
Era Italia, Bibbona, un verano del 78 durante mi exilio.
Todo comenzó al despertar una madrugada en la playa, después de una noche de borrachera, y pedir un cigarrillo a unos jóvenes que pasaban. Uno de ellos me arrojó un atado y me invitó a navegar a una isla sobre la que jamás había escuchado. Al cabo de una hora, anclaron en medio del mar y yo aproveché para desintoxicarme con una sesión de nado. No habían pasado quince minutos, cuando desde lejos escuché el sonido del motor y vi a la lancha desaparecer. Al principio supuse que era una broma. Después lloré de impotencia. Sólo agua y horizonte.
Nado. Mientras tanto barajo la posibilidad del paso de una lancha o de un barco que me rescate. Hay un momento en que todo da lo mismo, los sentidos se embotan y el sol te revolea de los pelos y es capaz de hacer un niño de un hombre. La angustia tiene los mismos tintes que el mar, por lo que esconde y por ese espasmo que causa lo inconmensurable. Al cabo de unos minutos me convierto en una botella bamboleante.
Yo era un joven intelectual marxista y judío de Lanús. Se conjugaban en mí la picardía callejera junto al Manifiesto comunista. Nadie de mis íntimos aún había muerto, y yo era dueño de la desobediencia, de la ausencia del miedo y de la maravillosa desfachatez de mi juventud. En ese momento viajé a Rumania para salvar el pellejo. De eso hace más de cuarenta años. Llevaba en mi cabeza el paisaje bucólico que me representaba, el socialismo, mientras encarnaba mi desaprensiva inocencia. Pero también llevaba la paranoia que acompaña como un verdín de zanja en tu cerebro.
Mientras mi personaje de la novela Naufragio en Bibbona, no casualmente editada por Marea, lucha por vivir, piensa. Les aseguro que yo no pensaba; sólo nadaba y cuidaba mis energías. Pero la literatura es pródiga y permite revivir en palabras las borrascas de los recuerdos: un Festival de poesía en la playa de Castel Porciano y una noche comiendo minestrón en vasitos de plástico, nada más ni nada menos que junto a Allen Ginsberg y Ferlinghetti. No era consciente de quiénes eran. Hoy pude recrear esa escena luminosa y extraña en esta novela.

Aún en el agua. El sol abrasaba. Los ojos ardían de tanta luz. A media tarde se nubló y lentamente fui recuperando la mirada. Cuando el ardor cedió me sobrevino un dolor agudo de cabeza. No se conocía en esa época la palabra ACV, pero sí embolia cerebral, que había sido causal de muerte de un tío. Recuerdo haber mirado la repentina oscuridad del cielo y mi pánico a la tormenta. Escuché relámpagos. Antes del anochecer encontré redes de pesca y un par de gaviotas planeaban cerca. Me topé con una boya a la que me aferré. Posteriormente a un madero perdido. Fueron los mejores hallazgos. Uno llora cuando pierde la vida y llora cuando la gana.
Perderse en el mar es fácil. Hay que mantener los ojos bien abiertos y acertar el camino. Varias veces vi luces de playa y varias veces las perdí cuando la tormenta embraveció el mar. El viento me arrastraba paralelo a la costa y fueron unos pescadores los que me observaron desde lejos luchar contra la rompiente, llegaron a mí y me fueron llevando a la costa. Debió haber sido las dos o tres de la madrugada. El viento había calmado y yo me dormí en la arena, mi personaje a la manera de Sherazade, continuó narrando en el agua para no morir: su infancia, sus amores, el exilio, los desaparecidos y su fascinación por la figura de Cristo.
Cuando se escribe una novela se inventa un mundo. Y cuando esa historia contada formó parte de la vida de un escritor, lo vivido y lo que uno cree haber vivido se confunden. Y el escritor por momentos duda de ciertos hechos narrados. La historia es un cuerpo demasiado lábil que hace de la literatura una mentira, pero nunca una falsedad.
El destino quiso que continuara viviendo para ser testigo, de que esas antiguas dictaduras que me llevaron al exilio en Rumania, reaparecieran en América Latina con métodos similares a la Alemania nazi. Pasaron cuarenta años: el enemigo continúa siendo el mismo.
El tiempo dejó una mancha de aceite en el asfalto; la vida fue un accidente. Ya verás, la puerta es real. Lo que el espejo te devuelve es mentira: viajes, premios, logros, nada. La puerta es real. Una mancha de aceite. Algo sabrás cuando llegues a los setenta, siempre y cuando alcances la playa.
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