
Mario Siperman habla por la ventana de Zoom, desde un hotel de México: en unas horas se presenta en el Zócalo —y cuando se publique esta entrevista faltarán unas horas para que se presente en La Trastienda, en Buenos Aires—. Habla con tranquilidad, como el hombre que está acostumbrado a presentarse en vivo. Siperman es el tecladista de Los Fabulosos Cadillacs, y con ellos tocó el pasado sábado frente a 300 mil personas en El Zócalo, pleno centro de Ciudad de México.
Pero ahora Siperman habla del proyecto que hace con Gustavo Roca: El poeta. Canciones en español de Leonard Cohen. Comenzaron hace quince años y habían planificado cuatro discos. Pero en estos días, mientras presentan el volumen 2 y están a punto de terminar el volumen 3, ya saben que va a tomarles un poco más. “Pero no somos una banda tributo”, dice, “el día que alguien me grite por la calle ‘¡Qué hacés, Cohen!’, cuelgo el teclado”.
El poeta es un proyecto que busca dar una versión particular de la música y las letras de Cohen. Como si fuera, dice Siperman, una traducción y revisión de Shakespeare. En cada tema hay una intención de apropiación y reescritura. ¿Por qué Cohen? Porque “es un oasis en esta parte del siglo XXI, donde abunda lo rítmico y lo extrovertido. Amo la música electrónica y mi primera banda fue Los Encargados, con Daniel Melero, pero siento que, cuando nos sentamos a tocar, entramos en ese oasis que me hace muy bien. Es muy importante que la música te lleve a lo emotivo. La tristeza es una sensación hermosa con la música y la música de Leonard Cohen va por ese lado”.
—La lista de músicos que aparecen en cada volumen es muy variada: de Nito Mestre a Loli Molina, pasando por Leo García, Ariel Minimal, Cucuza Castiello, Palo Pandolfo.
—Es muy variada porque la música de Cohen es muy variada en todo sentido. Él empezó a grabar a mediados de los 60, y escribió hasta el 2015. Hay mucha música, mucho tema para hablar. En general, cuando armamos las canciones con Gustavo, tenemos dos premisas tontas pero efectivas. Una, imaginarnos la sensación de que Leonard Cohen entra al estudio y nos tira un centro. Que la canción no sea una falta de respeto. Y la otra premisa es fantasear quién podría ser la persona perfecta para la canción. Cuando empezamos a grabar “Bird on the wire”, para nosotros tenía que cantarla Nito [Mestre]. Yo personalmente no lo conocía. Le escribí por Facebook… Imagínate hace cuánto venimos con el tema que todavía usábamos Facebook... Le puse: “¿Te gusta la música de Leonard Cohen?”. Ese fue todo mi mensaje. Él me dijo: “Sí, claro, me encanta” y ahí le conté el proyecto y al mes estaba grabando.
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—¿Cuántos de estos músicos son monstruos con los que te diste el gusto de tocar con ellos y cuántos son pibes a los que participar en un disco tuyo les da espacio para darse a conocer?
—Como este es un proyecto 100% independiente con el hecho de hacer canciones, no busca al famoso. Lo que pasa es que es más fácil imaginarse a alguien que uno ya conoce porque escuchó sus discos. Pero, por ejemplo, hay dos versiones de “Hallelujah”: una es de Beto Cuevas, el cantante chileno de La ley, y otra la canta un amigo mío que es arquitecto, que se llama Daniel Carabajal. Lo escuché y me llegó al corazón. Si veo por la calle un pibe cantando un tema y me vuelvo loco, le cuento del proyecto.
—Las canciones mantienen su nombre en inglés, pero están traducidas. ¿Cómo hicieron las traducciones?
—Hay de todo. En el caso de Teresa Parodi, que yo la había conocido en mi estudio grabando otra cosa y le conté del proyecto, ella nos dijo que le gustaba mucho “Dance me to the End of Love” y nos pidió hacer la adaptación. Lo mismo nos pasó con Richard Coleman, que nosotros elegimos la canción, “The Future”, pero él hizo la versión en español. No hay una única manera. Creo que la gran enseñanza del arte es tener algunas directrices de cómo trabajar, pero después no respetarlas a rajatabla. En el momento que te ponés a respetarlas a rajatabla perdés un porcentaje muy grande de lo que quieres decir.
—¿Conocés el libro Cómo decir poesía, de Pablo Bernasconi, basado en el poema de Cohen?
—Tengo el libro. Es muy, muy lindo. Un amigo mío de la infancia fue a visitarlo a su atelier en Bariloche y me compró el libro. Me encanta. En un momento, soñé que, si podemos montar un espectáculo más grande, parte de la parte escénica pudiesen ser esos dibujos. Son hermosos y se nota que él es un amante profundo de la música de Leonard Cohen. Qué más me gustaría a mí que colaborar con alguien que está en la misma sintonía.

—¿Cómo es el show que plantean para La Trastienda?
—Vamos a tocar el volumen 1, el volumen 2 y algunas sorpresitas del volumen 3. Va a estar Juan Subirat, de la Bersuit, que cantó un tema del volumen 3. Van a haber muchísimos de los invitados: Nito Mestre, Emilio del Güercio, Ariel Minimal, Cucuza Castiello, Juan Rosasco, Juan Abzatz, Jorge Minissale. Va a venir Noe Pucci, de Neuquén, que es una cantante que admiro mucho también. Va a estar Adrián Yanzón, que es un artista increíble del postpunk. Yo lo veo como ir a la Trastienda y sentarte en una mesita un lindo jueves de otoño para escuchar una música distinta

—Me corro por un momento de Cohen y te pregunto de los Cadillacs. Hay algo que tienen todos los integrantes y es que hicieron una carrera por afuera de la banda. Hicieron mucha música. ¿Cómo hacen, cómo lo sienten?
—Lo repetí muchas veces en bastantes notas, pero lo vuelvo a decir porque me emociona y me da orgullo: los Cadillacs es la banda con menos celos internos del universo. Cada miembro es feliz si otro miembro tiene su propio proyecto. Casi te diría que no hacer algo por afuera de los Cadillacs es un deshonor. Yo, que tengo buena memoria y fui un gran comprador de la revista Pelo, me acuerdo del número en el que Spinetta decía que Almendra no se dividía, se multiplicaba. Creo que una de las cosas más hermosas que tienen los Cadillacs es que aprendimos que los individuos en la música pueden ser infieles a su proyecto nodriza y que eso suma muchísimo.
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