
La cabeza de bruja (1915) se trata de una ilusión óptica de August Natterer (1868-1933). En papel transparente, se representa un paisaje que puede verse simultáneamente como la silueta de una bruja. Un gran lago crea el rostro, un muelle se convierte en una cinta que define la transición de la cara al cuello, y un bulevar es el borde de su sombrero. A pesar de la cubierta de la cabeza, se pueden ver las fisuras entre los huesos de su cráneo, y la bruja se convierte en una figura espeluznante que se cierne entre la vida y la muerte.
En su libro Artistry of the Mentally III (1922), el psiquiatra e historiador del arte Hans Prinzhorn, quien recopiló y estudió unos cinco mil dibujos y cuadernos realizados por 450 pacientes de centros psiquiátricos entre 1890 y 1920, dedicó uno de los diez ensayos monográficos a August Natterer, un electricista de Würzburg que, en 1911, comenzó a crear dibujos nítidos y sorprendentemente detallados en un intento de reconstruir una alucinación de 1907.
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En esta visión que tuvo en Stuttgart el Día de los Inocentes –“diez mil imágenes pasaron rápidamente en media hora”, contaba August sobre las “epifanías del Juicio Final”–, apareció una bruja, a quien Natterer reconoció como el mal creador del mundo. Una y otra vez, representó su cabeza en un perfil finamente dibujado, con una nariz puntiaguda, dientes faltantes y una expresión boquiabierta. La alucinación inspiró además una intensa producción de dibujos, entre los que se encuentran Mis ojos en el momento de la aparición, de 1913, y El pastor milagroso, de 1919.
Prinzhorn reprodujo algunos de estos dibujos, pero excluyó la pieza más grande y única policromada. La cabeza de bruja se mostró por primera vez en la extensa exposición itinerante de la Colección Prinzhorn en los años 1980 y 1981, y pronto se convirtió en una de las obras más reproducidas de la colección. La imagen fascinantemente ambigua, una ilusión óptica que oscila entre la cabeza y el paisaje, a menudo se ha comparado con imágenes similares de la historia del arte, incluso con trabajos de Arcimboldo. Algunos de los edificios alrededor del lago, representados en perspectiva, se han identificado como la iglesia católica St. Jodok de la ciudad natal de Natterer, Ravensburg, a la izquierda, y la fábrica de tabaco de estilo morisco Jenidze de Dresde a la derecha. Al parecer, Natterer utilizó imágenes tomadas de varios libros o revistas para construir su obra.
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Iluminada, la bruja cobra vida. La parte posterior de la imagen es especialmente enigmática, ya que algunos de los detalles del frente se repiten, amplían y se pegan parcialmente con trozos de papel. Al principio, los psiquiatras creían que esta versión fragmentada era una expresión de la psicosis de Natterer. Pero entonces, un miembro del personal de la Colección Prinzhorn reconoció que, de hecho, había un propósito detrás de este curioso tratamiento. El electricista quería crear una imagen transparente que cambiara cuando se la sostuviera a la luz. Al iluminarla por detrás, las ventanas de algunos edificios se iluminan, aparecen peces en el lago y el ojo ciego de la bruja comienza a ver.

De esta forma lúdica, Natterer nos deja compartir su experiencia de la maravillosa apariencia “milagrosa” de las imágenes. Sin embargo, este “truco” no logra transmitir completamente el tremendo impacto que le causó su alucinación en 1907, que derivó en su ingreso en una sala psiquiátrica.
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La colección de obras de arte producidas por enfermos mentales, reunida por Hans Prinzhorn en Heidelberg en los años veinte y presentada en su libro, ejerció una enorme influencia, aunque desconocida y oculta, en el arte del siglo XX. “El mejor libro de imágenes que jamás ha existido” –como lo calificó Paul Eluard– se difundió entre los surrealistas como una especie de Biblia underground y fue una fuente de inspiración tácita para varios artistas, como Paul Klee, Max Ernst, Alfred Kubin y Jean Dubuffet. Este último acuñó el término art brut para referirse a las manifestaciones artísticas realizadas por pacientes de hospitales psiquiátricos, término que fue traducido por el crítico de arte Roger Cardinal en 1972 como outsider art o arte marginal para referirse en general a artistas autodidactas, aunque no hayan pasado por una institución psiquiátrica.

En los años treinta, con el ascenso del nacionalsocialismo en Alemania, esta colección de obras fue exhibida en la Exposición de Arte Degenerado, aproximándola al trabajo de artistas modernos, para demostrar la afinidad entre los dos tipos de obras y, por consiguiente, el carácter psicopatológico y degenerado del arte contemporáneo. Si ésta ha sido la forma más clara de apropiación sufrida por la Colección, otra más silenciosa y que está de hecho conectada con su “perturbador extrañamiento” ha tenido lugar en el corazón de su recepción.
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La cabeza de bruja, de 26,1 por 20,4 centímetros, integra con el número de inventario 184 c la Colección Prinzhorn, en el Hospital Universitario de Heidelberg, Alemania.
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