En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el entrenador de básquet Sergio “Oveja” Hernández habló sobre el verdadero significado del éxito, el liderazgo y el alto rendimiento. Explicó por qué el foco debe estar en el proceso y no en el resultado, sostuvo que las derrotas son una parte indispensable del aprendizaje y aseguró que la autenticidad, la preparación y los hábitos son los pilares para construir equipos capaces de alcanzar la excelencia.
Además, compartió las enseñanzas que marcaron su carrera junto a referentes del deporte, habló sobre el costo emocional de liderar y la importancia de formar culturas de trabajo sostenibles. También dejó una profunda reflexión sobre educar en valores, la necesidad de encontrar propósito más allá de los logros y por qué el verdadero éxito no depende de ganar, sino de la persona en la que uno se convierte. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.
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Sergio “Oveja” Hernández es uno de los entrenadores más importantes en la historia del básquet argentino. Construyó una carrera repleta de éxitos tanto a nivel de clubes como al frente de la Selección Argentina. Fue campeón de la Liga Nacional con Estudiantes de Olavarría, Boca Juniors y Peñarol de Mar del Plata, además de conquistar títulos continentales que lo convirtieron en el primer técnico argentino en ganar todas las competencias nacionales e internacionales de clubes disponibles en su época.
Al mando del seleccionado nacional dirigió dos ciclos (2005-2010 y 2015-2021), obtuvo la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, el oro en los Juegos Panamericanos de Lima 2019 y llevó al equipo a la histórica final del Mundial de China 2019. Reconocido por su liderazgo, su capacidad para formar grupos y su estilo de conducción, también desarrolló una destacada trayectoria internacional en España, Brasil, Puerto Rico y México, consolidándose como una de las grandes referencias del básquet latinoamericano.
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—En el podcast abordamos temas vinculados a la mentalidad, la disciplina, el esfuerzo y el deporte. Si consultáramos a las numerosas personas a las que ha entrenado a lo largo de su carrera, ¿cuáles consideran que son las principales fortalezas de Sergio?
—Creo que lo primero que te dirían es que es genuino. Que, como vive y cómo se comporta él personalmente, es como entrenador, digamos. Yo creo que no hay muchos secretos: nunca hay muchas fórmulas para liderar o para llevar adelante cualquier trabajo. Cada uno lo hace a su manera, pero justamente ahí es donde está la diferencia, en el que se anima a hacerlo a su forma.
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Obviamente, hay un contenido, una capacitación, y el conocimiento es la base de todo; y ya después, si querés, podemos hablar de eso. Los entrenadores de alto rendimiento están preparados, capacitados; todos han hecho un trabajo previo para llegar ahí: nadie llega por casualidad. En mi caso es el básquetbol: todos tienen el conocimiento del juego recontra incorporado. Y después, lo que marca un poco la diferencia es lo genuino: quién se anima a no imitar, a ser como es, y a ser espontáneo, a ser verídico. Yo me aburro si no tengo un poco de peligro, un poco de riesgo. Entonces, mi característica como entrenador y como líder va un poco por ahí.
—En distintas ocasiones mencionaste que te sentís mejor entrenador después de una derrota que de un fracaso. ¿Qué representa para vos enfrentar un nuevo desafío o esas situaciones que te impulsan a superarte, teniendo en cuenta que, a veces, el éxito no aporta el mismo aprendizaje?
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—No, el éxito es muy traicionero y muy lindo. Es a lo que todos queremos llegar. Las personas somos exitistas, y no “exitistas” con esa connotación negativa de la palabra: estamos acostumbrados, casi como un defecto. El exitismo es la búsqueda del éxito; no tiene por qué ser malo. Al contrario, todos, cuando hacemos algo, queremos ganar o queremos tener éxito. Después, si querés, hablamos sobre si ganar, ganarle a otro, es la única manera de tener éxito, o si se puede tener éxito aun sin ganarle al otro.
