Juan Gabriel
Juan Gabriel

“Quiero decirles ahora, que de verdad valió la pena haber nacido en este siglo y en este país por el bello hecho de ser mexicano y de ser Juan Gabriel”

I

En su camerino Juan Gabriel se recobra de la fatiga y disfruta el pasmo circundante, las conversaciones interrumpidas, la atención agudizada. Hoy concluyó su temporada 1986 en El Patio, y ha llegado a felicitarlo María Félix, la Gran Estrella de la época en que las hacían una por una, y María saluda con efusividad al cantante, le extiende ambas mejillas para el beso que se vuelve roce furtivo, se desentiende disciplinadamente del efecto de su presencia y nos informa:

—Este muchacho es un genio. Lo digo y lo repito en todas partes. Y conmigo sólo ha tenido atenciones. Me canta desde que tiene 19 años. Me compuso una canción lindísima, donde me trata como a reina de los cielos. ¡Imagínate!

El aludido, exaltado por el halago del Más Allá, conversa casi en secreto con la Doña y con la cantante Lucha Villa. En el cabaret antaño indispensable, Juan Gabriel, de martes a sábado y durante dos meses, ha establecido un récord, ni un lugar vacío, y con frecuencia el desbordamiento hoy presenciado: gente en las escaleras, riñas por entrar, un cover charge de 25 mil pesos, el lugar utilizado centímetro por centímetro.

—No tiene límites Juan Gabriel conmigo, repite la Doña. Las actrices en el camerino hablan en susurros. Cada una por sí sola provocaría pequeños motines, pero aquí juntas reconocen a las potestades superiores… Ana Martín, Sonia Infante, María Sorté, Silvia Manríquez, son nombres que hablan de telenovelas que organizan la vida familiar, de películas bendecidas con largas colas, de fotos ubicuas en la prensa vespertina. Pero la Félix es desde hace mucho lo que ellas todavía no: una institución de tal modo fijada en la memoria colectiva, que ya no depende de caprichos del reparto, de oscilaciones del gusto, de críticas objetivas o subjetivas sobre el valor de una actuación.

Juan Gabriel atiende a María y le jura que en Ciudad Juárez la contempla todas las noches. Así es, él le compró al doctor Álvarez Amezquita el célebre retrato de María pintado por Diego Rivera, y lo tiene en su casa, al alcance de las plegarias del encantamiento.

—¡Qué lindo eres, Juan! Tú y yo sí nos comprendemos, ¿verdad? Nosotros sí sabemos que la envidia también es un aplausote.

Y el entusiasmo también es una ovación. Esta noche Juan Gabriel cantó durante 3 horas 10 minutos una porción de su repertorio, y la apoteosis se sostuvo de principio a fin. Servilletas, ñores, pañuelos, exclamaciones del canibalismo amatorio (“¡Cántala nomás para mí!”), las canciones entonadas a coro, el agradecimiento del personal de El Patio por una temporada a sala llena, y la palabra genio sostenida de mil maneras.

—Es cosa muy severa tener tu talento, añade María. No quiero instalarte un jardín de flores al oído, pero tú todavía nos debes muchas maravillas.

El aludido la atrae a un rincón y le deposita sus confidencias.

"Escenas de pudor y liviandad" (RHM), de Carlos Monsiváis

II


Un ídolo es un convenio multigeneracional, la respuesta emocional a la falta de preguntas sentimentales, una versión difícilmente perfeccionable de la alegría, el espíritu romántico, la suave o agresiva ruptura de la norma. Sin estos requisitos se puede ser el tema de una publicidad convincente, el talento al servicio de las necesidades de un sector, una ofuscación de la vista o del oído, pero jamás un ídolo.

En forma súbita, en las conversaciones accidentales y en las discusiones, un nombre empieza a oírse con énfasis, con reconocimiento, con el alboroto ante lo muy singular. Al percibir el rumor apreciativo, los dueños del espectáculo rodean al actor, a la cantante o al compositor (para ellos el producto) de campañas monumentales, lo mitifican (es decir, lo convierten en industria), estudian con detalle la promoción —en demasía, asfixia: si es escasa, ahoga— y el tumulto del deseo ciñe al ídolo que, por unos años al menos, ya nunca estará solo, en su recámara hay un estadio con todo y vendedores de cervezas, en el baño instalaron asientos extras, en el refrigerador invernan los cazautógrafos.

En la sociedad de consumo, el Ídolo (la mayúscula, certificado de licitud) es quien retiene el Falso Amor de las multitudes más allá de lo previsible, más allá de los seis meses de un hit, de los dos años de la promoción exhaustiva, de los cinco años del impulso que no termina de desgastarse.


El Falso Amor —explica George S. Trow— es la Estética del Éxito, que se engendra en el trato familiar. Lo que es amado es un éxito. Lo que es un éxito es amado. ¿Qué es lo más poderoso en el mundo? El amor de millones de seres. ¡Es un Éxito! ¡Lo amamos! ¡Y el Éxito te ama porque tú lo amas porque es un Éxito! […]


Y el Ídolo, que lo es desde el principio porque de otro modo no lo amaríamos, no conoce los descensos súbitos de la popularidad, las telenovelas de bajo rating, los discos que apenas se venden, la sorpresa de quien al cabo de una vida de tratarlo se entera de repente de su condición de artista. No, el ídolo es lo opuesto al Prospecto, al que pudo haber sido y no fue, aquel cuyo destino se evaporó entre una grabación y otra, entre una sonrisa inerte y el aire incrédulo de quien descuidó su training y se asoma de golpe a la desdicha, el descenso lento, el tercer crédito en el programa, el último crédito en la fotonovela.

