"Joven decadente", de Ramón Casas

Hola, ahí.

¿Qué es un escritor? ¿Cualquier persona que escribe? ¿Es necesaria una legitimación externa, más allá del deseo personal de escribir? ¿Hay que tener muchos lectores para ser considerado un escritor? ¿Hay un título de escritor? ¿Es escritor todo aquel que publica un libro? ¿Cuándo es posible saber que hay un libro en un texto escrito? ¿Escribir es un arte o un oficio?

Creo que me hago todas estas preguntas -con matices en función de la edad y la experiencia- por lo menos desde los 9 años, cuando arranqué con el primer diario íntimo, que por supuesto aún conservo. Así y todo, lamento decepcionarlos porque nada de esto voy a resolver en esta carta; es más, seguramente pasaré por esta vida formulando estas mismas preguntas que traigo desde la niñez sin llegar nunca a una respuesta exacta. Y es que, entre nosotros, queridos lectores, cada vez creo más firmemente que la respuesta exacta que buscamos no existe.

Después de mucho tiempo trabajando con la lectura y la escritura, me siento cómoda definiéndome como “una periodista que escribe libros”. Siento que hay ahí una descripción ajustada de la realidad, bien lejos de cualquier impostura: llamarme escritora me queda enorme, aunque haya trabajado en ese deseo y esa voluntad toda mi vida. Antes de que con toda la buena onda me respondan cualquier zalamería, advierto que lo mío no es modestia. Hubiera querido ser Edith Wharton; Henry James o Silvina Ocampo, o, más cerca en el tiempo, Zadie Smith, Coetzee, Julian Barnes o María Moreno o Valeria Luiselli, pero no se dio y entonces me quedo muy tranquila en el lugar de lectora que escribe y que divulga aquello que puede abrir nuevas ventanas en mi cabeza y en mi corazón. O en mi estómago. A veces las ventanas son tres y es ahí cuando nace el amor.

Esa misma mirada crítica y autocrítica, junto con el tiempo y el oficio me regalaron algunas destrezas como detectar autores o advertir cuándo hay un posible libro en un texto. (Vieron: he ahí mis talentos, claro que sí).

Por mi trabajo recibo permanentemente correos con propuestas de notas y también con ideas de libros. Siempre me baso en la premisa de que del otro lado hay buena fe y que quien me está enviando su texto puso en él lo mejor de sí mismo. Los años me enseñaron a advertir cuándo detrás de esos correos está la necesidad de hallar una lectura que complete un texto o cuándo se trata simplemente de la ambición de ser publicado, a la manera de un sello de legitimación. Y es que si de algo no tengo dudas es que sin lectura no hay escritura.

No importa que el lector sea uno o sean miles: los textos sólo se completan y adquieren su verdadero sentido en la lectura. Es más, posiblemente la primera pregunta que deberían hacerse los escritores que pretenden ver sus textos publicados es: ¿hay ahí afuera un lector para esto que escribo? (Los editores, ya se sabe, son aquellos que buscan llevarles a los lectores aquello que estaban esperando aún sin saberlo).

El último sábado se llevó a cabo una asamblea online de la que participaron diferentes actores de la cadena de la industria editorial, con el propósito de revitalizar el proyecto de creación del Instituto del libro para que sea tratado en el Congreso nacional.

Se dijeron muchas cosas interesantes y también muchas cosas aburridas y también muchas pavadas, como suele pasar cada vez que hay un encuentro a micrófono abierto. Hubo una conducción impecable de una escritora impecable cuya obra deberían tener en cuenta: se llama Débora Mundani y si la leen, no la olvidan. Yo leí hace muchos años su novela El río y aún conservo fresco el relato de la crecida de ese Paraná y de esa historia de soledad y espera…

Hubo, también, la palabra de otra autora descomunal que se llama Eugenia Almeida, cuya intervención apuntó a la necesidad de que el Estado garantice la diversidad y no solo en el sentido de que podamos comprar libros en cualquier librería sino “que la mirada del mundo de la literatura no sea solo la de los que tienen el tiempo para regalar su trabajo”. Hoy no escribe el que quiere sino el que puede, dijo la escritora cordobesa y es hora de terminar con esa suerte de inequidad, dijo también, o al menos eso escuché. No fue la suya una ponencia dramática, pese al reclamo enfático. Es más, había un sólido optimismo en sus palabras cuando dijo, sobre el final, que “lo imposible solo tarda un poco más”.

Mientras veía tantos rostros conocidos, que a su vez me recordaban tantas lecturas queridas, veía también muchos rostros desconocidos, en algunos casos por impericia personal, pero en otros casos -seré brutal- también porque la autoestima muchas veces se impone a la realidad. ¿Qué es un escritor? ¿Quién es un escritor? Siempre recuerdo la frase esa que dice que una novela es una novela cuando en la tapa del libro, debajo del título, dice “novela”. ¿Acaso ser un escritor es presentarse como un escritor?

