
El 3 de noviembre se sabrá si No One Is Talking About This, la primera novela de Patricia Lockwood, es la ganadora del Booker Prize como muchas de las observaciones de la previa parecen sugerir. Las otras candidatas son The Fortune Men, de Nadifa Mohamed; Bewilderment, de Richard Powers; The Promise, de Damon Galgut; Great Circle, de Maggie Shipstead y A Passage North, de Anuk Arudpragasam. La lista de finalistas, según dijo Maya Jasanoff, historiadora y miembro del jurado, concentra “una gama tan amplia en historias originales como en voces y estilos”. Pero algo distingue a la novela de la estadounidense Lockwood.
En un momento de mucha crítica a las redes sociales, a sus consecuencias dañinas para la psicología humana, la supervivencia de las minorías, la salud de la democracia y la economía de libre competencia, la historia que cuenta No One Is Talking About This (Nadie está hablando sobre esto) se arroja de cabeza sobre todo eso. Y lo hace con las mismas herramientas de las redes: párrafos cortos, desconectados, matrioshkas de ironías, ataques de indignación, comentarios sociales, ausencia de contexto, sobre los que se avanza en un scrolling infinito.
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Hasta que llega la segunda mitad de la novela. Que está escrita del mismo modo. Pero no sucede en “el portal”, como bautizó Lockwood a la red social de su novela, sino en una terapia intensiva neonatal (UTIN).
“No parecía exactamente la vida real, pero hoy en día qué lo parece”, dice la protagonista, tanto del portal, donde ella se convirtió en estrella con una publicación, como de la UTIN, donde su sobrina, que sufre de una enfermedad genética extraña, el síndrome de Proteus (el mal de Joseph Merrick, apodado “el hombre elefante”), sobrevive contra todo pronóstico.
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Lockwood es una veterana de las redes sociales. En broma la llaman “la poeta laureada de Twitter”: su poema Rape Joke (Broma sobre una violación), que explora un ataque sexual a sus 19 años con un humor que sólo potencia el desgarramiento, se volvió viral allí en 2013. La protagonista de su primera novela —su libro anterior, Priestdaddy, uno de los 10 mejores de 2017 según The New York Times, era una historia autobiográfica— se parece a ella en eso: tras la viralización, se convierte en una “experta en internet” que viaja por el mundo para hablar sobre el tema y atender a sus fans.
La narración es un continuo entre la vida real y los feeds, que para la protagonista se han fundido en una sola cosa. Cada mañana se despertaba con, o sucumbía bajo, una oleada de información aleatoria: “Fotos de desayunos en la Patagonia, una muchacha que se aplicaba la base de maquillaje con un huevo duro, un perro shiba inu que subía y bajaba las patas para saludar a su dueño, mujeres de una palidez fantasmal que publicaban fotos de sus moretones”. Debía hacerlo: era, además de un pez en el cardumen, una profesional en la materia.
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Está casada con un hombre que no sufre su problema, que define como “esta metástasis de la palabra siguiente, de la palabra más”. Tiene una madre que creció antes de internet y no entiende el uso erótico de los emojis: “¡Nunca más me mandes la berenjena, mamá! ¡No me importa qué cosa estés cocinando!”, debió textearle. Y vive en un país parecido a los Estados Unidos de Donald Trump: “El problema era que ahora tenían un dictador que, según alguna gente (blanca), nunca antes habían tenido, y según otra gente (todos los demás), era lo único que habían tenido, constantemente, desde que el mundo es mundo”.
La deriva siempre es como una sesión de reels o a lo sumo de tiktoks:
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Todos los días encontrábamos pruebas nuevas que sugerían que el portal había permitido que el dictador llegara al poder. Algo humillante. Sería como descubrir que la guerra de Vietnam había sido secretamente provocada por radioaficionados o que Napoleón operaba exclusivamente según el consejo de un loro llamado Brian.
Alguna gente se entusiasmaba mucho por volver a preocuparse por Rusia. Otros no iban a hacerlo, pasara lo que pasase. Porque antes que otra cosa, la Guerra Fría había sido un papelón.
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No sólo las ideas, también los jeans.
A diferencia de su generación, que había pasado la mayor parte de su tiempo en línea aprendido a escribir código para agregar animaciones rudimentarias de mariposas en el fondo de sus weblogs, la generación que le siguió pasó la mayor parte de su tiempo en línea haciendo chistes increíblemente intolerantes para reírse de los idiotas que eran lo suficientemente estúpidos para tomarlos en serio. Excepto que luego de un tiempo sí lo decían en serio, y de algún modo al final terminaban nazis. ¿Había sido siempre así?
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Esa contaminación entre la realidad y la ficción domina la narración, de manera tal que nunca se está en un terreno o en el otro. Igual que en línea. Muchos de los elogios que recibió Lockwood se centran en esa habilidad para apropiarse de las herramientas de la cultura de internet, y en particular de los recursos de las redes sociales, para hacer literatura en su mismo momento.