(Grosby)
(Grosby)

III


Había una vez una ciudad llamada Juárez en la frontera de México con Estados Unidos. Allí vivía un adolescente solitario, ajeno a la política y a la cultura, aficionado irredento de las cantantes de ranchero, de Lola Beltrán y Lucha Villa y Amalia Mendoza la Tariácuri… y ese joven, furiosamente provinciano (cosmopolita de trasmano, nacionalista del puro sentimiento) creaba por su cuenta una realidad musical nomás suya, la síntesis de todas sus predilecciones que no existía en lado alguno, y para su empresa disponía de la memoria (en donde resguardaba las melodías que no podía llevar al papel pautado), del ánimo prolífico, de una guitarra, de muchos sueños y de la casualidad de que en el país decenas de miles intentaban lo mismo: componer para hacerse famosos, componer no por hacer arte sino con tal de representar sentimientos y situaciones (enamorarse, desenamorarse, frustrarse, narrarle a todos el dolor de no poder contarle a nadie el sufrimiento, desahogar el rencor, aceptar que todo acabó y todo empieza).

Él y miles como él urdían canción tras canción para largarse del cuartito con la familia idiotamente junta, y evadirse del trabajo monótono y de la colonia en el culo del mundo. Y al adolescente de Juárez, que responde al nombre de Alberto Aguilera Valadez, su inspiración le llevaba a diario melodías que silbaba, con letras adjuntas, y él las cantaba en un lugar llamado Noa-Noa, y lo que hacía agradaba, pero él no se resignaba a la modestia de la periferia, y se dirigió a la capital monstruosa, a pasarla mal como un trámite en el camino de la superación. Si no supiésemos del happy end sería triste lo que sigue: hambres, malos tratos del egoísmo urbano, noches sin sitio para dormir, una temporada en prisión porque un malvado lo acusó del robo de una guitarra, días y semanas aguardando en las afueras de las grabadoras, sin que siquiera las secretarias lo saluden.

Y la luz al final del túnel: un ser humano excepcional, la cantante de ranchero Enriqueta Jiménez La Prieta Linda, lo recibe en su casa, le graba los frutos de su inspiración, y le insiste a los directivos de su compañía: “Tienen que contratarlo. No se arrepentirán”. Ya entrado en los gastos de la metamorfosis, Alberto padece un segundo bautismo. Ahora será, con resonancias arcangélicas, Juan Gabriel así como se oye, según conviene en la época donde los apellidos no interesan porque el impulso demográfico taló todos los árboles genealógicos. En 1971, el debut profesional: Juan Gabriel es tímido y protegible, es vulnerable y expresivo, y sus primeras composiciones celebran a una juventud alegre, intrascendente y levemente anacrónica, cuya limitación esencial es cortesía de la realidad.


No tengo dinero, ni nada que dar.

Lo único que tengo es amor para amar.

Si así tú me quieres, te puedo querer

pero si no puedes, ni modo qué hacer.


De inmediato las quinceañeras lo adoptan y lo adoran, si el verbo adorar describe de manera adecuada la compra de discos, no se ha dado cuenta que me gusta, no se ha dado cuenta que la amo, los canturreos que ocupan semanas enteras, los telefonazos a las estaciones de radio, los suspiros ante la sola mención del nombre, la formación de clubes de fans… Y la lucha moral contra la intolerancia de padres y madres y novios: ¿Pero cómo puede gustarte ese tipo…? Muy mis gustos…

Y sí, hay razones del gusto que se esparcen, las chavas persuaden a sus novios, a las madres se les desarrollan hábitos que muy pronto dejan de ser clandestinos, y el inflexible paterfamilias se descubre una mañana tarareando: En esta primavera / será tu regalo un ramo de rosas / Te llevaré a la playa, te besaré en el mar / y muchas otras cosas. La prensa informa del fenómeno de letras reiterativas y pegajosas y melodías prensiles, y reconoce un filón: el compositor más famoso de México es un joven amanerado a quien se le atribuyen indecibles escándalos, y a cuya fama coadyuvan poderosamente chistes y mofas.

¡Ay si tú! Y Juan Gabriel ocupa la primera página de los periódicos amarillistas, en fotos sensacionalistas, digamos en traje de baño en la playa de La Condesa en Acapulco. ¡Ay si tú!, y los cómicos se benefician en sus rutinas: “Un día iba caminando Juan Gabriel con su perrito y se encontró a un marinero…”. ¡Ay si tú! Y la mamá, afligida por los modales de su hijo le cuenta a su hermana: “Ay, ay, ¿no me irá a salir como Juan Gabriel?” ¡Ay si tú! Las aportaciones del morbo afianzan la singularidad, y Juan Gabriel se instala, sin declaraciones ingeniosas o audaces, sin concederle atención a bromas y rumores, sin el apoyo mitológico de la Bohemia o de la Parranda o del Culto a la Autodestrucción. Él es un ídolo Real que desplaza fantasías producidas en serie.