”El talento literario no es un fenómeno de masas”. La frase pertenece a la poeta polaca Wislawa Szymborska, quien en la década del 60 durante varios años llevó adelante una suerte de consultorio literario en la revista Vida Literaria. En esa sección se publicaban las respuestas a los textos que eran rechazados, siempre con un tono zumbón e inteligente, siempre también con indicaciones que posiblemente hayan frustrado varias carreras aunque, en otros casos, deben haber iluminado varios caminos. Con sus respuestas los editores buscaban frenar una urgencia inútil y siempre les indicaban a los candidatos a autores que leyeran. Se ve que en Polonia de los 60 ya era común que hubiera largas filas de escritores en formación que no leían lo suficiente. O como me dijo días atrás en una entrevista Ana María Shua: “Cuando empezamos, los escritores creemos que podemos escribir el universo”. Y después nos encontramos con que estaba escrito, o algo así, dijo.

El Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor de la ganadora del Nobel en 1996 fue publicado en español por Nórdica hace un par de años y es un libro imprescindible para todo el que se haga preguntas acerca de las fórmulas de la escritura. (Advierto que no es apto para personas que se autoperciben escritores y son demasiado susceptibles a la ironía o la crítica.)

Van un par de textuales, a la manera de ejemplo.

”La falta de talento literario no es ninguna deshonra, es algo que les sucede a muchas personas inteligentes, ilustradas, nobles y extraordinariamente dotadas en otros campos. Cuando decimos que un texto es malo, no pretendemos ofender a nadie ni quitarle la fe en el sentido de la existencia”

“Para tocar el violín hace falta una preparación especial, para dejar correr la pluma sobre una hoja de papel basta con ir a una escuela normal. La literatura no tiene ningún misterio técnico; en todo caso, ningún misterio que no pueda descifrar un profano con algo de talento (...) Es el oficio menos profesional de todas las actividades artísticas”.

”No todo el que sabe dibujar un gato sentado, una casa con humo saliendo de la chimenea y una cara compuesta por un círculo, dos rayas y dos puntos será en el futuro un gran pintor. De momento tus poemas, querido Marlon, están justo en la fase de esos dibujos”.

La literatura puede estar en esos textos que se proponen literarios pero también pueden aparecer inesperadamente en otro lado. A veces leo más literatura en las redes sociales que en los libros. A veces la leo en las cartas que recibo, que no se proponen ser publicadas aunque a veces terminan haciéndose públicas. Esto sucedió la semana pasada con la carta de una amable lectora de este newsletter que me escribió para hablarme de su relación con los libros y las bibliotecas y me contó la historia de su juventud y de cuando unos amables vecinos de Ramos Mejía le prestaban el piano para que practicara. La historia naturalmente me recordó a la Beth de Mujercitas. Los vecinos eran el escritor Bernardo Verbitsky y Ana, su esposa, ambos padres del periodista Horacio Verbitsky.

María Eugenia lo escribió así:

“Yo empecé a estudiar piano, pero el principal problema era que no teníamos piano en casa. Entonces mamá, con ese empuje materno que busca soluciones donde parece no haberlas, lo que hace aparecer cualquier obstáculo como un detalle menor, le pidió a Ana si me dejaba practicar en su piano. Y Ana dijo que sí, algo que no olvidaré en mi vida, porque prestarle el piano propio a un principiante es absolutamente un sacrificio que amerita el cielo para el dueño del instrumento: escuchar escalas y arpegios mal hechos, con repeticiones y saltos, es espantoso. Amén de escuchar cómo uno rompe notas como si en los dedos tuviera una especie de máquina de cortar pasto fuera de control, que cercena flores y yuyos sin distinción alguna”.

”Entrar en la casa —todavía era una casa de barrio, de una planta, en un barrio tranquilo y arbolado— era hermoso: tenía muchas plantas, una glicina, un banco de plaza que me encantaba y la puerta de entrada estaba como escondida. Ana me recibía y me acompañaba a la sala que también era la biblioteca de Bernardo, donde estaba el piano. Ahora que lo pienso, mientras yo practicaba Bernardo no podía escribir ni leer ahí. Una razón más para mi gratitud eterna.”

María Eugenia escribió una carta y había ahí un relato, una memoria de una familia, una narración amorosa. Como corresponde, reenvié ese mail al hijo de Bernardo y Ana. Aunque su autora no escribió con afán de ver su nombre publicado, la literatura se impuso y Verbitsky publicó el texto en su sitio online, El cohete a la luna.

¿Es María Eugenia una escritora?

Por qué no.

Hace frío y llueve en Buenos Aires pero no todo está perdido: queda mucho mucho por leer.

Hasta la próxima. 

"La lectora", de Renoir


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