Leonardo Novak: “La literatura hoy es un conjunto de guiños culturales sobre los que estamos de acuerdo”

El autor argentino reflexionó sobre “La vida sin espectáculo”, su último libro de cuentos, en el que recrea personajes que deben enfrentar sus obsesiones y frustraciones mientras se empiezan a dar cuenta del declive de sus vidas

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Leonardo Novak
Leonardo Novak

Los personajes de La vida sin espectáculo, el libro de cuentos de Leonardo Novak, intentan atravesar sus obsesiones y frustraciones mientras desafían la posibilidad de modificar sus vínculos cotidianos, desde subjetividades muy diferentes, dando forma a universos muy potentes desde su singularidad.

Novak (Temperley, 1983), licenciado en Ciencias de la Comunicación y coeditor de la revista Humo, dialogó sobre el trabajo de los cuatro cuentos que componen el libro editado por el sello Paradiso y presentó a los personajes: “un varón frustrado con sus actos sexuales”, “el odio de un deportista mediocre a otro deportista mediocre” y “una mujer que sobrelleva la viudez reciente con tristeza por lo ido y optimismo por haber dejado atrás la sensación de agobio que le transmitía el matrimonio”.

- ¿Cómo se fueron gestando estas historias?

- Un amigo me dijo que el libro se podía leer como una novela, dado el entrecruzamiento de personajes o la forma en que al principio y al final se arrojan y recogen algunos elementos que permiten leer los cuatro relatos como fragmentos de una sola historia, lo cual es cierto, aunque no necesariamente haya sido la intención inicial. En principio, había encontrado un personaje en otra parte y es el protagonista del primer relato. Los tres siguientes aparecieron todos juntos bajo una idea que había titulado “Los cambios”. Tres escenas en las que los personajes sufren transformaciones o se empiezan a dar cuenta del declive de sus vidas: en lo sexual, en lo deportivo, en lo amoroso a través de la viudez. Sabía también que el último era una suerte de cierre, no tanto sobre los personajes, como sobre el narrador que, entiendo, es el protagonista excluyente de La vida sin espectáculo.

- En el cuarto relato, Pero si estoy muerto, la protagonista dice que “la escritura es mayormente un tipo colectivo de educación sentimental”. ¿Coincidís?

- En parte. En ese caso, ella está alarmada por la cantidad de notas que recibe en el cuaderno de comunicaciones de su hijo. Detecta cierto regodeo de la profesora en escribir manualmente las notas, en amonestarlo de esa forma y no de otra, y también cierto pavoneo de la escuela acerca de la sacralidad de su institución, de la protección de los niños y demás. Coincido con ella, porque fui docente, en que la escuela está o debería estar en un proceso de transformación del cual prefiere desoír casi todo. Entre otras cosas, que la relación con el lenguaje escrito es muy distinta a la que era años atrás. Poco tengo para decir sobre esa transformación y mucho menos sobre sus soluciones. Sí me sirve esa idea, obviamente, para metaforizar alguna cuestión vinculada a la literatura, porque la transformación es expansiva en términos culturales. El personaje mira también de reojo la vocación de escritor de su marido, cuyos resultados en materia de éxitos no serían los más auspiciosos, no solo para vivir de ello sino ni siquiera para obtener el prestigio que, suponemos, la actividad tenía en otras épocas. Parece un fenómeno curioso: menos lectores hay, más escritores aparecen. La imagen del escritor, de la literatura, se devalúa por falta de demanda o exceso de oferta, quién sabe.

- ¿Cómo sería eso?

- La simple sensación de que la gente lee menos, de que se interesa menos por la literatura y de que se pierde relación con la escritura manual nos parece moralmente incorrecta. Juzgamos que la sociedad es peor por esto. Aunque yo las considero prácticas fundamentales para la vida, tal vez no sea así. La escuela se aferra a ellas, en parte, para seguir teniendo la prédica que alguna vez tuvo. El campo literario también. Muchos lectores y escritores añoran ese supuesto tiempo en que la gente compraba libros para leerlos o aquel otro en que los autores eran una referencia de la cultura del país.