Pero el exitismo sí: todo el mundo, porque lo que queremos cuando hacemos algo, cuando emprendemos algo, es tener éxito. Para poder lograr eso hay que ir transitando un camino donde la derrota es necesaria, incluso. Dolorosa. Yo todavía no me acostumbro: ya soy grande, tengo 30 y pico años de carrera. En todos los torneos y partidos, de cualquier nivel que se te ocurra, me ha tocado ganar, perder, estar en la mitad, y no me acostumbro al momento de perder. La derrota me duele muchísimo. Son horas oscuras, hasta que abro los ojos al otro día, ¿no? Y hay que empezar a entrenar ahí.
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Yo siempre creo que no me va a volver a pasar, porque me duele tanto la derrota que digo: “Mañana creo que ya no tengo más energía para despertarme y tener otra vez voluntad”; y me vuelve a pasar. Y ese entrenamiento… yo tengo un nivel de inspiración muy diferente al entrenamiento después de ganar.
— Después de ganar, ¿cómo es la sensación?
—Es de paz. Ni siquiera es de mucha alegría. Cuando estás en el alto rendimiento y, prácticamente, tu día a día es resultadista —o dirigís en la Liga de Argentina, o en la Liga de España, o en la de Francia, o en la NBA—, jugás cada tres días. O estás adentro de una cancha, o estás adentro de un hotel, o estás adentro de un transporte. Es durante diez meses. Y siempre que abrís los ojos a la mañana es: o esa noche, o, como mucho, a la noche siguiente, hay que ganar. O no se puede perder, que es peor, ¿no? Es esa sensación.
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Entonces, el triunfo —incluso, a veces, el triunfo grande, el de salir campeón— te da más paz que alegría. Te da como: “Bueno”. Y no está bien eso, ¿eh? No está bien. Habría que animarse más. Creo que tiene mucho que ver con que hacemos mucho por y para los demás. Sentimos que tenemos una obligación hacia el otro; tanto es así que, cuando perdemos, también creemos que le fallamos al otro. O, antes de jugar, tenemos miedo de fallarle al otro. No tanto por la crítica, sino porque es muy fuerte la carga de saber que, en tus manos, está el humor de tanta gente.

—En el alto rendimiento, suele ocurrir que no hay demasiado tiempo ni para celebrar ni para lamentarse, ya que cada día implica volver a competir. Esta dinámica no solo se da en el deporte, sino también en otras profesiones. Muchas veces, avanzar a ese ritmo constante permite progresar, pero también puede llevar a perder de vista el entorno y dejar pasar experiencias importantes. ¿Cómo vivís ese equilibrio entre la exigencia diaria y la posibilidad de disfrutar o reflexionar sobre el camino recorrido?
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—Sí, no es sano tampoco. Porque, al final, si uno no sabe comportarse en esa incomodidad —diría Luis Scola—, se trata de encontrar la comodidad en la incomodidad: acostumbrarse a vivir con ella de manera tal que se pueda fluir y entrar en ese estado de flow a pesar de todo. Eso lo dan el talento, la experiencia, la capacitación, el trabajo y también el entrenamiento de la mente. Y, sin mezclar temas, en el alto rendimiento lo lógico, en alguien que quiere hacer las cosas bien, es enfocarse en el rendimiento y nunca en el resultado.
Si te enfocás en el rendimiento, lo que lográs es que lo que hagas esté en tus manos. Entonces, podés darte ese margen de mirar para los costados. Cuando te enfocás en el resultado, hacés las mismas cosas, pero no todo está en tus manos, porque el resultado nunca depende de vos al 100 por ciento. Hay otro, no siempre por oposición directa, y también hay circunstancias que hacen que puedas hacer todo bien y aun así no alcance. Enfocarte en el resultado paraliza muchas veces e intoxica el camino, porque hay algo adentro tuyo que sabe que no depende solo de vos. Si hicieras algo, debería haber algunas cosas, pero no se puede decir: “Bueno, si esto lo hago así, así y así, va a salir bien”.
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En muchas actividades —y el deporte es una muy gráfica— no es así. Además, habría que ver quién define si “salió bien”. Si perdiste un partido, una final o una semifinal, si te fuiste al descenso, y decís: “No, pero hicimos las cosas bien”, suena raro. El hecho de saber que el resultado no depende solo de lo que hagas va a intoxicar ese camino de la búsqueda de excelencia, porque aparece la pregunta de fondo: “¿Y para qué?”. Y ahí entran el miedo, la ansiedad, la locura, las dudas, y todo lo demás.
