Desde que puso un pie por primera vez en América Latina, Enrique Bunbury sintió la fascinación por los sonidos de la tierra. Fue un amor a primera escucha, de la Antártida hasta el río Bravo y del Atlántico al Pacífico. Pero eran los tiempos salvajes y rockeros de Héroes del Silencio, de guitarras enigmáticas y ese sonido postpunk que no le dejaba demasiado espacio. Todo se decantó en menos tiempo de lo que esperaba. El grupo se disolvió a partir de una interna insalvable y casi al mismo tiempo empezaba su recorrido solista. Y allá estaban los sonidos de América Latina toda, esperándolo para que experimentara con ellos.
Una vez que se sacudió la coraza de la ortodoxia rockera, Bunbury se dejó llevar con esos impulsos que aparecieron con fuerza definitiva en el revelador trabajo El viaje a ninguna parte (2004). Ese espíritu de jinete sin patria ni bandera que asumió para su camino solista supo abrevar de rancheras, cumbias y boleros, entre otros estilos. Fue un avance firme pero sigiloso, respetuoso de las formas, como quien transita un campo minado dispuesto a tomar los riesgos. Así surgió un disco de versiones, Licenciado Cantinas (2011), alter ego de un pasado sinuoso y un homenaje a los grandes autores de Latinoamérica. Pero tuvieron que pasar casi 15 años para que se sentara de puño, guitarra y letra para cantar su propia historia de la región.
PUBLICIDAD
“No sé por qué sucedió ahora”, le dice con brutal honestidad Enrique Bunbury a Teleshow desde Los Ángeles, su residencia en gran parte del año. La referencia es para Cuentas pendientes (2025) y De un siglo anterior (2026), dos trabajos que el zaragozano ha definido como “primos hermanos” a partir de sus similitudes. Son canciones propias -con una ilustre excepción- compuestas por Bunbury y ejecutada por músicos latinos en un estudio en México.
Un ejercicio casi inédito para alguien que supo formar grandes bandas de acompañamiento, tanto con Los Santos Inocentes como con El Huracán Ambulante. Un mix de estas formaciones lo acompaña en la gira Nuevas Mutaciones con parada obligada en Buenos Aires el 4 de noviembre en el Movistar Arena. “Me faltaba hacer un disco como este, que al final terminaron siendo dos, que miran a la canción popular y a la música de raíz, antes de moverme en otras direcciones”, confiesa un artista siempre en movimiento que ya empieza a vislumbrar ese nuevo horizonte que anticipa como un giro de 180 grados: “Vuelvo a enchufar la guitarra eléctrica y me voy a ir hacia otros sonidos”.
PUBLICIDAD
—Supongo que las cuentas pendientes no se terminarán nunca. ¿Son muchas en tu caso? ¿Cómo es tu relación con ellas?
—Ojalá tengas razón y queden muchas, o por lo menos algunas, porque uno va encontrándose con un pasado que cada vez es más amplio, en el que hay más discos, y claramente me quedan menos discos por delante que por detrás. Entonces, tener proyectos, tener ilusiones, mantener la capacidad de sorpresa me parece imprescindible para seguir creativamente activo. Yo lucho por no ser lo que llaman ahora un legacy act: un artista que se sube al escenario a interpretar los éxitos de otra época y que ya no saca discos. Siempre me interesa más el futuro que el pasado.
PUBLICIDAD
—Sin embargo, desde el título y ciertas frases, en De un siglo anterior asoma cierta nostalgia por ese tiempo pasado, que muchas veces estamos tentados a considerarlo como un tiempo mejor. ¿Sos un hombre nostálgico?
—Yo no soy nostálgico de los tiempos que he vivido. No soy nostálgico de los 90, ni de los 80. Pero sí soy nostálgico de épocas que no he vivido: me hubiera gustado vivir en los años 20 del siglo pasado o hacer una visita rápida a la Edad Media. No sé si se puede decir que eso sea nostalgia, porque ser nostálgico de la Edad Media quizás sea un poco raro (risas). Me interesa más lo desconocido que lo que ya he conocido. Y también tengo mucho interés por hacia dónde vamos. Yo no soy nada apocalíptico. Cuando veo a toda esta gente que dice que el mundo va a reventar un día de estos, siempre pienso que si eso va a suceder, al menos quiero un buen asiento para verlo y disfrutar el apocalipsis.
PUBLICIDAD
—En este sentido parece haber un equilibrio en las letras del disco, entre el optimismo de “Un brindis al sol”, con esa premisa de ver el vaso medio lleno, y cierta alarma por este presente disparatado, de vulgaridad y economía de la atención ¿Te sale naturalmente el optimismo o tenés que ir a buscarlo?
—Hay que forzar el optimismo, y creo que hay muchos motivos para ser optimistas. En realidad, la mayor parte de las situaciones trágicas con las que nos enfrentamos provienen de leer los medios de comunicación y de atender demasiado a lo que nuestros gobernantes nos preparan. Yo siempre pienso que el enemigo nunca está a mi izquierda ni a mi derecha: el enemigo siempre está arriba. Son los gobernantes, los partidos políticos que se dedican a partirnos, a dividirnos, y las instituciones supranacionales. Pero por lo demás, creo que tenemos múltiples motivos de alegría si miramos a la gente a nuestro alrededor, a nuestras familias, a nuestros seres queridos, a las cosas que nos emocionan, que en mi caso es el arte, la música, la literatura, el cine. Ahí encuentro un refugio infinito ante cualquier tipo de desgracia.
PUBLICIDAD
—Cómo fue la experiencia de grabar con músicos que no conocías?
—Mis demos por lo general son bastante avanzados: hay una instrumentación completa de guitarras, bajos, percusión, teclados, batería. Eso es lo que llevo al estudio, pero a la vez les pido a los músicos que se abstraigan muchas veces de lo que yo he hecho para encontrarle a la canción nuevos lugares interesantes. Que se olviden del bajo que yo grabé para que el contrabajista sea absolutamente libre. A veces toman algo que yo hice, a veces no. Dejarles esa libertad nos lleva a encontrar nuevos lugares y a conseguir un mejor vestido para la canción.
PUBLICIDAD

