
El desenfreno del hombre por concebir máquinas superadoras, y la obstinación por los récords de velocidad marcaron varias décadas del siglo pasado. Muchas fábricas corrieron detrás de aquella estrategia de marketing tan efectista como repetida: vincular sus nombres a hitos pisteros que sucesivamente se iban pulverizando. La fórmula les daba prestigio a las marcas que se mantenían ajenas al mundo de la competición, y también a los carroceros, florecientes, que podían delinear creaciones sin límite alguno para cumplir con los sueños de velocidad.
A fines de los años 50, Carlo Abarth, un austríaco nacionalizado italiano dueño de la firma que lleva su nombre, le encargó a Carrozzeria Pininfarina el diseño de un prototipo con el único fin de romper récords. Así, en el 42º Salón de Turín, en 1960, se presentó el monoposto denominado cariñosamente “La Principessa”, un desarrollo conjunto entre Abarth y el famoso carrocero italiano, que tenía como pretensión ser la máquina más veloz sobre la tierra, al menos dentro de su categoría.
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También conocido como Abarth Monoposto da Record, este auto se utilizó como un laboratorio sobre ruedas. El marketing luego hizo lo suyo, y apalancado por una estética muy singular, innovadora, lo le dio visibilidad y posicionamiento a una marca con poderío limitado. Tras los trabajos en el túnel de viento de la Universidad Politécnica de Turín, el trazo de Pininfarina consiguió, nada menos, que una carrocería de aluminio con una penetración aerodinámica de solo 0,20. El modelo tenía apenas 1,2 metro de alto, un ancho de 1,55 metro y una longitud de 4,56 metros.

Bajo el capó el Abarth escondía su diferencial: sobre el bastidor Fiat contaba con un motor de solamente cuatro cilindros, 1 litro de cilindrada y 106 caballos a 8.000 rpm, que eran transmitidos al eje trasero por una caja manual de cuatro velocidades, pero le alcanzó para anotarse varias marcas muy envidiables para la época. No solo logró batir nueve récords del mundo, sino que rompió con los preconceptos de que para ello hacía falta mucha cilindrada y caballos de fuerza.
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“La Principessa” logró anotarse varias marcas: las 72 horas seguidas a un promedio de 186,687 km/h, 12 horas a una velocidad media de 203,656 km/h, las 2.000 millas a una media de 201,115 km/h, 24 horas seguidas a un promedio de 198,795 km/h, los 5.000 kilómetros en un promedio de 199,238 km/h, además de las 5.000 millas a un promedio de 192,878 km/h, las 48 horas continuas con una media de 190,264 km/h y los 10.000 kilómetros con una velocidad media de 191,376 km/h, este último tal vez el de mayor contundencia de todos los que figuran en su currículum.

Durante décadas, el modelo estuvo invisible al mundo automotor. Recién 2015 volvió a surgir a partir de una producción fotográfica a la que accedió el único dueño que lo mantuvo desde siempre. Y en 2016 se puso a la venta en una subasta de la empresa Gooding & Company en ocasión del popular evento automotriz de Pebble Beach. Según los especialistas, el modelo nunca debió ser restaurado y se encuentra en un estado absolutamente original.
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Su rica historia documentada convierten a "La Principessa” en una pieza única para la industria automotriz. Y no sólo por los récords. Formó parte de una época gloriosa, con creaciones asombrosas que funcionó como la precuela de los grandes logros que seguirían luego.

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