Cuando vas al rendimiento y decís: “Bueno, ¿nosotros cómo queremos jugar?”, se puede pensar en líneas generales y también en un partido determinado. Pero hablemos en líneas generales: ¿cómo queremos jugar? La Selección Argentina de básquetbol. ¿Qué vamos a jugar? Un mundial. ¿Cómo es Argentina en un mundial? Nosotros somos de los equipos más pequeños físicamente; no somos atléticos, porque no tenemos el mix de razas que a veces da un atletismo diferente. Somos un país con poca población, poca cantidad de jugadores de básquet, etcétera. Entonces, no podemos jugar a ser los más fuertes, ni los más altos, ni los más talentosos. ¿Cómo jugamos? Tenemos que construir una identidad a partir de nuestras virtudes, para poder disimular los problemas y los defectos que tenemos.
Cuando lográs focalizar en tu performance y en esa búsqueda de “¿cómo quiero jugar?”, pasa lo mismo con un tenista: ¿cuál es mi fuerte? ¿El revés? ¿El juego de fondo? ¿Soy mejor cuando voy a la red? ¿Soy muy bueno en el saque, o no lo soy? ¿Tengo que soportar que no voy a tener muchos breaks? A partir de ahí entrenás, encontrás tu estilo, y te focalizás en eso. Así lográs algo clave: cuando llega el momento de ejecutar y de jugar, podés hacerlo sin pensar y casi sin sentir. Ese consejo de “pensá durante el juego” está sobreestimado: no hay tiempo de pensar. No podés pensar cuando viene una pelota a 170 kilómetros por hora.
Tenés que ejecutar algo que ya tenés incorporado, que tiene que ver con tu talento, tu preparación, tu juego y tu mentalización. Estás enfocado en devolver esa pelota. No existe ese cálculo de “si se la pongo en el ángulo, voy a ganar”, porque no hay tiempo. En el básquet tampoco podés pensar. Julián Álvarez, el otro día, no pensó para clavarla en el ángulo. Hay algo que ya tiene incorporado como un hábito: lee el juego y ve cosas que nosotros, como espectadores, no podemos imaginar. Antes de recibir la pelota ya está viendo; y, cuando la recibe, prácticamente ni la mira, o la mira sin mirar el arco, porque ya está encuadrado. Pero eso lleva un proceso, lleva trabajo. Ahí hay talento, hay entrenamiento, hay videos, hay preparación.
Yo soy un convencido de que, mientras más te preparás, no es que solo jugás mejor: también eliminás fantasmas, sacás ruidos. Porque, al final, lo que estás haciendo está en tus manos.

—Escuché algo que me pareció fantástico: Popovich, que fue el director de los San Antonio Spurs, tenía en su oficina una piedra con un martillo al lado. ¿La conocés?
—Sí, estuve.
—Con la analogía de que, en momentos de frustración o cuando los resultados no acompañan, solías pensar en la imagen del martillero que golpea la piedra una y otra vez hasta que finalmente se rompe. En realidad, no es el último golpe el que provoca el quiebre, sino la acumulación de todos los intentos anteriores. ¿De qué manera incorporás esta idea en tu trabajo y cómo te ayuda a enfrentar los desafíos cotidianos?
—Sí, sí. Yo tengo la suerte de tener una relación con Gregg Popovich gracias a Manu Ginóbili y su larga estadía en los San Antonio Spurs, y también a Fabricio Oberto, que estuvo ahí e hizo que entablara una relación. Después me tocó competir contra él, porque él dirigió a la Selección de Estados Unidos y yo dirigí a la Selección Argentina. Mencionaste a alguien que, para mí, es mi referente. No tengo muchos ídolos así; ni de chico fui muy de los ídolos, pero Gregg Popovich es un poco mi norte. Me parece brillante, directamente, como entrenador y como líder. Y es verdad: apenas entrás a las instalaciones de San Antonio, donde entrenan, está la piedra con el martillito como símbolo.