—Hay dos guiños muy especiales hacia Argentina en el disco. Nos diste el honor de que el único cover sea un estándar de nuestro folclore, “Zamba para olvidar”. ¿Por qué elegiste ese tema?
—“Zamba para olvidar” es una canción muy conocida en Argentina, y posiblemente también en Uruguay y Paraguay, pero no tan conocida fuera de por allí, por lo que he podido contrastar con otros periodistas en otras regiones. Mientras estaba componiendo las canciones de este disco, esa canción se me cruzó por el camino y grabé mi propia versión en el estudio, yo solo. Cuando fuimos a seleccionar el material para el disco, pensé que grabarla tenía sentido, primero porque la zamba era un género en el que yo no había escrito nada, y luego, porque la música campesina argentina es algo que me apasiona. Creía que completaba de alguna manera todo este viaje que he realizado en estos dos discos.
PUBLICIDAD
—Y el otro guiño es el tango, un género que habías visitado como intérprete pero no lo recuerdo como compositor. ¿Cómo fue el camino hasta “En el arcén”?
—Había escrito pseudotangos: canciones que tenían un sabor, un pequeño guiño, pero que no eran realmente tangos. Esta canción sí la hice con el interés de ubicarme dentro del género. Y la verdad es que es una de las canciones que más me ha costado a muchos niveles: desde lo musical, la letra y el cantar. Es la canción que más veces tuve que grabar para encontrarle el flow y sentirme cómodo ofreciendo algo que sé que es sagrado, por lo menos para mí. Y me da la impresión de que para muchos argentinos también lo es, y no quería fallarles.
PUBLICIDAD
—¿Por qué fue tan complejo?
—El tango tiene una dificultad brutal. Es difícil cantar tangos, difícil componerlos, difícil tocarlos, porque ha habido grandes maestros en los que fijarse. Desde las composiciones de Piazzolla hasta, para mí, Roberto Goyeneche, que es un tótem como cantor de tangos. Me parece el Sinatra, el Dylan de la canción tango argentina, con esa rítmica, en cómo fluye su fraseo, es lo que me parece fascinante. Se fue convirtiendo en un estilo conforme fueron pasando los años y la voz le iba fallando: cada vez cantaba menos y hablaba más. Pero incluso hablando, le pasa como a Chavela Vargas: conforme iba avanzando en edad, cada vez cantaba menos, pero su interpretación era igual de potente y conseguía el mismo efecto en el público.