(Grosby)
(Grosby)

IV


A Juan Gabriel nada le ha sido fácil, salvo el éxito. En 1971, el primer año de su vida profesional, el auge del rock liquidaba al parecer las esperanzas postreras de la canción romántica. El rock es el idioma juvenil por excelencia, el acompañamiento más adecuado para el deseo de huir del subdesarrollo. Si quieres ser verdaderamente moderno (digno del espejo donde tus padres y tus abuelos ya no se reflejan aunque se lo propongan), no oigas tonterías que entiendes pero ya no sientes, mejor adáptate a lo que muy probablemente no entiendes pero que sientes cada segundo.

Los jóvenes talentosos se afanaban en nacionalizar el rock, en aprender del jazz y del blues, en verter el impulso juvenil en letras que fueran manifiestos, en añadirle a la música la dinámica corporal… Este acelere de la cultura juvenil no inmutó a Juan Gabriel, aislado por la miseria y por la provincia. Su experiencia era otra, más pausada y encadenada a la realidad, y él la sabía compartida por millones. Es falso que se pueda prescindir de la letra. La gente necesita enterarse de lo que canta, porque sigue enamorándose y sigue tronando, y sin frases que delaten el ánimo real o ideal, ni el amor ni los fracasos se viven con holgura. Y una línea afortunada es un mundo abierto. Canta Angélica María:


Porque el que amo

contigo tiene un parecido.

Pero es distinto el sentimiento,

porque él es bueno

y tú sigues siendo el mismo.


Durante un tiempo no se le hace mucho caso a Juan Gabriel. Lo suyo es el territorio de los mercados de discos, de las estaciones radiofónicas que a sus oyentes no les regalan status sino quejas de los vecinos y recados de novias y novios, de las loncherías y bares llamados Mi Ranchito o Los Abedules, de los bailes con tocadiscos prestados y pésimo equipo de sonido, de las sensaciones al margen del prestigio. “Fíjate en lo vulgar de estas melodías, en la madriza a la sintaxis de estas letras. ¡Qué horror!” En su programa del Juicio Final del acetato, el locutor Jorge Saldaña rompe los discos de Juan Gabriel. Al comentarlo, los editorialistas se interrogan sobre la salud mental de la juventud, y los intelectuales, al preguntárseles sobre el compositor responden de inmediato: “Es basura”. Pero las canciones cunden en disquerías, rancherías y loncherías, algunas se desvanecen con rapidez, y otras se convierten en standards que los muy modernos admiran entre pretextos y sigilo. Deseoso de variar, Juan Gabriel recorre todos los géneros e incursiona en la canción ranchera (tal y como la definió en la práctica Alfredo Jiménez: mariachis, desolación, regaño al ser ingrato, poesía popular y atmósferas cerveceras), y surge “Se me olvidó otra vez”:


Probablemente ya

de mí te has olvidado.

Y mientras tanto yo

te seguiré esperando.

No me he querido ir

para ver si algún día,

que tú quieras volver

me encuentres todavía.

Por eso aún estoy

en el lugar de siempre,

en la misma ciudad y con la misma gente,

para que tú al volver

no encuentres nada extraño,

y sea como ayer

y nunca más dejarnos.

Probablemente estoy

pidiendo demasiado.

Se me olvidó otra vez

que habíamos terminado.

Que nunca volverás, que nunca me quisiste.

Se me olvidó otra vez que sólo yo te quise.


Ya no únicamente las jovencitas memorizan a Juan Gabriel. Los tiempos cambian y el machismo se adapta. A principios de 1977, en la inaudita entrevista de prensa al ser nombrado embajador de España, el ex presidente Gustavo Díaz Ordaz declara: “Aquí me tienen, como dicen ahora, en la misma ciudad y con la misma gente”. ¡Santo Pedro Armendáriz! ¡El hombre del 68 cita a Juan Gabriel! ¿A dónde iremos a parar, Seño Eduviges?

Mayo de 1981. Siempre en Domingo, la serie culminante de la televisión latinoamericana, dedica un homenaje a la primera década de vida profesional de Juan Gabriel. El festejado, con el tono lánguido que todo lo desdramatiza, despliega su vía crucis ante la reportera Patty Chapoy: “Mi papá… parece ser, me platicaba mi mamá, que se había vuelto loco y se fue de la casa, desapareció, se mató, lo mató un tren y mis hermanos lo buscaron hasta que se cansaron de andar dando vueltas”. De la miseria a la cúspide: el hijo de un enfermo mental es uno de los reyes de México:


Nosotros somos de Michoacán, pero mi mamá empezó a trabajar con una señora. Se fue a Juárez de sirvienta […] De mi infancia yo no me acuerdo. Estuve internado en la Casa del Refugio de los tres a los cuatro años, y a los cinco años en la Casa del Mejoramiento Social […] Me internaron porque era muy vago, era completamente insoportable […] Soy el más chico de mis hermanos.


Al tanto de un hecho (el único e intransmitible secreto es el del éxito), Juan Gabriel no escatima detalle, y evoca golosamente los oprobios de infancia, la penosa trayectoria, las horas anteriores al triunfo avasallador. Quien no la hace, no tiene biografía; dispone, si acaso, de materia prima para la telenovela que nadie se interesa en producir.