La idea es clara: no la vamos a romper de un golpe, pero, a la larga, la vamos a romper. Hoy Gregg Popovich está un poco complicado de salud, entonces ha dejado en manos de otros. Pero muchos de los entrenadores que están hoy con San Antonio, y muchos otros que están comandando equipos de la NBA, son del núcleo de Popovich y de una larga trayectoria de formar cultura. San Antonio creó una cultura que lleva 20 años y, por eso, consiguió lo que consiguió en ese tiempo. Y en esos 20 años no siempre ganó; al contrario, muchas veces tuvo que aceptar perder durante algunos años para volver a ganar. Son excepciones. ¿Quién soporta eso hoy?
Porque, después del famoso momento de Ginóbili, Tim Duncan y Tony Parker, de ganar cuatro o cinco anillos consecutivos, los jugadores se empiezan a hacer grandes, se retiran, y es ridículo pensar: “Bueno, ahora agarro otros iguales y sigo”. No, no se puede.
Entonces, aceptan algo que la NBA maneja muy bien. Por eso el sistema del draft elige primero al que termina más abajo, para que todos tengan la posibilidad de armar algo a futuro. Y así se puede resurgir. Ahora, además, tienen un unicornio, que es este chico francés, Victor Wembanyama, que mide 2 metros 30, es un fuera de serie, y otra vez metió a los San Antonio Spurs entre los mejores. Pero eso llegó después de un proceso muy largo de perder, perder y perder, sin perder la calma, sin perder la cultura, sin perder la identidad de juego, con menos talento y con paciencia.
Eso solo se puede hacer en una estructura como la NBA y en un club con liderazgos así. En otras culturas, nosotros tenemos un poco esa lógica: sí, todo bien, pero acá hay que ganar. Y sí, ya sé: lo que hacemos es para ganar. Pero no se puede ganar siempre. No se puede ser siempre el uno; para conseguir determinadas cosas, sí o sí, vas a tener que esperar tu momento. Eso no quita que estés golpeando la piedra todo el tiempo. En Argentina eso es bastante característico. Pero veo que la sociedad en general, el mundo, está yendo hacia querer golpear la piedra y encontrar un martillo más grande para partirla en el primer golpe. Es imposible. No hay chance de hacer las cosas bien.
Cuando Lionel Messi jugaba bien en el Barcelona y después “jugaba mal en la Argentina”, como se solía decir, todos recordamos esa época. “No, porque Messi fue a los 13 años a España, entonces se siente más español que argentino; por eso pone más ganas”. No: juega extraordinariamente bien en el Barcelona porque el Barcelona juega extraordinariamente bien de manera colectiva, y eso potencia las individualidades. Y, cuando tenés un supertalento como ese, si potenciás su individualidad, sucede lo que sucede.
Y Argentina no jugaba bien porque cambió 10 entrenadores. O sea, con Lionel Scaloni, creo que Messi tuvo 10 entrenadores antes. ¿Eran malos? No: el problema es que los cambiaban todo el tiempo. Entonces, no había una cultura de trabajo. Cada vez que Messi llegaba a concentrar, empezaba de nuevo con otra idea. Un entrenador quería la posesión, otro quería entregarla. Uno era más táctico; el otro decía: “No hay que ponerle táctica a Messi, hay que dejarlo libre”. Entonces es muy difícil que puedas.
—Actualmente se debate mucho sobre el equilibrio entre la vida personal y el trabajo. Hace poco escuché una reflexión del entrenador de Kobe Bryant, quien solía preguntar a sus alumnos quiénes querían mejorar en sus proyectos y luego quiénes estaban realmente obsesionados con lograrlo. Finalmente, les señalaba que no se puede ser ambas cosas, y que los interesados observan cómo los obsesionados cambian el mundo. Esa frase me resultó significativa y quisiera saber tu opinión: ¿creés que para alcanzar algo extraordinario es necesario que esa obsesión termine desplazando todo lo demás?