Los restos del naufragio
Sinatra, Goyeneche, Chavela, Dylan. Sin querer, en su relato aparecen cuatro figuras capitales de un siglo anterior, entre tantos nombres que forjaron su esencia de artista. Y Bunbury se mantiene fiel a esa educación sentimental que hizo oficio y profesión entre los 80 y los 90. Época de discos físicos -vinilos, casetes, compactos, aquí el formato no importa-, con una idea concebida desde la portada hasta el último acorde. Y que se publicaban con una periodicidad que no podía ir mucho más allá de un año, como mucho, dos. En la era de los singles, de las plataformas, de los feats y de las producciones volátiles, Bunbury sigue en aquel camino del que no tiene en mente apartarse. “Me abstraigo un poco de todo eso, de los cambios de la industria, de las necesidades de las propias compañías discográficas o de los mánagers”, justifica sobre esta postura.
—¿Te sentís a gusto con estas nuevas maneras de consumir la música?
—Creo que tenemos que hacer nuestras carreras a nuestra imagen y semejanza, olvidándonos de qué es lo que ocurre fuera, porque en realidad todo es posible. Lo que ha traído el streaming y las nuevas tecnologías es que todas las versiones de mostrar tu música son posibles. No hay una que sea la correcta ni la única. Podés dedicarte a grabar sencillos exclusivamente, pero también los artistas de pop graban álbumes y creen que es necesario expresar su era y su momento creativo encerrado en forma de un larga duración. Podés publicar varios discos en un año, hay artistas que así lo hacen, y también podés tardar todo lo que quieras. Es cuestión de hacerlo según tus necesidades y con honestidad.

—Este artista en estado de producción permanente también se manifestó en una serie de poemarios. ¿Cómo se diferencia al Bunbury poeta del Bunbury escritor de canciones?
—Yo principalmente escribo canciones; a eso me dedico. Excepto cuando creo que tengo algo que tiene que formar parte de una escritura más extensa y que precisa de una libertad mayor, alejada del corsé de la música y de las estrofas y los estribillos. Entonces es cuando dejo de escribir música y durante un tiempo concreto —un mes, dos meses, tres meses— me concentro en el libro y no escribo canciones. Para mí es muy sencillo porque cierro una puerta y abro otra.
Creer que se puede creer
La puerta que ofrece De un siglo anterior lo devolverá a Buenos Aires en noviembre como parte de la gira Nuevas Mutaciones. Un concepto que surgió un poco a la fuerza, cuando un malestar físico lo llevó a pensar que no iba a poder cantar más. El culpable resultó ser una sustancia tóxica en el humo del escenario. La consecuencia, una nueva forma de organizar los tours. “Me quedó una manera de trabajar más centrada en lo creativo que en lo interpretativo. Mis giras son mucho más cortas. Eso me permite volver a mi estudio, a grabar, a escribir y dedicarme a mis labores creativas”.
—¿Pasas mucho tiempo en el estudio?
—Sí, desde luego. Prefiero dedicarle más tiempo a la creación. Quizás también tenga que ver con el paso del tiempo y ver que por delante tengo menos tiempo que el que tengo por detrás, y querer de alguna forma exprimirme el cerebro para dejar obras mejores que las que he hecho hasta ahora.