Juan Gabriel persiste en su relato dickensiano:


Mi madre me engañó. Cuando vio que yo era incorregible, que le pegaba a los otros niños, que a ella misma la dejaba encerrada, se decidió. Me dijo que me llevaba a un internado de monjas. Yo sufría mucho por la soledad, cualquier niño quiere estar con su mamá […] Pero ella me dijo: “No me queda otra cosa más que internarte”. Les dijo a mis hermanos: “Si ustedes quieren hacerse cargo de él, vayan y sáquenlo pero yo no puedo”. El conductor del programa, Raúl Velasco, interviene y señala cómo la ciencia moderna demuestra que los padres deben tratar bien a sus hijos. Y suaviza su reflexión indicando el tránsito de Juan Gabriel de la amargura al contentamiento. Luego prosigue el relato del Oliver Twist mexicano:

Me sentía triste de estar solo pero me fui acostumbrando. (A todo se acostumbra uno menos a no comer.) En el internado había una hojalatería y allí conocí a Juanito, el encargado, que era sordito y él me enseñó a hacer muchas cosas de lámina. Él tenía una banda en Zacatecas, y tocaba el piano y el violín. Tenía un piano con las teclas dibujadas […] Sí, creo que yo buscaba el cariño y el cariño que he recibido siempre ha sido de gente grande. Cuando tenía yo seis años, Juanito me dijo: Tú eres muy inteligente, y cuando te dicen por primera vez que eres inteligente, tratas de demostrártelo. Yo tenía una sed de aprender, de saber cosas […] Cuando tenía ocho años, me fijaba en los que tenían trece. Ahora, a mí no me afectó lo del internado, con todo lo que pasó y a pesar de que allí me dejaron, quiero mucho a mi mamá.


Ahora viene la parte más conocida de la historia, y uno proyecta en su videocasetera mental la película (la haya visto o no)… Ciudad Juárez le queda chico al adolescente llamado Alberto, que vivía de lavar carros, según se acostumbra en la frontera, y ayudaba en restaurantes limpiando trastes y sirviendo mesas, y Alberto deja su pueblo adorado, no sin su itacate de filosofía vital. “Me gustaba mucho fijarme en la gente grande y aprendí bastante.” Raúl Velasco agrega: “Hemos oído la conmovedora historia de Juan Gabriel” y señala su falta de imagen paterna y cómo tal carencia se volvió acicate, la abundancia viene si los humanos transformamos positivamente nuestra experiencia: “Juan Gabriel se ha forjado en el crisol del dolor”.

Carlos Monsiváis (Foto: Cuartoscuro)
Carlos Monsiváis (Foto: Cuartoscuro)

VI


El segundo programa especial de Siempre en Domingo dedicado a Juan Gabriel, a quien Patty Chapoy entrevista en el jardín de su casa de Ciudad Juárez.

—Cuando yo era chiquillo, decía: “Esta casa la voy a comprar y de aquí me van a sacar muerto”.

Hay que acercarse a la entraña del ídolo, a sus predilecciones profundas:

—Lo que más me gusta son los muebles… El francés es bueno, bonito, fino. Me gusta mucho lo fino. Trabajé como un año en Parácuaro. Tenía 13 años, después de que salí del internado. Aprendí a sembrar. En el estado más bello de la República, ¿y por qué no?, del mundo entero. Cuando volví a Parácuaro lo que más me gustó fue sembrar, andar a caballo.

La tarea del promotor de ídolos es sencilla: mostrar al ídolo en momentos banales, a él sólo lo separa de los demás su genio, su fama, y su cuenta bancaria. Pero baila tan mal y tan frenético como todos, come raspados, es sencillo, va al supermercado, ofrece refrescos. Un niño le da grasa y él le da grasa a un niño. Y su voz reafirma el mensaje: La gente es más sencilla y más sincera / Aquí todo es diferente en la frontera.

¿A quién le importa que Juan Gabriel declare a la bugambilia su flor preferida, o afirme que “se va a ver divino” el kiosko en su jardín, o se incline por la combinación de “antiguo y conservador”, ya que le “gusta mucho lo íntimo”?

¿A quién le apasiona que juegue billar, barajas o la lotería, a las maquinitas y al dominó, vea televisión, duerma hasta muy tarde, y siga “dormido y dormido”? ¿A quién le interesan las pasiones gastronómicas del ídolo?: “Es muy mala la carne roja. Como pollo, pescado, frutas, verduras, pepino, limón, jícama, el mango verde… Ay, te lo juro que son divinos los mangos verdes. No como nada de latas. Me gusta mucho la comida natural”. ¿A quién le concierne, en el horario de lujo del canal 2, la sabiduría de quien declara: “No me gusta enfermarme porque se siente uno muy mal”? Según los ratings, a la mayoría le importa, le interesa, le apasiona y le concierne todo lo relativo a Juan Gabriel.

La cámara hace las veces de la curiosidad de un país, absorto en los movimientos de un cantante que, recién levantado, cocina y se desayuna. Patty Chapoy le solicita: “Descríbenos un día”. Y seguro del sano morbo que él provoca, el ídolo responde: “Me levanto tarde. Oigo música. Me baño, me aseo. Me baño en regadera. (La cámara lo toma enjabonándose.) Si hace falta voy al súper. Cuando me voy a comer un chocolate, no como nada en todo el día. Engordo con facilidad. He pesado hasta 71 kilos”.

