
“(…) la ciudad es una figura espacial del tiempo en la que se aúnan presente, pasado y futuro. Es, a veces, la causa de estupefacción y, otras, del recuerdo o la espera (…). Desde este punto de vista, la ciudad es a la vez una ilusión y una alusión”.
Marc Augé, Por una antropología de la movilidad.
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Vamos a hacer la compra al centro comercial. Puesto que está en el extrarradio, nos desplazamos en coche. En el trayecto, no atendemos tanto al paisaje como a las señales de tráfico que nos encontramos, a las que obedecemos de forma automatizada.
Una vez en el destino, pasamos por las puertas –también automáticas–, y nos movemos por los pasillos del mall siguiendo, de nuevo, letreros. Elegimos los productos leyendo sus ingredientes o, directamente, identificándolos por su marca. Nos cruzamos con otros individuos, pero no hablamos con ellos. En la caja, nuevas cifras y frases consabidas nos esperan.
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Todos los días hacemos uso de este tipo de espacios: gasolineras, el metro, aeropuertos, Disneyland. En oposición a los lugares tradicionales, no son sitios para quedarse, sino solamente para ser transitados.
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Los ‘no lugares’
El antropólogo francés Marc Augé (Poitiers, 1935-2023), doctor en Letras y Ciencias Humanas, fallecido el lunes 24 de julio, es famoso por el concepto de “los no lugares” y su texto del mismo título de 1993 que, como puede observarse, describe una realidad de plena vigencia en nuestras dinámicas vitales diarias.
Tras leerlo, entendemos un poco mejor la aparente paradoja de la vida en la gran ciudad: por qué, a pesar de estar rodeados de tanta gente, tendemos a sentirnos solos.
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Sin embargo, como suele ocurrir con cualquier expresión reiteradamente citada, su sentido ha sido, a menudo, simplificado como una crítica negativa a los espacios generados por la ciudad moderna del mundo capitalista.
Es cierto que un no lugar es un espacio despersonalizado –en él, devenimos meros usuarios–, sin historia –¿qué importa la historia de un supermercado, por ejemplo?– y arrelacional –nos convertimos en cajero, revisora del tren, cliente, y en esos términos interactuamos con los demás–. Pero esto muestra que el no lugar se define, desde su propia denominación, por lo que no es.
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Precisamente por ello es un término escurridizo. Pero no por accidente. Un espacio no se entiende, no de una vez y para siempre, por ser un lugar o un no lugar, sino por lo que nosotros hagamos en él, con él. Está claro, por supuesto, que un aeropuerto o un hipermercado tienen, de acuerdo con su diseño y funciones, muchas más posibilidades de devenir un no lugar que la plaza de nuestro pueblo.
Sin embargo, en cuanto sus usuarios, podemos dotarlo de una resignificación, por precaria o temporal que esta pueda ser. ¿No convierte Annie Ernaux el Alcampo en un lugar para el romance en Mira las luces, amor mío? Los franceses, parece, tienen facilidad para revelar las posibilidades estéticas de los no lugares.
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Augé, y más allá
Hay otras obras posteriores de Augé que deberían ser especialmente recordadas tras su muerte. Entre ellas, Por una antropología de la movilidad (2007), que trata de analizar los conceptos de frontera y migración en las coordenadas del mundo globalizado; y El viaje imposible: el turismo y sus imágenes (2009), en la que nos hace percatarnos de que, en sentido estricto, viajar deviene una empresa difícil en el mundo moderno de los medios de comunicación: antes de emprender la ruta, ya hemos consumido imágenes e ideas sobre nuestro destino. Ser el Ulises que se enfrenta a lo desconocido es hoy, en efecto, imposible.
Augé nos enseñó otras muchas cosas. Entre ellas, que no hace falta viajar a tierras inhóspitas, si es que esa expresión tiene ya algún sentido, para ejercer de antropólogos. Él empezó su andadura, de hecho, en los estudios africanistas. Sin embargo, y si bien nacido y fallecido en Poitiers, en la mayoría de sus textos reflexionará sobre París, en la que pasó toda su vida.
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También mostró que la prosa académica no es impedimento para la belleza al escribir. Le gustaba poner ejemplos literarios y cinematográficos, demostrando que las alianzas entre la antropología o la filosofía y las artes no solo son posibles, sino necesarias.
Para el investigador, nuestra experiencia de la ciudad no se reduce a sus infraestructuras ni a su entramado, sino que es un resultado dinámico de la compleja interacción de nuestros recuerdos y experiencias personales, del pasado colectivo y de las artes. Entre otros de sus ejemplos, Venecia no puede percibirse sin el tamiz de Thomas Mann, Santiago de Chile no puede pasearse sin evocar a Isabel Allende, ni San Francisco sin imaginar a la misteriosa mujer de Vértigo, de Alfred Hitchcock.
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Incluso si no hemos leído nada de Charles Baudelaire, hemos heredado una serie de expectativas sobre París que tienen, en buena medida, mucho que ver con sus tableaux (sus retratos de la ciudad).
En efecto, nuestra ciudad es lo que vemos, pero también lo que no. Sus calles, lo que queda de ellas o, incluso, los edificios que ya no están, de forma dulce o violentamente, nos transportan a otras vidas, y por eso toda ciudad es poesía de la que somos lectores y, al tiempo, escritores.
O, en las propias palabras de Augé:
“Urbanistas, arquitectos, artistas y poetas deberían cobrar conciencia del hecho de que la suerte de todos ellos está ligada y de que su materia prima es la misma: sin lo imaginario ya no habrá ciudad y viceversa”.
Publicada originalmente en The Conversation.
* Es investigadora predoctoral en Filosofía, Universidad de Oviedo.
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