—¿Te interesa lo que pasa musicalmente en los géneros que más se escuchan hoy?
—Como géneros, no tanto. Me interesa de repente algún artista que se desarrolla de forma más libre y que evoluciona por sus propios derroteros. Pienso, por ejemplo, en Rosalía, que me parece que dicta un poco sus propias normas. Me parece interesante Catriel y Paco Amoroso, porque también han tomado el timón llevando su música en direcciones que no parecía que fueran las que se les habían otorgado. Milo J también me gusta mucho. Al final, dentro de los géneros urbanos me interesan los que se salen un poco del género porque se les queda corto y quieren abarcar un poco más.
—¿Qué vamos a ver el 4 de noviembre en Buenos Aires?
—Voy con una banda de diez músicos en los que hay parte de El Huracán Ambulante y parte de Los Santos Inocentes. Hacemos una revisión de canciones de todas las épocas, por eso la gira se llama Nuevas Mutaciones. Ahí entran algunas que nunca habíamos tocado en vivo, otras que habíamos tocado pocas veces, mucha revisión de canciones que consideramos que tienen unos arreglos ahora más interesantes. Todo en un formato electroacústico muy orgánico, dividido en tres partes: una parte latina, otra más soul y otra más de rock and roll.
—Eso es algo que mantuviste en toda tu carrera solista, más allá de visitar cada tanto tus grandes éxitos. Siempre estuvo claro que la novedad iba a ocupar un lugar central en tus shows.
—Montar un setlist siempre es complicado, porque tenés que hacer un balance entre lo que pensás que le interesa al público. Pero el público al final no es singular, aunque lo citemos en singular: es plural, son individuos, cada uno con sus gustos y necesidades. Siempre me encuentro a alguien que dice: “Ah, no tocaste esta, no tocaste esta otra”. Siempre faltan canciones, por mucho que intentes tocar las más representativas. De hecho, en esta gira tengo mucho interés en sorprender al público con canciones que no se esperaban, mostrar parte de mi cancionero un poco menos habitual y repasar muchas cosas que han ocurrido en los últimos años en mi carrera, que creo que son interesantes.
Héroe de leyenda
El 6 de octubre se cumplirán 30 años del último concierto de Héroes del Silencio en su etapa clásica. Y si bien Bunbury se encargó con su obra de no anclarse a ese pasado, la pregunta se hace inevitable. Y él lo sabe y lo acepta. Y si lo fastidia, no se le nota. “Mi mirada hacia Héroes siempre es de agradecimiento a un momento que vivimos con unas edades muy juveniles y que disfrutamos a unos niveles bastante estratosféricos. Y de hecho, es un poco la base sobre la que se sostiene la posibilidad que tuve de desarrollarme como solista. Si no hubiera tenido una carrera previa con Héroes, seguramente no me habrían consentido como me han consentido”, analiza.

—Dijiste que el documental que se publicó en 2021 no reflejaba al menos tu versión. ¿En este tiempo te dieron ganas de contar tu parte del asunto?
—¿Tú dices un libro?
—Un libro sería interesante. O tu propio documental.
—El documental no es mi género; yo no soy director de cine. Pero creo que al final la historia de Héroes, en libros, en documentales, en múltiples entrevistas y discográficamente ya ha sido contada. Se puede afinar algún matiz aquí o allá, siempre está el tema de la disolución, los motivos, pero poco más se puede apuntar. Al final, ¿por qué se disuelve un grupo? Porque es lo normal, porque las relaciones se deterioran, porque cada uno va en una dirección.
—¿No han hablado ustedes de este tema a raíz del documental?
—No. La relación en el grupo nunca fue demasiado buena; bueno, al principio fue muy buena, pero llegó un momento en que hubo un deterioro. Nuestras vidas están muy separadas.
—¿Cuándo fue la última vez que alguien se le ocurrió que era posible una vuelta de Héroes del Silencio?
—La última vez... mira, esta pregunta, me la hagas cuando me la hagas, te puedo decir: el año pasado o hace pocos meses.
—¿Y la respuesta es siempre la misma? ¿Escuchás propuestas o directamente cortás el teléfono?
—Es que no soy yo el que... Un grupo son varias personas. Esa propuesta está encima de la mesa de todos y se toma una decisión. Pero creo que la última vez ya se tomó la decisión de que esto no va a ocurrir.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Las mil vidas de Wanda Nara: de sus inicios mediáticos al desafío de encabezar su propia serie vertical
La empresaria suma un nuevo capítulo a su historia y se anima a protagonizar una ficción inspirada en su vida junto a Maxi López, en un formato pensado para la era digital

Malena Guinzburg: “Quiero dedicarme a esto toda la vida”
La comediante brilla en “Casual”, una obra donde salió de su zona de confort del stand up. En una charla con Teleshow habló de eso, de los secretos que se guardan en el celular, del paso de Las Chicas de la Culpa del teatro a la televisión, de su papá y de la nominación al Martín Fierro

Josefina Scaglione habla sobre su identidad creativa: “Me siento artista”
La intérprete, reconocida por su destacada trayectoria internacional, expresó lod sentimientos que marcan su arraigo a la Argentina en una charla con Teleshow. Se presenta junto a Santiago Otero Ramos en No me quieras tanto, en el Teatro El Picadero

Tamara Meschller, la violinista que brilló con Milo J en el Tiny Desk: “Toda mi formación se la debo a la educación pública”
La joven multinstrumentista, directora de orquesta y folclorista conversó con Teleshow sobre las grandes alegrías que le trajo su llegada a NPR Music junto al cantante. Sus comienzos como artista a los 6 años en Rafaela, Santa Fe. Visibilidad femenina y celebración de la “Argentina marrón”