—Está súper bien planteada y muy gráfica. En principio, yo creo que la obsesión es una patología: nunca es positiva al 100 por ciento. De hecho, yo no sé ni siquiera si soy obsesivo o no. Creo que tengo una obsesión por el resultado que me ha hecho conseguir cosas y también me ha hecho fracasar, porque me llevó a tener un miedo exagerado a perder. Por eso hablo tanto, y aconsejo tanto, enfocarse en el proceso y no en el resultado, porque eso no te lleva a ningún lado.
Insisto: he hecho muchos años de terapia y entiendo que la obsesión nunca es buena consejera. Por otro lado, he convivido con ejemplos cercanos de superestrellas: he estado con ellos viendo su día a día. Soy amigo de algunos que han sido, y son, deportistas de alto rendimiento, en busca de lo más alto; y han llegado a los lugares más altos. Los he visto formar una familia. Los he visto mirar una serie, mirar una película, ir al cine, ir al teatro. Porque, si no, parece que estuviéramos hablando de robots cuando hablamos de la obsesión.
Lo que sí: estas mismas personas —porque no hay que olvidarse de que son personas—, al mismo tiempo se comportaban como un atleta de alto rendimiento las 24 horas del día. Todo eso que los llevaba a ser una persona “normal”, a disfrutar, a salir, a ir a un cumpleaños, a estar con su familia, a poder relajarse, a mirar una película, a tomarse una vacación, estaba combinado con su nutrición, sus horas de descanso, su entrenamiento, su preparación, su concentración y sus terapias. Sin eso que te estoy diciendo, no vi a ninguno llegar a su máxima expresión.
Puedo poner ejemplos: Manu Ginóbili, Luis Scola, Facundo Campazzo, de los que me ha tocado convivir a mí. Tipos de alto rendimiento. Porque hay algo que hay que diferenciar: la alta competencia y el alto rendimiento. La alta competencia es el hábitat.

— ¿Por ejemplo?
—Un torneo, una liga de básquetbol: la NBA es alta competencia. ¿Todos los que juegan en la NBA son de alto rendimiento? No, definitivamente no. Te diría que la minoría, porque el alto rendimiento son los hábitos. En la alta competencia podés estar porque sos fuerte, alto, habilidoso, rápido, atlético, talentoso, virtuoso, etcétera. Eso no te hace deportista de alto rendimiento. Lo que te hace deportista de alto rendimiento es tener hábitos de alto rendimiento: ese entrenamiento “invisible” que hace que estés en tu prime, en tu mejor forma, todo el tiempo.
No sé si eso se puede llamar obsesión, porque yo he hablado por teléfono con Luis Scola para saludarlo por Navidad, y me atendió desde su gimnasio adentro de la casa, a las once de la mañana. Él hacía pesas los 365 días del año, porque decía: “Yo no puedo parar”. Pero de verdad. Ahora, yo no podría considerar a Luis Scola un obsesivo. Le tengo un poco de miedo a la palabra obsesión, porque también me da miedo hacerle creer a un joven que está escuchando el podcast que se tiene que transformar en un alien y que tiene que dejar de lado todo si quiere llegar a algo. Me parece que ese mensaje no es bueno. Me parece, primero, que lo da mucha gente que no sabe; y, segundo, que es realmente peligroso, porque se puede tener una vida normal y ser deportista —o de otra área— de alto rendimiento de igual manera.
—Mencionaste que ganar no es lo mismo que ser exitoso y hablaste sobre la diferencia entre quienes ganan y quienes alcanzan el éxito. ¿A qué te referís puntualmente cuando diferenciás estos dos conceptos?
—Mirá: en 2012 estábamos en Londres, en los Juegos Olímpicos. A mí me tocó estar en 2008, 2012, 2016 y 2021: cuatro Juegos Olímpicos seguidos. Fue una experiencia que no se puede medir, porque los Juegos Olímpicos son una experiencia sociocultural y deportiva enorme. Es como un posgrado.