Aceptamos la banalidad. Es el imperio de los sentidos de los medios masivos, y al ser tan inocua como la ausencia de alternativas, lo obliga a uno a interesarse sólo en hechos fundamentales, por ejemplo, la incapacidad del ídolo de ocuparse en temas ajenos al triunfo: “No tengo tiempo de leer. Parece muy tonto lo que voy a decir. Leer me parece muy aburrido, pienso en otras cosas. No me concentro. Hasta el día de hoy nunca he leído un libro”. ¿Por qué escandalizarse ante esta feliz ignorancia? Muy probablemente un ídolo sólo puede ser así, necesita declarar cada tres meses: “Siempre he vivido solo. Nunca he vivido con nadie. Me gusta vivir solo”. La cámara exhibe al ídolo trepando a su auto deportivo, la camiseta dice “Te quiero mucho, Juárez”, y ya se propagandizó lo suficiente el triunfo económico, el amor al terruño, el desparpajo, el talento inagotable, el aislamiento del triunfador.

Juan Gabriel murió en agosto de 2016 (Foto: Instagram @soyjuangabriel)
Juan Gabriel murió en agosto de 2016 (Foto: Instagram @soyjuangabriel)

VII


El ritual sin ritual


Julio de 1982. En el frigorífico llamado Auditorio Nacional, un público congelado le aplaude al Compositor de Moda, el representante del sentimiento que-le-queda-bien-a-esta-época, sencillito, cariñoso, querendón, de vocabulario reducido, de ritmos variadísimos y emoción resucitada cada tres minutos.

El Vencedor Inequívoco es generoso: “A todos los que tienen bellos sueños… deseo de todo corazón que les vaya mejor que a mí”. La religión de la sinceridad es propia de la temporada de verano, ser sincero es no tener ni qué ocultar ni qué revelar. Corazón, amor, querer, olvido, divino, soledad. Unos cuantos vocablos forjan el mundo. ¿Quién requiere de más palabras para deshilar y rehacer los impulsos y la realidad? Ahora Juan Gabriel desea deveritas que nos vaya mejor que a él, aunque sepa que eso es difícil, él es su propio cortejo triunfal, el promovido por el pueblo y por Televisa, que dice:

“Quiero decirles que de verdad valió la pena haber nacido en este siglo y en este país, por el bello hecho de ser mexicano y de ser Juan Gabriel… Y les ofrezco la canción que me ha abierto las puertas de muchos países y de muchos corazones”.

En el alucine, la chava se da por enterada: está viendo a Juan Gabriel y oyendo a Juan Gabriel, al mismo tiempo, sin necesidad de la tele, y algo le afecta tal coincidencia. Por un momento, se olvida hasta de su propósito, y sólo poco a poco lo recuerda, ¡ah, sí!, vino a decirle que ahorita te digo mi amor, que se me hace que ya te dijeron lo que te iba a decir, ¿a poco no? ¿En serio? Por eso mejor no te lo digo. ¿No te lo habían dicho? Pues como te iba diciendo, orita te lo digo, ¿no?… y eleva su instamatic para tomar una buena foto del ídolo entre rosas, y muchos hacen lo mismo, no preservando lo inolvidable, sino ahorrándose la selección de sus propios recuerdos, siempre tan borrosos, que la cámara nos dispense de trámites evocativos y fije a nombre de nuestra memoria al Vaquero de Chamarra Negra y camiseta roja.

Lloviendo está… Muchos levantan sus grabadoras y capturan los sonidos de la orquesta (siete músicos), mientras el coro (7 chavos, 6 chavas), se balancea de manera que sólo un observador descuidado calificaría de cadenciosa, exhibe sus chamarras blancas y sus camisas y pantalones negros extraídos de un comercial deportivo, y presenta al ídolo: “Es su vida, muy su vida, es Juan Gabriel”.

—Gracias, estoy muy orgulloso de trabajar para la mejor gente de mi país que son todos ustedes… Quiero aprovechar para que me regalen una sonrisa y el mejor de sus aplausos… La gente es muy especial, es un amor.

El compositor Juan Gabriel no cree en la durabilidad del cantante Juan Gabriel. Él fuerza la garganta, trata sin piedad a sus cuerdas vocales, azuza el alma a fuerza de decibeles, su fuerza es la emotividad con ganas, no la imagen juvenil al día. Él no emblematiza ese júbilo de rendir al universo a golpes de perfil que le da su tono único a las parties en colonias residenciales. Pese a sus frases en inglés y su desenfado, el de Juan Gabriel no es un comportamiento que remita a clases de karate, yates, bronceado californiano genuino, hábito de computadora y demás. Según el código prevaleciente, Juan

Gabriel es y no es joven, y ultradinámico; es algo distinto, ligado a la vitalidad para sobrevivir a las muchedumbres en la calle y en la habitación, y al flujo migratorio que moderniza a pausas a los indocumentados.

En beneficio del ánimo familiar, el ídolo insinúa movimientos de Elvis o Mick Jagger y los complementa con rutinas de Eulalio González el Piporro o Cornelio Reyna. Su confianza es inamovible: todos lo conocen, y aplausos y silbidos son parte de la docilidad casi instintiva que sigue y memoriza sus éxitos (que lo son antes de serlo, y lo son por ser suyos), porque él ha formado a tal punto ese gusto, que si no lo alimenta el gusto tiende a desvanecerse. El ídolo no es un pretexto, pero el alborozo al oírlo, el múltiple inacabable gemido de alegría es satisfacción ajena a causas y contextos y, por eso, enamorarse hoy en día en función de las canciones es canjear la credulidad amorosa por la impunidad emocional. O algo así.