"La vida sin espectáculo" (Paradiso), de Leonardo Novak
"La vida sin espectáculo" (Paradiso), de Leonardo Novak

- ¿Qué características comparten los protagonistas de los cuentos?

- Vivir frustrado con lo que se tiene, creer que se tuvo algo mejor o se podría tener si las cosas fueran de otro modo. Los personajes componen sobre todo los temores y deseos del narrador, que es el protagonista explícito en el primer relato y, ficcionalmente, autor de los tres siguientes. Distintos, cada uno da un cuadro de sus obsesiones, se vuelve materia para desplegar una percepción de la realidad, de lo cotidiano y todas aquellas facetas de la vida que no son las más agradables de exhibir, especialmente por opacas. Quise que el libro fuera el reverso de las redes sociales, esa plataforma donde pasamos de picos de autocelebración a picos de victimización, siempre espectacularizándonos. La gestión de la imagen social de uno mismo se hace sobre el convencimiento de que lo que uno piensa o realiza es trascendente y merece ser tenido en cuenta. Detrás, o en paralelo a eso, discurre la sensación, muchas veces el miedo, de que somos totalmente insignificantes. Lo cual es cierto. Pero no lo veo como algo negativo.

-En la contratapa se inscribe tu trabajo en la tradición walseriana. ¿Cómo ves esa tradición y qué te interesa de ella?

- Veo en común una narrativa no necesariamente abocada a las peripecias de los personajes, a los giros de timón de las historias, tampoco al psicologismo; más bien a la intuición de que los límites de la escritura se parecen a una cabeza desbordada. Porque, en definitiva, para mí, el chiste es más transmitir una sensibilidad, una forma de percibir y estar en el mundo con la cual alguien se pueda identificar, que pergeñar una historia sesuda, bien construida, cuyos cabos atados al final satisfagan la necesidad de conclusiones. Leo en ese señalamiento otra cosa también: un agotamiento de lo contemporáneo. El ir hacia atrás, hacia lo clásico, pongamos, por necesidades de escurrirse de lo contemporáneo. No del presente porque, a fin de cuentas, uno dice acá y ahora sobre su acá y ahora. Salir de la coyuntura, lo que rodea. Ir hacia atrás para ser actual, por decir una zoncera paradójica que parezca inteligente. César Aira escribió que al leer los libros contemporáneos uno tiene la sensación de que sus autores visitan previamente las páginas de Información General de los diarios y de ahí toman las historias y los temas. Es un chiste o una provocación, pero sirve para pensar que buena parte de la literatura de hoy es, ante todo, un conjunto de guiños culturales sobre los que estamos más o menos de acuerdo. Si la tradición walseriana es hacer caso omiso a las pautas de época que prescriben las formas y contenidos de la literatura, si es correrse un poco del carverismo predominante, entonces sí, me identifico.

- Tenés una formación académica, ¿cómo influyó ese aspecto a la hora de escribir ficción?

- No tengo formación en Letras, sino en ciencias sociales, y no una muy específica, sino esa, que es una que abreva en varias cosas sin ser demasiado rigurosa en ninguna. Lo cual tiene sus desventajas, pero que yo valoro positivamente. Sin dudas, me ha permitido construir una mirada sobre lo social, cómo se manifiestan ciertos discursos colectivos a nivel individual y otras cuestiones.

-¿Qué lecturas o autores te acompañaron durante el proceso de escritura?

- Principalmente Peter Handke, de ahí que aparezca citado al comienzo del libro. También Gustavo Ferreyra. Y escrituras que trabajan con lo autobiográfico más o menos directamente: Sergio Chejfec, Mario Levrero, Julio Ramón Ribeyro, María Sonia Cristoff y la poesía de Joaquín Giannuzzi.

Fuente: Télam

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