un sillón blanco. En la segunda, él lee un libro que no se llega a precisar cuál. “Un luchador por las ideas, además de un escritor muy importante y notable. Un hombre increíblemente afable“, lo define Lopérfido.
“Un tipo de una memoria prodigiosa: recuerdo haber tenido charlas —recuerda— y preguntarle cosas que habían sucedido hace muchos años y contármelas al detalle. Siempre fue muy gratificante hablar con él. Ahora todo esto sucede menos, naturalmente, porque la vida pasa y uno, en algún momento, se retira: pasa a tener una vida hogareña y no tan pública. La vida tiene etapas y ahora toca una mucho más tranquila y relajada, que es lo que le pasa a la gente cuando tiene casi 90 años”.
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