Una chava exhibe un rostro catatónico. Otra se ruboriza cuando se prenden las luces para el coro unánime.

—Vamos a cantar “Siempre en mi mente” todos juntos, si tienen ganas.

Curiosamente, nadie ignora la letra. Tú, tú, tú, siempre en mi mente… Para distraer mis afanes de abandonado cronológico, observo a Juan Gabriel revolotear en torno al detalle escenográfico: la mesita con un florero y una rosa.

—Así me gusta ver la alegría de un país.

A la salida, las jovencitas se apiñan en torno al que vende calendarios o fotos. Juan Gabriel es su novio ideal, o algo más, el amigo inaccesible, el novio inalcanzable. Él es lo que jamás obtendrán, y por lo mismo, el ideal que se nulifica con la admiración excesiva.

Año 1989 (Grosby Group)
Año 1989 (Grosby Group)

VIII


Cepo para nutrias: tres chavos conversan en el intermedio del concierto de Juan Gabriel


—El año que viene no salgo de México porque voy a hacer mi

servicio militar.

—¿Por qué no pagas y te evitas hacerlo?

—No, yo sí lo quiero hacer derecho.

—¿Para qué? En mi familia ninguno lo ha hecho… Ni mi papá, ni mi tío, ni mis primos. No sé si había servicio militar cuando mi abuelo. Entonces a lo mejor los mandaban derechito a la guerra.

—Ah, si ninguno de tu familia lo ha hecho entonces tú eres igual.

—¿Qué edad tienes?

—15.

—Ah, entonces ya no vas a hacer el servicio. Leí en el periódico que a los de esos años ya no les toca.

—De cualquier modo, ya viene la Tercera Guerra.

—Será la última, ora sí, porque los pocos que quedan, van

a estar muy cansados.

—Yo me salgo de México para que no me alcance un cohete soviético.

—Adonde vayas te alcanza.

—No, ya lo tengo todo planeado. Me iré a lo más alto de la Sierra Madre Occidental. Allí no te llegan las radiaciones.

—De cualquier modo no te escapas.

—No, allí no, por su ecología. Lo leí en una revista.

—¿Y para qué quieres ser el único vivo? Yo mejor en un caso así, me salgo para morir y no estarme unos años todo solo y apenado de ser el sobreviviente.

(FOTO: INSTAGRAM)
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IX


En 1922, en Campanas de la tarde, Francisco González León describe así al interior de México:


Los mismos sitios

y las mismas calles,

“Días como tirados a cordel”,

tan lisos y tan sin detalles.

Cual el tic-tac de un reloj,

isócrona la vida

y monótono el latir del corazón.


Those were the days. Ahora esos sitios y calles combinan intensidad y aburrimiento, crecimiento desaforado y ausencia de estímulos, modernidad epidérmica y tradiciones que languidecen, emigraciones incesantes y utopías del sedentarismo. Producto de este cambio, Juan Gabriel conoce a fondo las operaciones psicológicas de todo aquello que sin ser la capital, ha dejado de reconocerse en la definición clásica de Provincia. La industrialización alcanzó y liquidó al terruño, modificó los usos de los tiempos muertos, sembró de antenas la patria chica, inició la tolerancia al conjuro de la explosión demográfica (desde la sacristía ya no se observan con claridad los enredos en los multifamiliares), y —algo muy importante— diversificó el tedio. Aún late con monotonía el corazón (persiste la ausencia de alternativas), pero un inmenso popurrí de sensaciones ha reemplazado a la vida isócrona.

En provincia, y en los sitios de la capital infestados de ánimo provinciano, es importantísima la función de la música comercial mexicana, que rectifica cualquier idea triunfalista sobre lo in y lo out, y compensa a través de sus novedades la falta de novedad genuina. Estas melodías en serie, estas letras que bien podría haber escrito el oyente, son antídotos simultáneos contra lo muy reciente y lo anacrónico, y en las ciudades de un millón de habitantes, o de cien mil, niegan la presunción minoritaria: sólo hay una moda y lo anterior es polvo. Pues fíjense que no, aquí nada desaparece del todo, nunca se pierden de vista el danzón y el bolero, y se compran los discos viejitos o se atiende a las telenovelas, con el cuidado devocional que antes usaban las élites para ir al teatro.

Juan Gabriel es representante típico y fruto singular de esta nueva cultura provinciana, y con él culmina lo ya capitalizado por los conjuntos tropicales: la renovación de los gustos sobre el telón de fondo de lo aparentemente igual. Él no se dejó intimidar por la vanguardia, o por los fantasmas de la sintaxis, y ha confiado en las musas, como en los buenos tiempos, pero en algo ha cedido a la época, y ha manufacturado su inspiración, la ha protegido de la voracidad de las grabadoras, la ha distribuido entre los cantantes debidos, la ha forzado para casi cubrir simultáneamente todos los repertorios. El ídolo es una industria muy vasta y una subcultura a su manera, que afianza el sentido del espectáculo de esa provincia cuyo sentimentalismo es el nuevo Pozo de la Mexicanidad. Y en Monclova, Zamora o Tapachula, cafés y bares presentan a jóvenes imitadores con nombres que son plegarias del éxito por reflejo: La Sombra de Juan Gabriel, La Voz Gemela de Juan Gabriel, El Otro Yo de Juan Gabriel. Estos sosias son exactos en su reproducción, se desgañitan con el mismo ímpetu; presumen de su cercanía con la casa matriz, y reciben su cuota de chistes sexistas y de público complacido. Te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme.

