
Olas de calor, derretimiento de los glaciares, inundaciones, sequías: con su diversidad de ecosistemas y climas, la Argentina se encuentra en la poco envidiable situación de padecer todos los efectos del calentamiento global.
Al igual que en el resto del mundo, también en nuestro país el cambio climático es una realidad que llegó para quedarse. Así lo muestran los datos: entre 1961 y 2018, la temperatura aumentó en promedio 1 grado centígrado. También aumentaron de manera significativa las precipitaciones. Y la tendencia, en el mediano plazo, empeorará.

Los desafíos que enfrenta la Argentina frente al calentamiento global fueron explicados con contundencia y claridad por la doctora Inés Camilloni durante una conferencia que dictó este miércoles en la sede de la organización Aves Argentinas.
Después de la charla queda claro que revertir la situación no será sencillo. El cambio climático, explicó esta profesora de la UBA e investigadora del CONICET y del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA), es un fenómeno extremadamente complejo: difícil de estudiar y que requiere "de cambios transformadores en una escala sin precedentes".
Camilloni ilustró la magnitud del desafío a través de los datos elaborados por el CIMA y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Estos datos revelan que todas las regiones argentinas se verán afectadas a través "la profundización de problemas que ya estamos observando".
Los escenarios posibles son los siguientes:
— En Buenos Aires y la zona metropolitana se proyecta que a lo largo del siglo seguirán aumentando tanto las precipitaciones como el nivel del Río de la Plata, con un consecuente aumento de las inundaciones. También aumentará la frecuencia e intensidad de las olas de calor y el el riesgo de contagio de enfermedades transmitidas por mosquitos y otros vectores.
—En la zona del litoral y la Pampa húmeda se estima una mayor frecuencia de sequías, olas de calor, lluvias más intensas e inundaciones. En la zona norte de la región podrían darse grandes pérdidas de cultivos.

—En la región centro se prevé un aumento de las olas de calor y las sequías en el norte y condiciones más húmedas más al sur. Si por un lado esto podría permitir la expansión de nuevos cultivos, por el otro aumentaría la degradación ambiental.
—En la región noroeste se prevén temperaturas extremas y escasez de agua.
—En Cuyo habrá reducciones aún más severas de las zonas cubiertas de hielo, con consecuente agotamiento de las aguas y reducción del caudal de los ríos.
—Más al sur, en los Andes Patagónicos, continuará el retroceso de los glaciares y aumentará la aridez con consecuente aumento del riesgo de incendios forestales.

—En la estepa patagónica avanzará la desertificación y, en la costa, el retroceso de playas y acantilados debido al aumento del nivel del mar.
Elaboración de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN)
Hay, además, otro dato fundamental: la gravedad de los problemas estará estrictamente vinculada a la situación general del planeta. Por eso, los científicos elaboraron 4 escenarios distintos, denominados Trayectorias de Concentración Representativas (RCP, por sus siglas en inglés). El más optimista equivale a un aumento de 1.5 grados (RCP 2,6); el peor, prevé un aumento cercano a los 4 grados (RCP 8.5). Como se intuye, cuánto peor sea el escenario, peores serán las consecuencias.

¿Qué piensa hacer Argentina?
La buena noticia es que, al igual que el resto de los 184 países que ya ratificaron el Acuerdo de París de 2015 (el Congreso lo ratificó en noviembre de 2016), Argentina se comprometió a hacer su deber para arreglar la situación. El objetivo común es mantener el aumento de temperatura por debajo de los 2 grados e impulsar los esfuerzos para limitar el aumento de la temperatura incluso por debajo de 1.5 grados, en comparación con los niveles preindustriales.
Para lograrlo es necesario reducir las emisiones en 45 % para 2030 y a 0% en 2050. ¿Demasiado optimista? De acuerdo con los datos la respuesta parecería afirmativa: siguiendo con el nivel actual de emisiones la temperatura aumentará a finales de siglo de 4.2 grados. Equivale, dice Camilloni, a una "situación de inacción".
Argentina se comprometió reducir de forma incondicional -es decir, sin recibir financiamiento y apoyo tecnológico – el 18% de las emisiones al 2030. A esto se sumaría una reducción adicional del 19%, en este caso condicionada a algún tipo de apoyo internacional, ya sea de tipo financiero, tecnológico y de desarrollo de capacidades. En total, la reducción sería del 37% hasta 2030.

El 93 % de las reducciones argentinas involucran los sectores de transporte (a través de cambios en las formas de movilidad), energía (impulsando la eficiencia energética y las energías renovables), y bosques (a través de su conservación y recuperación). El seguimiento de las reducciones puede hacerse a través de los informes bianuales de la Secretaría de Ambiente.
Aún así, estas medidas pueden no ser suficientes. También se requerirán cambios de comportamiento en las formas de producir y consumir y en la relación con la naturaleza, así como programas de educación e información y medidas para prevenir impactos presentes y futuros.
"Hay que tener en cuenta que no sabemos todo sobre el cambio climático", dijo la investigadora. "Por lo tanto, cualquier política tiene que estar basada en un conocimiento científico actualizado. Además es un tema vinculado a los 17 objetivos del desarrollo sostenible (entre ellos la igualdad, la lucha contra la pobreza y su vinculación con el cambio climático) y que implica la aplicación de medidas en un contexto nacional bajo acuerdos firmados a nivel internacional".
"Todavía tenemos mucho para investigar", concluyó Camilloni. "Por ejemplo, las proyecciones no pudieron prever las destructivas lluvias en La Plata y Comodoro Rivadavia, donde las precipitaciones fueron dos o tres veces mayores que en cualquier otra época. Será fundamental tomar medidas de adaptación para saber qué hacer cuando vuelva a pasar".
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