
Sobre una mesita, una pequeña pintura: Ninforocita y el lobo. La obra, que pertenece a la muestra Fauna del país -que recorre varias épocas de Mildred Burton en el Moderno- es un óleo de atmósfera sombría, de tonalidades verde ocre, donde una niña arrinconada se mira sus pies sin zapatos mientras que en el otro extremo su capellina reposa en el suelo.
En el medio, lo reconocible que se torna insondable, lo familiar que se mantiene oculto, el bosque y un más allá que solo puede abrir interrogantes: lo fantástico que convive en la realidad.
La obra de Burton (Paraná, ¿1942?) se alimenta de signos en apariencia familiares, en los que conviven ese candor que genera una paleta de colores por momentos cálida, pero que -a veces de manera evidente, en otras con la mayor de las sutilezas- dejan espacio a lo tenebroso, a lo onírico.
La vida de la artista, en ese sentido, posee tantos espacios borrosos como su pintura. De apellido paterno Azcoaga, prefirió el anglosajón Burton. Dicen que a lo largo de su existencia era casi imposible dilucidar qué había de realidad o de fantasía en sus aseveraciones e incluso, siquiera la documentación puede dar luz sobre temas tan sencillos como la fecha de nacimiento. Se afirma por convención que Mildred Burton nació en 1942, pero nadie puede realmente asegurarlo. Otras fuentes dicen que fue en el ‘23 o en el ‘31, el ‘36 ó ‘41.

“Esa bruma de edades quizás explique el cruce entre tradiciones visuales tan disímiles como la de la pintura y las artes decorativas europeas del siglo XIX, el surrealismo y las iconografías indígenas latinoamericanas que se vieron reunidas en su obra a lo largo de su trayectoria”, explicó el curador Marcos Krämer en el precioso libro que el Moderno publicó para la muestra (que incluye un cuento inédito de Mariana Enriquez inspirado en las obras de Burton).
Es como si en su andar, al pronunciar sus palabras, hubiese estado siempre rodeada por una nebulosa que generaba lecturas diferentes, como si hubiese vivido en un constante girar y el sonido variase según la posición del oyente. Una vida que construyó con sus propios mitos y leyendas. Con respecto a su infancia y esa afinidad por lo británico puede leerse:
“Creo que con los primeros y arrugados arrumacos de la casona inglesa de Entre Ríos, llenos de fábulas y símbolos, comenzó a germinar en mí la semilla celosamente guardada entre carnecitas rojas y rulitos de puro rojo irlandés. No tuvieron en cuenta que nací un 28 de diciembre en América del Sur entre achiras, ceibos, yaguaretés y curiyús, y bajo la advocación de Atojaj, viento vengador latinoamericano. Bebía la primera leche de aguara-guazú cautiva y me alimenté con mandioca, porotos, maíz y charqui, a pesar de los bellos robles Chippendale del piano, de las boiseries victorianas, de las bibliotecas Tudor y el escritorio Thompson de mi padre, que me controlaban con amor y arrogancia sajona”, dijo a la publicación Mujeres para el tercer milenio, en 1990.

La mesita que sostiene a la pequeña pintura está plantada en la que podría haber sido una habitación de la casa Burton, con un empapelado rococó de corte victoriano, cuadros de molduras arabescas, la clásica alfombra símil persa, una silla de estilo Luis XV y una lámpara de pie amarillenta. Las obras colgadas en esa zona transmiten esa calidez infantil de los tonos pasteles que se aprecian en la serie de la familia de Florindo Rosas. Retratos de tres generaciones realizados con lápiz, tiza y pegamento, figuras en lo que la flora aparece tímida tomando alguna parte del retratado, como espinas en la oreja o ramitas que se escapan de una prisión interior. Es como si estos hombres hubieran sido captados durante una etapa temprana de una metamorfosis que, en el tiempo, los llevaría a parecerse más a una figura de Arcimboldo.
También en esta parte de la muestra cuelgan una serie de piezas en las que pequeños objetos toman vida, como una taza que llora, un libro abierto desde donde el humo de una fogata ilustrada escapa de los márgenes o un barco que navega un mar impío que brota de la tapa de un libro, por nombrar algunas. Son como las figuras de Liliana Porter, que sobre un fondo en blanco, no buscan una representación abierta, sino que centran la atención en el todo, que no es otro que lo mínimo.

En ese sentido, no hay novedad al aseverar que el mundo de Burton tiene puntos en común con la literatura fantástica y por eso Krämer explicó a Infobae Cultura: “Ella en su propia vida fue siempre muy ficcional. Las anécdotas que contaba sobre su historia familiar o en la infancia eran bastante irreales y en todas intervenía un animal. Contaba que su padre volaba con gallinas desde el techo de su casa, que su hijo nadaba con cocodrilos, incluso ya viviendo en Buenos Aires aseguró que llegó tarde a una inauguración porque había atropellado a un ciervo. Esas cosas las contaba como algo real, pero hacía de la ficción un modo de vida por esas cosas que había expropiado de la literatura fantástica durante su infancia. Ese es el despliegue de la muestra, que intentó reunir lo más intenso y variado de su obra”.
La puesta se interrumpe en una segunda parte de la exhibición, en la que lo decorativo se desgarra para dejar espacio para retratos en lápiz como lo de la serie De la burguesía, las felinas La casa del tigre y La hora de las visitas o a las piezas Abuelita, ¿dónde está michifuz?, estas últimas nacidas a partir de ver a su abuela ahorcar un gato con una bufanda, dijo en una entrevista.

Estas obras tienen un clímax más intenso, aunque eso no significa que estén más cargadas. La obra de Burton es un punto inclasificable, no es posible realizar paralelismo grupales salvo durante los ’70, cuando integró el Grupo Posfiguración, junto a Norberto Gómez, Diana Dowek, Elsa Soibelman y Alberto Heredia, entre otros-. Fue entonces cuando su producción tomó un cariz más socio político, como en Invasión II, que confronta con la dictadura, pero siempre sin perder su línea, su estilo, por lo que no hay lecturas explícitas, sino la presunción de intenciones cuando se conoce el contexto.
“Yo convivo con lo terrible y con el miedo. Vivo en una casona terrorífica de La Boca. Cuando llega la noche y estoy sola en casa, con todos mis perros, antes de que el sueño me venza siento que entro en la tragedia”, comentó a Radar en 1998. Y esta pequeña pero potente muestra en el Moderno tiene mucho de eso.

*Mildred Burton: Fauna del país. Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Avenida San Juan 350, San Telmo. Lunes, miércoles, jueves y viernes de 11:00 a 19:00. Sábados, domingos y feriados de 11:00 a 20:00. Martes cerrado. Hasta el 22 de junio. Entrada general: $ 50.
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