Se pregunta por el portal: “¿Es un cerebro, un lenguaje, un lugar, un tiempo? ¡Oh, mi información! ¡Oh, mi todo lo que nunca supe que debía saber!”. En una conferencia en Jamaica, afectada por el jet lag, grita: “¡Flujo de la conciencia!”. Pero en general la inquieta la uniformidad de un medio al que se llegaba con el deseo de expresar el propio ser y pronto se sucumbía a un lenguaje común:
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¿Por qué estábamos todos escribiendo así ahora? Porque había que crear una nueva clase de conexión, un el guiño, la sinapsis, los pequeños intersticios eran la única manera de hacerlo. O porque —y esto era más aterrador— era la manera en que el portal escribía.
Entonces, a mitad de la novela, mientras la protagonista sigue haciendo eso que hacen los expertos en internet, su hermana va a un control rutinario de su embarazo y el ultrasonido muestra que la cabeza del feto tiene un tamaño demasiado grande, que los ojos no cierran, que los brazos y las piernas son asimétricos. Pero la hermana acaba de comenzar el tercer trimestre del embarazo y vive en Ohio, donde hay todo tipo de restricciones al aborto.
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La bebé fue el primer y único caso diagnosticado in utero. La emoción en la sala era palpable, porque de pronto el árbol del conocimiento había producido una naranja. “Aun así”, los médicos instaron a la familia al terminar, ‘no vayan a casa a buscar información sobre esto”. Esa era la diferencia entre la vieja generación y la nueva, sin embargo. Ella prefería morir antes que no buscar algo. De hecho, prefería morir.

Pero toda una vida dedicada a deglutir información no servía para nada. Como si no tuviera más espacio mental para absorber. Como si la información no importara. La bebé podía morir al nacer; y si sobrevivía, no se sabía cuánto ni cómo podría vivir. “Fue increíble el modo en que esto la sacó, limpia y completamente, de la corriente de su vida habitual”, escribió Lockwood en el párrafo del que sale el título de su novela. “Quería parar a la gente en la calle y decirles: ‘¿Sabes esto? Tendrías que saberlo. ¡Nadie está hablando sobre esto!”
También esta segunda mitad de la novela toma mucho de la vida de Lockwood: la hija de su hermana Mary, Lena, a quien está dedicada, sufrió el síndrome de Proteus y murió a los seis meses en 2019. Lockwood pasó mucho de este tiempo con su sobrina, ayudando a su hermana y su cuñado.
Al igual que hizo ella, su protagonista le ofrece a la hermana acompañarla a otro estado para interrumpir el embarazo; pero las dos saben que sus padres “nunca volverían a hablarles”. Como contó en Priestdaddy (algo así como Papá Padre), su familia es católica. Muy católica. Su padre es el Padre Greg Lockwood: un pastor luterano que, ya casado y con cinco hijos, se convirtió al catolicismo y se ordenó. Explicó en aquel libro:
Funciona así: cuando un ministro casado de otra fe se convierte al catolicismo, puede solicitar a Roma una dispensa para convertirse en un sacerdote católico casado. Se le permite, sí, mantener a su esposa. Incluso se le permite mantener a sus hijos, no importa lo malos que puedan ser. El Vaticano debe revisar su caso y declararlo apto.

Los documentos de su padre fueron aprobados por Joseph Ratzinger, luego papa Benedicto XVI.
A veces Lockwood piensa que uno de los destinos parroquiales de su padre, en St. Louis, Missouri, cerca de un lugar que se usó para enterrar basura radiactiva del Proyecto Manhattan, puede haber afectado la salud de su familia. Pero eso sucede en la vida real; en el libro apenas sigue, como la app de un celular que corta clips de un minuto como máximo, la breve vida de la bebé, la ceremonia del adiós, los detalles del duelo.
Si ganara el Booker Prize por su primera novela, Lockwood sumaría otro hecho extraordinario a su carrera poco común. Cuando terminó la escuela secundaria en Cincinnati, descubrió que su familia no tenía dinero para pagarle la universidad. El Padre Greg es guitarrista y sus ahorros suelen esfumarse en piezas únicas como una guitarra para zurdos hecha para Paul McCartney. “Más adelante sentiría un distante placer literario ante la idea de que un Beatle me había robado mi educación superior sin querer”, escribió en Priestdaddy.
En lugar de estudiar trabajó y escribió poemas y aprendió como pudo en los foros en línea sobre poesía, como Eratosphere o Poetry-Free-For-All. En uno de esos foros conoció al periodista Jason Kendall, con quien se casó; allí la alentaron a ametrallar numerosas publicaciones prestigiosas con sus materiales. Finalmente en 2011 The New Yorker la publicó y le permitió llamar la atención de las editoriales, que publicaron sus poemarios Balloon Pop Outlaw Black (Octopus, 2012) y Motherland Fatherland Homelandsexuals (Penguin, 2014).

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