En 2012 participó nuestra maratonista Marita Peralta, hoy retirada del alto rendimiento, aunque sigue vinculada a su deporte. Ella termina la maratón —42 kilómetros— con una sonrisa de oreja a oreja: feliz, satisfecha, contenta, exitosa. Pero salió 80 en esa carrera. Es cierto que, cuando llegó, no sabía cómo había quedado. No sabía si tenía a 70 y pico adelante, porque también podía haber 70 y pico atrás. Ella sintió éxito y festejó esa llegada porque llegó, que no es fácil, y porque cumplió con el tiempo para el cual se había entrenado durante cuatro años. Eso festejó, hasta la emoción.
Sin embargo, terminó en el puesto 80. Y capaz que el puesto dos —por no decir el uno, para que no parezca exagerado—, o el tres, o el cuatro, o el cinco, algunos que hicieron podio, fracasaron y sintieron que fracasaron porque no tuvieron la performance para la cual se habían preparado. Entonces vos decís: “¿Pero cómo? ¿El segundo fracasó y el 80 triunfó?”. Y sí.
Recomiendo que, si van a unos Juegos Olímpicos, vayan un día a ver atletismo, aunque les guste el fútbol o el básquet. Vayan a ver atletismo, gimnasia deportiva, deportes individuales. Porque esa búsqueda de la excelencia, ese hábito de alto rendimiento, no se puede comparar con el deporte de conjunto, donde a veces se puede disimular. En el alto rendimiento individual eso no existe.
Yo fui a ver atletismo y veía correr a Usain Bolt. Usain Bolt iba a ganar siempre: cada carrera que corría la iba a ganar, la de 100 y la de 200, y la posta también. Por lo tanto, el que estaba en el lugar de partida con Usain Bolt al lado ya sabía que iba a perder. Y nosotros, como argentinos, diríamos: “¿Y para qué corre?”. Por esa idea de dónde está la motivación si sabés que vas a perder. Pero no corre contra Usain Bolt: corre contra el tiempo.
Y estamos hablando de que el que estaba al lado de Bolt era el campeón de Estados Unidos de 100 metros. O sea: un Fórmula 1. Gente fuera de serie, millonaria, famosa, con un ego alto como el Empire State. Y, sin embargo, ya sabía que iba a perder. Usain Bolt también sabía que iba a ganar. Esas cosas te enseñan que el éxito no siempre está emparentado con ganarle a otro, y que el fracaso no siempre está emparentado con la derrota. Es raro, pero podés fracasar aun ganando.

—Motivarse ante la posibilidad de perder puede ser un desafío, pero también existe la pregunta sobre cómo sostener la motivación cuando se sabe que se va a ganar. Desde tu experiencia como entrenador, ¿considerás que el liderazgo se basa principalmente en la capacidad de inspirar al equipo?
—Creo menos de lo que muchos creen, pero creo. Porque creo mucho en el poder de la palabra, en el juego de las emociones y en saber elegir los momentos. También creo que las herramientas motivacionales que uno elige pueden ser tóxicas. Si creo que puede ser malo, también creo que puede ser bueno. Si yo creo que, diciéndote algo que considero motivante, puedo perjudicarte, entonces también debo creer que puedo encontrar cómo empoderarte, hacerte salir con más confianza, quitarte miedos, ilusionarte, y buscar que la ilusión esté por encima del miedo.
Ahí hay algo más que tiene que ver con el liderazgo emocional, indudablemente, y muchas veces eso te lo dan los líderes no elegidos. Por eso no siempre va a venir desde el entrenador: el entrenador, al final, es un líder elegido, un líder impuesto. Alguien dijo: “Este les va a decir a ustedes cómo tienen que jugar”. Después depende de vos ganarte ese liderazgo natural o no; o, directamente, no ganártelo nunca.
Voy a nombrar a un jugador que quizás no conozcas, pero fue jugador de la Selección Argentina: Leo Gutiérrez. Fue uno de los líderes más grandes que yo conocí. El equipo lo elige, lo adopta como líder, porque los grupos siempre necesitan un líder. No hay vuelta. El líder natural, el líder elegido por el mismo equipo, por el mismo grupo, es el que más resultado da. Si coincide con que sea el entrenador, bienvenido sea.
