
La primera vez que se adaptó una novela de Kazuo Ishiguro fue con Lo que queda del día —al libro se lo conoce como Los restos del día—, dirigida por James Ivory. Allí se cuenta la historia de un mayordomo llamado James Stevens (Anthony Hopkins). La película es una mirada sobre las clases sociales en la Inglaterra de la década del 50, pero más aún, es un relato acerca de James Stevens y su relación con un puesto de mayordomo que él cree mucho más relevante de que lo que realmente es.
Hay un momento especialmente interesante en donde esto se devela con especial sutileza. Se trata de la escena en la cual Stephens guarda una tostada quemada en su bolsillo para que el dueño de la mansión no la coma. Ivory hace un plano detalle sobre su mano guardando elegantemente ese pan mientras Stephen se excusa por el mismo. El logro mayor de esa escena reside en sintetizar con un gesto visual pequeño el contraste entre el carácter de servilismo absurdo al que está dispuesto a llegar Stevens y por otro el profesionalismo y dedicación que le pone a ese gesto.

En esa pequeña escena también está uno de los grandes aciertos de la película de Ivory: tomar una película de época, ubicada en plena Inglaterra de posguerra, y sin embargo pensar que es más importante contar la historia de una persona y la percepción que tiene de su realidad. Desde este lugar, uno de los grandes fuertes de este largometraje está en las actuaciones de Hopkins y Emma Thompson (haciendo de la ama de llaves del lugar) y en la sobriedad ejemplar en las que manifiestan sentimientos que parecen querer salir a los gritos de las etiquetas a los que obligan las así llamadas buenas costumbres.
No obstante esta cuestión opresiva, Lo que queda del día también habla de otra cosa: de oficios y rutinas que funcionan como una suerte de coraza que le permite a un personaje obsesionarse con sus deberes laborales (y de paso también de sus pequeños espacios de poder) para protegerse de responsabilidades de otro tipo (como amorosas o familiares), o distraerse de hechos tan duros de aceptar como el paso del tiempo y la muerte. Por eso también esta película termina siendo quizás menos una reflexión de la opresión y la relación de clases de la Inglaterra de posguerra (que de todas maneras existe) que una mirada sobre la forma en la que uno, como diría Oscar Wilde, se va creando sus propios demonios para vivir en el infierno que merece.
La película fue nominada a ocho premios Oscar (incluyendo el de mejor película y mejor director), y se fue transformando con el correr de los años en otra cosa: en el sinónimo de película importante y adulta. Eso mismo provocó un chiste en una comedia llamada Waiting for Guffman, en el que uno de los personajes (un fracasado querible a más no poder) decidía vender loncheras para chicos ilustradas con imágenes de esta película. Ese gag era, al mismo tiempo, un chiste brillante y un tributo al largometraje de Ivory.
Mucho menos llamativa y prestigiosa que esta película fue la adaptación de Never let me go (Nunca me abandones), una película de 2005 acerca de una distopía en la cual unos jóvenes son prácticamente criados en un apacible internado inglés para que, ni bien sean adultos, donen todos sus órganos a personas que los necesitan. El director de esta película es Mark Romanek, quien en su momento no podía ser más distinto a James Ivory. Ahí donde Ivory era, al momento de hacer Lo que queda del día, un director de gran prestigio (antes de ese largometraje había realizado películas muy celebradas como Howard´s End), Romanek era, hasta Never let me go, un director de películas que habían pasado bastante desapercibidas y varios muy buenos videoclips. Por eso también es una película tan distinta a Lo que queda del día.
Poco ambiciosa, concentrada más que nada en las historias amorosas de estos jóvenes de destino trágico, Never let me go tiene una estética más convencional y actuaciones mucho menos sobrias y más evidentes. Parte justamente del problema de la película reside en ese: que sus personajes, pobres adolescentes a los que moldean para ser un mero bien de consumo de salud, tienen la tristeza dibujada en el rostro desde el minuto uno de película, así como también los propios tutores que los entrenan para eso son demasiado evidentes en su frialdad.

Aún así Never let me go logra despertar en sus mejores momentos la misma sensación que da Lo que queda del día: que estos personajes han aceptado como natural una serie de reglas perjudiciales para ellos. La posibilidad o no de que todo derive en algo trágico —o al menos en lo menos terrible posible—, residirá en que tan rápido estén dispuestos a darse cuenta que tan erradamente viven en esos contextos que por mera costumbre, han llamado normalidad.
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