El hilo conductor en el auge de Juan Gabriel es su voz, alejada de cualquier técnica de los cantantes profesionales, y a tal punto identificada con el material, que si interesan las canciones, interesa esa voz, y si se acepta esa voz, el oído se rinde ante las canciones. Una vez más el ídolo conduce al límite lo ya iniciado. Daniel Santos y los cantantes de la Sonora Matancera edificaron casa aparte de la trepidante solemnidad de barítonos y tenores, y Agustín Lara, José Alfredo Jiménez y Armando Manzanero han probado que el compositor de fama no es buen o mal intérprete de sus canciones: es único. (Así se oyó la pieza el día de su nacimiento.) Pero la voz de Lara apenas vendió discos, José Alfredo y Manzanero un poco más, y el Arrabal de Daniel Santos, María Luisa Landín y Bienvenido Granda es exactamente lo que se ve: cuartuchos con vírgenes auspiciadas por veladoras, bares usados por los solitarios para musitar el desengaño, cabarets en donde se cuela la tragedia aprovechando los descansos de la orquesta, calles que resplandecen en la madrugada, prisiones del alma y de la Comandancia.

En cambio, la Provincia evocada y convocada por Juan Gabriel no es ubicable, va del bar a las tres de la mañana a la fiesta de quinceaños, de Nogales a Ciudad Neza, del travesti al diputado, de la lonchería al radio de transistores que acompaña a las prostitutas. Y la fama de Juan Gabriel se acrecienta con la voz: fiado tan sólo a sus intérpretes, sin el sonido que taladra y persuade, el ídolo nunca habría sido una versión confiable del México de masas.

Juan Gabriel y Laura Salas formaron una familia lejos de la mirada pública (Foto: Especial)
Juan Gabriel y Laura Salas formaron una familia lejos de la mirada pública (Foto: Especial)


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Para ampliar el público, Juan Gabriel se concentra en la canción ranchera, ya desde José Alfredo no la evocación campirana, sino la mexicanidad embotellada, la tempestad en vaso de tequila, el compendio en tres minutos de las emociones de la parranda, del machismo humillador, del machismo vencido. Juan Gabriel mezcla la herencia de José Alfredo y el repertorio de conjuntos norteños como los Alegres de Terán, y produce en serie polkas, redovas, rancheras. Las sinfonolas sobrevivientes se atestan, los mariachis enriquecen su repertorio, y los traileros sostienen su insomnio gracias a las capitulaciones y recapitulaciones que interpretan Lola Beltrán, Lucha Villa, Lupita D’Alessio, Rocío Dúrcal, La Prieta Linda, Beatriz Adriana. Fue un placer conocerte / y tenerte unos meses / aunque esos meses fueron / el principio y el fin, y en 1978 todos entonan “Juro que nunca volveré”:


Podría volver,

pero no vuelvo por orgullo simplemente.

Si te juré nunca volver debes creerme

que cumpliré, y mi promesa es no volver.


Estadios y palenques colmados, tumultos en Fresnillo o en Los Ángeles, clubes de admiradoras, motines alrededor del camerino, viajes a España. Juan Gabriel se desmesura, y en 1981 publica a plana entera en El Heraldo, el poema “Supérate”, dedicado a la conciencia juvenil:


No vivas por vivir porque es muy triste,

pues eso realmente no es vivir.

Quien nada sabe, es nada y sólo existe

y vale lo que vale su existir.

Tú pídele a Dios que te ilumine,

a ese Dios que siempre está contigo.

No creas en el Dios que inventó el hombre

para tener al hombre a su dominio.


Los versos transmiten la experiencia de un nacido-para-ganar: esfuérzate y serás como yo: Mas tú debes seguir siempre adelante / Naciste en el más bello país. La vida es asunto de la voluntad, del ansia de llegar, burlándose del destino, de un Dios que imita mal al verdadero. El ídolo comparte su sabiduría vital:


Demuéstrale a tus padres ese orgullo

de haber nacido de ellos por amor,

y vivirán felices y orgullosos

de haber traído al mundo un triunfador.

Cuando eras tú un espermatozoide

llegar a la matriz tu meta fue.

Cuán grande tú serás pues lo lograste,

lo cual quiere decir que eres un rey.


La Embriaguez de la Gloria: en 1983 Juan Gabriel revela su lado político, confiesa su predilección por el Partido Acción Nacional y, al nombrársele en la ciudad de Brownsville Mister Amigo, se pronuncia por la integración de México con Estados Unidos. A las declaraciones suceden críticas inclementes y Juan Gabriel, alarmado por las acusaciones de “traición a la patria”, asegura no haber dicho jamás algo semejante (“Me malinterpretaron. Yo quiero mucho a mi país”), y durante un tiempo grita 20 o 30 veces “¡Viva México!” por actuación. Sin necesidad de lo anterior, muchos periodistas lo persiguen, lo vuelven motivo de choteo y de superioridad moral instantánea. Juan Gabriel es el pocho, el Tránsfuga de Nuestros Valores al que se le puede llamar simplemente “Juanga”, el recipiente de la homofobia.