Pero el entrenador, la verdad, tiene una especificidad: la estrategia y la táctica. Después tiene un montón de gente que trabaja para él: metodología, datos, análisis de datos, scouting, preparación física. Pero él decide cómo va a jugar el equipo. Y eso también influye en la motivación, porque cuando los jugadores ven que el entrenador tiene idoneidad para armar el mejor escenario posible y para jugar el mejor juego posible, eso ya es liderar. Pero el liderazgo emocional, a veces, viene de ellos mismos: de un Luis Scola, de un Manu Ginóbili.

—En una oportunidad mencionaste tu confianza en el poder transformador de las palabras. ¿Recordás alguna frase, consejo o mensaje que haya marcado un punto de inflexión en tu vida, que te haya inspirado o mostrado una perspectiva distinta que hasta ese momento no habías considerado?
—Me han tocado vivir muchas cosas, pero me acuerdo —y no sé si es a lo que te referís— de algo que se me viene a la mente. Yo dirigía a Boca Juniors con 40 años. Pensaba que era grande, que ya estaba… Encima, dirigía a Boca, había salido campeón la temporada anterior y venía de ser campeón con otros equipos. Me tocó el éxito muy de joven, y Boca es un mundo especial. No importa si es básquet, fútbol o cualquier disciplina: en Boca llegás y te dicen “Esto es Boca, acá hay que ganar”. O sea: “No nos expliques nada. Ganá”. Boca es eso. Boca, River, Flamengo. Yo dirigí a Flamengo la última temporada y es lo mismo. Y debe ser así en el Real Madrid y demás.
Un día llamo a mi viejo, que tenía 75 años. Vivía en Bahía Blanca y mi mamá se había muerto. Mi papá era jubilado y me dice: “¿Qué te pasa? No te noto bien”. Yo le respondo: “Este trabajo no sé cuánto tiempo más lo voy a hacer. Es todo el tiempo bajo presión: siempre con resultados, mudanzas”. Yo ya había vivido, con 40 años, en siete ciudades diferentes, y siempre con la presión de ganar. Hice como una catarsis con mi papá.
Mi papá no era de dar consejos; nunca le gustó. Un poco como yo: a mí no me gusta dar consejos, y menos a mis hijos. Pero me dejó hablar y, cuando terminé, cuando vio que me calmaba, me dijo: “Sergio, ¿cuántos años tenés ahora?”. Le contesté: “40, papá”, como diciendo: “¿No te acordás?”. Me dijo: “¿Vos te acordás cuando yo tenía 40 y vos tenías 6 o 7 años? ¿Te acordás cuando te levantabas a la mañana para ir al colegio?”. “Sí”. “Venías caminando para la cocina por el pasillo”. “Sí”. “¿Qué te acordás de mí? ¿Cuál es tu primera imagen?”. Le dije: “Me acuerdo con La Nueva Provincia, el diario de Bahía Blanca”, que es un diario gigante. “Me acuerdo que estabas sentado, paralelo a la mesada, con el desayuno nuestro preparado”. Éramos tres hermanos. “Tu mate, La Nueva Provincia y el pijama”. Teníamos un pasillo que iba, y me queda esa imagen.
Y me dijo: “¿Sabés qué estaba pensando yo todos los días que vos me veías? Lo mismo que estás pensando ahora: que iba a trabajar hasta los 50 años”. Mi papá era comerciante. “Que mis hijos se queden con el comercio; después, dedicarme más a la casa, a mi señora, pasear, al tiempo libre. Hoy tengo 75 años: ya no tengo más a mi compañera. Daría la vida por volver a tener la presión que tenía en ese momento, y no puedo. No hay vuelta atrás”. Y me dijo otra cosa: “Vos estás en el momento justo, en la cresta de la ola. Es el momento de vivir así, con presión. No le hagas caso a los que dicen que la vida es corta: la vida es muy larga, Sergio; hay tiempo para todo”.
