
Hace 83 años abría las puertas una de las muestras más famosas de la historia: la Exposición de Arte Degenerado (Entartete Kunst). En pleno apogeo de la Alemania nazi, a un par de años de inicio de la Segunda Guerra, el gobierno intentó comenzar una profunda reforma de los valores estéticos de entonces y llevó adelante este encuentro que buscaba mostrar todo lo que estaba mal. Una exposición que exponía a las masas que estos artistas, que este tipo de arte, no representaba sus valores.
Allí estuvieron Max Beckmann, Marc Chagall, Otto Dix, Max Ernst, George Grosz, Vasili Kandinsky, Ernst Ludwig Kirchner, Paúl Klee y Oskar Kokoschka, por nombrar algunos. En total fueron 600 obras entre dibujos, pinturas y esculturas de 112 creadores, entre ellos 6 judíos, las que ocuparon el Instituto Arqueología de Múnich hasta el 30 de noviembre, un lugar con pésima iluminación.
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Las obras fueron colocada con sus precios para exacerbar el espíritu de los visitantes y agrupadas bajo temáticas que reforzaban el rechazo: “Manifestaciones de la religiosidad alemana por la prensa artística judía”, “Reveladores perfiles raciales”, “El trasfondo político de la degenaración artística”, “Idiotas, cretinos y paralíticos” o “La locura más absoluta”. Las piezas fueron colocadas de manera caótica, casi como si fueran parte de una mala casa de antigüedades, abarrotadas, torcidas, y en algunos casos junto a fotografías de personas que sufrían alguna malformación.
“Vemos alrededor de nosotros los engendros de la locura, del descaro, de la incompetencia y la degeneración”, dijo en aquel momento el organizador Adolf Ziegler, entonces el presidente de la cámara de bellas artes de Alemania y artista preferido del dictador Adolf Hitler.
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El día anterior a esta muestra, otra se inauguró en la misma ciudad en la Casa del Arte Alemán, un edificio, construido entre 1933 y 1937 y realizado por Paul Ludwig Troost, que es considerado el primero gran proyecto arquitectónico realizado como propaganda del Tercer Reich.
Allí, luego de algunos cambios, se llevó adelante una puesta que sí respetaba los valores estéticos que se intentan reforzar. Durante la apertura, Adolf Hilter dijo: “Realmente hay quienes ven la forma de nuestro pueblo bajo la de unos pervertidos idiotas, ven los campos azules, el cielo verde, las nubes color amarillo azufre. Así lo sienten, o como ellos dicen, lo viven”.
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“Mis queridos prehistóricos señores tartamudos del lenguaje del arte ¿Qué fabrican ustedes? Lisiados deformes e idiotas, mujeres repugnantes, hombres que parecen más animales que personas, niños que de vivir así deberían ser vistos como maldiciones divinas”.
Tras su cierre en Múnich, luego de que un estimado de dos millones de personas la visitaran, la muestra de Arte Degenerado recorrió durante tres años diferentes ciudades de Alemania. En cada rincón del país se sumaban más y más obras; se considera que un total de 20.000 piezas de 140 artistas fueron retiradas de más de 100 museos y galerías en todo el país.
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En palabras del historiador del arte Peter Gay, se trató del “más perverso rechazo a la pintura modernista que un régimen del siglo XX llegaría a hacer” en un contexto de “antisemitismo y purificación de la sociedad alemana”.
“Las obras de arte que no puedan ser entendidas por sí mismas y necesitan de un pretencioso libro de instrucciones para justificar su existencia nunca más llegarán al pueblo alemán”, dijo el dictador en un discurso reproducido por la BBC.
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Pronto comenzó a trascender la idea de que el arte moderno, con su marcado rescate de temas controversiales, su dura mirada sobre la realidad y sobre la guerra, y su experimentación técnica, era producto de influencias del judaísmo y el bolchevismo, los enemigos preferidos de los nazis.
Muchos de estos artistas ya contaban con prestigio internacional, otros estaban en pleno ascenso. El arte de vanguardia era entonces el más interesante para los coleccionistas y merchantes, fenómeno que comenzó a principios de siglo. Por eso los nazis hicieron caja con muchas de éstas, las vendieron en el mercado internacional. Sin embargo, no todas tuvieron la misma suerte: 1.004 pinturas y 3.825 grabados fueron quemadas en 1939.
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