Para eso a ella le falta / lo que yo tengo de más. El público no se da por enterado de las diatribas, se decepciona con las películas supuestamente basadas en la vida del ídolo (El Noa Noa, Del otro lado del puente), adquiere los discos, y conduce a la apoteosis a la canción “Querida”, en algo o en mucho vinculada a la épica de las vastas extensiones reducidas a diario por la demografía. Queriiida, el inicio es dulce, la voz asciende y se enardece y es como si de golpe se disolvieran fronteras rígidas entre lo que una sociedad admite y festeja, y rechaza y condena. Dime cuándo tú, dime cuándo tú, / vas a volver…, y se ha viajado mucho desde las acrobacias vocales de Jorge Negrete, y los desplantes mariacheros de Javier Solís.

(AP)
(AP)


XI


Ciudad Juárez, septiembre de 1986. La plaza de toros a lo que da, y Juan Gabriel entre los suyos. “Estoy feliz de hallarme entre ustedes”. El de ahora es otro desagravio implícito, uno más de la serie iniciada hace un año, con motivo de la publicación de un libelo doblemente sórdido, Juan Gabriel y yo, obra de la perfecta vileza de un Joaquín Muñoz, “secretario” del ídolo, que divulga anécdotas “íntimas” o imágenes “comprometedoras”. Como nunca, se desprecian las leyes en materia de respeto a la vida privada, y la prensa amarillista se extasía y publica algunas fotos hasta el hartazgo.

En el encono contra Juan Gabriel actúa el odio a lo distinto, a lo prohibido por la ética judeo-cristiana, pero también se manifiesta el rencor por el éxito de quien, en otra generación, bajo otra moral social, hubiese sido un paria, un invisible socialmente. “¿Cómo se atreve a atreverse?” Toda proporción guardada, el caso de Juan Gabriel es semejante al del escritor Salvador Novo. A los dos, una sociedad los eligió para encumbrarlos a través del linchamiento verbal y la admiración. Las víctimas consagradas. Los marginados en el centro. Ante el acoso, Novo se defendió con el uso magistral de la ironía y la creación del ubicuo personaje irónico también llamado Salvador Novo; Juan Gabriel con el sentimentalismo de doble filo y la fabricación de un gusto popular.

En el momento del escándalo, muchos se apresuran y dan por liquidado al ídolo, ya no más ejemplo televisivo, ni modelo a seguir. Pero resulta que lo único verdaderamente no admisible es el fracaso, y saciado el morbo, el público todavía está allí, en el palenque, en la compra de discos, en las demandas radiofónicas, en la plaza llena en Ciudad Juárez, que irritará a los censores. Si en la atención va incorporado el orgullo local, lo fundamental es que esas canciones sí llegan, sí afectan, son asunto vital y cotidiano, no de amor o economía, sino de enamoramiento desde la falta de recursos, que no es lo mismo. Ahora Juan Gabriel cautiva o conquista el escenario, varía de ritmos y de sentimientos, elogia pasiones contrariadas y satisfechas, y no disimula su entusiasmo por ser él mismo, el niño del orfelinato, el adolescente que soñaba la celebridad junto a los discos, el joven que no aprendió a escribir música y retenía para mejor oportunidad el tumulto de melodías y letras que iba urdiendo, el triunfador perseguido por la homofobia, el hijo adoptivo de millones de jovencitas, el fenómeno para muchos incomprensible, que ahora, a petición popular, repite “Querida”, y sonríe con íntima y pública satisfacción, “no por vana jactancia ni prurito de gloria”, sino porque la calidad del arrebato a su alrededor, evoca el tiempo en que se amaba a las estrellas en su totalidad, no por partes como ahora. El aplauso sincero es nostalgia del aplauso sacralizador, y el aura de Juan Gabriel es la fama a pesar de todo.

XII


Ciudad Juárez, septiembre de 1987. Es la hora de la transmisión de Nuestro Mundo, programa dedicado al espectáculo, y en la casa del compositor Juan Gabriel, el periodista Guillermo Ochoa interroga con alborozo: ¡Caramba! No todos los días alguien, sin pregonarlo con abuso, regala un edificio, instalaciones electrónicas al día, y el salario para un staff amplio durante un periodo prolongadísimo. Juan Gabriel, el hijo del orfelinato, le obsequia a la ciudad la escuela donde vivirán becados 125 niños con aptitudes musicales. El ídolo lleva invertidos 1 300 millones de pesos, y se hace responsable del mantenimiento del lugar, con todo y sueldos. Al cabo para eso trabaja el año entero en conciertos y palenques, y es el vendedor número uno de discos.

Ochoa pregunta y Juan Gabriel guardando distancias, contesta, canta, oculta a trechos su satisfacción. Ochoa interroga a la maestra que recogió en la calle a Alberto Aguilera, cuando vendía periódicos a los 5 años, y ella, habla con amor de su amigo, de la mamá comprensiva y de la casa donde trabajaba de sirvienta (ya adquirida por el ídolo). La cámara recorre las alegres facciones de los beneficiarios, y el público televidente absorto, se reconcilia con el Escándalo Viviente.

Él dice que no se puede nunca creer mucho, porque todos saben su origen. No hay nada que comentar. Es su vida, y esta vez es su generosidad.


*Escenas de pudor y liviandad, Carlos Monsiváis. D. R. © 2018, derechos de edición mundiales en lengua castellana: Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. de C. V. Reproducido con autorización de Penguin Random House Grupo Editoral S.A. de C.V. (México).

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