
El reciente Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades ha recaído en Studio Ghibli “por haber transformado excepcionalmente la creatividad en conocimiento y comunicación”.
El galardón sirve para recordar algo que muchos espectadores ya sabían desde hace años: que sus películas no son solo historias bonitas, sino una forma distinta de mirar el mundo. A lo largo de décadas, el estudio de animación japonés ha creado un imaginario propio que ha marcado a varias generaciones, no tanto por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta.
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La fantasía como herramienta
La obra de Hayao Miyazaki, director, cofundador de Ghibli y probablemente su nombre más conocido, es una manera de hacer cine donde la fantasía no es evasión, sino una herramienta para percibir mejor la realidad. Sus historias funcionan con una lógica más abierta, más intuitiva. No hace falta entenderlo todo para sentir que ese mundo es real. Una de las claves de ese estilo está en cómo construye sus mundos.
En Mi vecino Totoro, por ejemplo, la historia de una familia que, en el Japón de la posguerra, comienza a interactuar con una criatura, nadie explica qué o quién es Totoro ni de dónde viene. El personaje es tan ambiguo como real. Aparece, y lo aceptamos, bien sea una deidad sintoísta o una imaginación infantil. Forma parte del paisaje igual que los árboles y la casa familiar. Lo mismo sucede en El viaje de Chihiro, donde la protagonista, en medio de una mudanza, entra en un mundo lleno de normas extrañas que nunca se explican del todo. Y, sin embargo, lo aceptamos. Hay cosas que van más allá de la lógica.
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La magia en Studio Ghibli tampoco funciona como en otras historias. No es un poder para dominar o vencer, sino una forma de relacionarse. En El castillo ambulante, la fortaleza móvil del título, en su inexplicable funcionamiento, sirve de representación física de la inestabilidad emocional y agente transformador de su dueño. En La princesa Mononoke o Nausicaä del Valle del Viento, lo fantástico está profundamente conectado con la naturaleza. Los dioses, los espíritus o los ecosistemas no son decorado: son el centro del conflicto.
Las películas del estudio hablan, una y otra vez, de la relación entre los seres humanos y su entorno. Pero lo hacen sin sermones. No hay discursos directos ni moralejas evidentes. Lo que hay es aprendizaje, personajes que se equivocan, que dudan, que intentan entender.
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Por eso es tan importante el tipo de protagonistas que aparecen en estas historias. Muchas veces son niñas o jóvenes en proceso de crecimiento, como Chihiro o las hermanas Satsuki y Mei de Mi vecino Totoro. No son heroínas clásicas que salvan el mundo, sino personas que aprenden a habitarlo. Su fuerza no está en vencer, sino en comprender, en cuidar, en establecer vínculos.
Esa idea conecta con otra de las características más reconocibles del estudio: la importancia de lo cotidiano. En las películas de Ghibli, cocinar, limpiar, trabajar o viajar tienen tanto peso como cualquier elemento fantástico. No son momentos de transición, sino parte esencial de la historia. Gracias a eso, la magia no aparece como algo lejano. Está en los pequeños gestos, en los silencios, en la forma en que los personajes se relacionan con su entorno. Lo extraordinario no rompe lo cotidiano: convive con él.
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El papel de los recuerdos
Pero no se puede hablar de Ghibli sin mencionar también la figura del director Isao Takahata, otro de los cofundadores, que aportaba una mirada muy distinta.
Si Miyazaki explora la realidad a través de la fantasía, Takahata se acercaba más a ella a través de los recuerdos y de la consciencia del pasado. Y lo hacía sin suavizarla. En La tumba de las luciérnagas, la Segunda Guerra Mundial se muestra sin épica ni heroicidad. Es una experiencia dura, cotidiana, que golpea especialmente a los más vulnerables. No hay victimismo, pero tampoco consuelo fácil; solo una mirada honesta sobre lo que la violencia provoca.
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Esa sensibilidad aparece también en Recuerdos del ayer, donde Takahata convierte la memoria en el verdadero centro de la narración. La película no necesita grandes conflictos: le basta con observar cómo los recuerdos de la infancia moldean la identidad adulta de Taeko, su protagonista. Algo parecido ocurre en El cuento de la princesa Kaguya, quizá su obra más poética y estéticamente única, donde la belleza de la vida coexiste con la pérdida y la imposibilidad de detener el paso del tiempo.

Películas que no se acaban
Esa convivencia entre lo fantástico y lo realista es lo que hace de Studio Ghibli algo único. No es solo un estudio de animación, sino un espacio donde distintas formas de entender el mundo dialogan entre sí.
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En el caso de Miyazaki, su cine transmite una sensación de calma que a veces puede engañar. Sus películas son tranquilas, incluso luminosas, pero no necesariamente optimistas. En ellas hay conflictos que no se resuelven del todo, heridas que no desaparecen, como si fuesen un comentario directo a la realidad. Y, sin embargo, ahí está su fuerza. No ofrecen respuestas cerradas, sino formas de mirar, de estar en el mundo. Por eso, con el paso del tiempo, esos filmes no se agotan: siguen acompañando a quienes las ven porque dejan espacio para volver a ellas, para entenderlas de otra manera.
El reconocimiento a Studio Ghibli no premia solo una colección de películas inolvidables. Reconoce una forma de contar historias que apuesta por la sensibilidad, la empatía y la capacidad de asombro. En un momento en el que todo parece necesitar explicación, sus mundos nos recuerdan algo más simple e importante: que a veces basta con aprender a mirar.
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* Es profesor asociado del grado en desarrollo de aplicaciones 3D interactivas y videojuegos, Universidad de Salamanca.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
[Fotos: Europa Press; El viaje de Chihiro/ Studio Ghibli; El cuento de la princesa Kaguya; Studio Ghibli/Netflix]
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