“Abuelita”, de Rommel Manosalvas, el cuento ganador del Segundo Mundial de Escritura

Este texto —elegido por el jurado conformado por Javier Cercas, Mariana Enriquez y Jonathan Lethem y también por el voto del público— pertenece a un autor ecuatoriano de 27 años, que se impuso entre los 5400 participantes

(Shutterstock)
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Abuelita es una hiena de ojos negros. Duerme en el jardín bajo un aguacatero nacido de una pepa gorda. Abuelita se lame la piel curtida y le aúlla a la luna. Desde mi habitación, en medio de sombras nudosas, la veo tragarse puñados de tierra. Mamá la encadena a los árboles, a los postes, a una varilla embebida en un dado de hormigón, como si fuese una perra. La sujeta con una cadena de eslabones gruesos con la que se envuelve en las tardes calurosas antes de quedarse dormida. Entonces mamá aprovecha para cambiarle el agua. Una vez intenté acercarme y me mordió con tal fuerza que me hizo sangre. Corrimos a urgencias. Me cosieron las brechas abiertas por sus dientes falsos.

«¿Quién le hizo esto a su niño, señora?» «¿Qué clase de animal tiene por madre?»

Mamá me dice que la abuela ha vivido tanto como el aguacatero. Antes, cuando el bochorno golpeaba la casa, se amurallaba ahí; se agazapaba entre las raíces y hablaba con los chanchitos de tierra. Andaba desnuda, despojada de abrigos, sacos de lana basta y enaguas. Se desprendía de todo menos de su bastón, que era su tercera pierna, hasta que comenzó a arrastrarse sobre la hierba amarilla.

Mamá llora y abuelita la llama puta, le escupe, le avienta piedras. Por las noches dejaba su dentadura sobre el lavabo, en un frasco con agua donde flotaban restos de comida, escindidos por la luz naranja de los postes. Había días que me quedaba observando durante horas los dientes de la abuela, pensando en los nenes del laboratorio de biología en sus cunas de formol. Por las mañanas, abuelita merodeaba por los pasillos arrastrando los pies. Respiraba pesadamente tras las puertas cerradas, golpeaba el vinil con la base de su bastón negro. Se calzaba sus dientes sucios para comerse el contenido de la nevera: salchichas, huevos crudos, alitas de pollo sin descongelar. Queso hediondo de tres meses. Se tragaba todo con tal avidez que temía que perdiese el control y comenzara a devorarse las paredes, las mesas y las cortinas.

Un día llegamos a casa y la encontramos masticando una vieja foto del abuelo.

Un día mamá intentó acercarse y le mordió con tal fuerza que le hizo sangre.

Desde entonces vive atada en el patio.

Desde entonces no se saca su dentadura postiza.

«¿Qué puedo hacer?» chilla mamá al teléfono. «Si lo intento me deja sin dedos. La otra vez fueron seis puntos, Amparo. ¡SEIS!»

A ratos espío cómo se arranca mechones de cabello y se los come, desnuda bajo el fresco del aguacatero, con los chanchitos de tierra entre sus piernas. Pareciera que hablara con los chanchitos. Hay días en que tengo ganas de golpear su cabeza con un palo de escoba. Quisiera reventarle los dientes con la puntera de mis botas.

Pobre abuela.

Desde hace un tiempo ya no se mueve tanto. Se la pasa con los insectos sobre camas de tierra negra al pie del aguacatero. Se enreda la cadena de eslabones gruesos en el cuello y quiero que se ahorque, que le queden marcas, como la media luna dentaria que me dejó en la pierna. Cuando se vuelva nada, aún quedarán sus dientes. La miro y sigue ahí, a la sombra del árbol, mascullando obscenidades y tragándose enormes puñados de tierra.

Desde la ventana, se parece cada vez más a un gusano enorme.


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