Para mí, eso que me dijo mi viejo —y fue casual, porque no es que me llamó para decirme eso— me cambió un montón de cosas. Me cambió la perspectiva de la vida y lo recuerdo siempre. La vida es eso también. Por eso, lo primero que se me viene a la cabeza cuando me preguntás es que yo creo en el bienestar. Es lo que yo busco, al menos como persona: el bienestar, además de los cuidados que tenés que tener con la salud. Es el trabajo, es la actividad, es mantenerte activo.
Y creo que, en algún momento de tu vida, estás demasiado joven, muchas veces, planeando el descanso mucho tiempo antes de lo que lo tenés que planear. Ponés al descanso como un lugar idílico, al ocio como un lugar ideal, y eso también es falso. Yo no doy consejos, pero siempre trato de decir esto en voz alta, porque se aprende con la vida: no se queden quietos. No se queden quietos. Me da pánico la quietud. Hay que tener, acorde a cada etapa, una actividad, un ikigai, propósitos permanentemente, porque es lo que más salud te da.

—Estoy leyendo Open, el libro de Agassi. Ahí habla mucho de su entrenador, Gil Reyes, que en un momento le dice: “Andre, vos tenés sueños y yo tengo hombros muy altos. Subite a los míos y juntos vamos a llegar más lejos”. ¿Sentís que alguna vez te paraste sobre los hombros de alguien para crecer? ¿Quién fue esa persona para vos y para quién lo fuiste vos?
—No quiero caer siempre en los mismos nombres, pero son siempre los mismos. Hubo varias personas; algunos directivos de clubes. Hace poco tuve el feo momento de ir al entierro de uno de los dirigentes de Peñarol de Mar del Plata, Domingo Robles, que para mí fue un tipo con una inteligencia emocional y una capacidad creativa, y un optimismo exagerado. Yo creía que era una persona optimista hasta que lo conocí a él. Por eso, no considero casualidad que esos cuatro o cinco años que estuvimos juntos hayan sido extraordinarios: ganamos absolutamente todo, a nivel nacional e internacional. Fue un tipo que me marcó un camino, y pensé: “Guau, a este tipo no tengo problema en ponerme detrás de él y seguirlo”; ni siquiera al costado, porque era imposible.
Y así me pasó en algunos equipos donde estuve. Luis Scola es uno; sigue siendo. Luis Scola, así como te nombré a Leo Gutiérrez, es de esos líderes, de esos tipos que te hacen pensar: “La ven antes. Vamos a subirnos arriba de este tipo, porque nos va a llevar a lugares que él solo está viendo en este momento”.
Un día nosotros jugábamos, en la época de la famosa Generación Dorada de básquet. Se acaba la Generación Dorada, queda solo él, con 39 años en ese momento: se habían retirado Manu Ginóbili, Andrés Nocioni y todos los demás. Venía una nueva camada buena, pero no es lo mismo. Es como cuando, el día de mañana, se retire Lionel Messi: otra vez, a esperar.
La Generación Dorada fue de una magnitud exagerada. Todavía hoy muchos la consideran el mejor equipo de deportes colectivos de la historia del país: medalla de oro olímpica —que el básquet no debería tener medalla de oro olímpica—, etcétera. Se retira esa camada y en el ambiente empieza a crecer una sensación de “Bueno, ahora hay un agujero negro: nunca más vamos a tener lo que teníamos con la Generación Dorada”. Y todos caímos un poco en eso. Yo no era tan pesimista, pero sabía que iba a ser muy difícil.
Faltando un año para el Mundial de China 2019, tuvimos un partido con Puerto Rico en Argentina, importante para la clasificación. Puerto Rico es un país fuerte en básquetbol y venía a ganarnos. Y lo pasamos por encima: sacamos 30 puntos. Íbamos para el vestuario y, viste que los partidos internacionales tienen lo que se llama zona mixta: arman un túnel con periodistas, que termina en el vestuario, y estás obligado a parar si te paran, por el protocolo de FIBA.
Cuando estaba por entrar a ese túnel, me agarra Luis Scola, me saca a un costado y me dice: “Che, estos pibes juegan bien”. Como si él no fuera parte del equipo. Él había jugado, recién terminaba de jugar, pero tenía 15 años más que sus compañeros. Y yo le dije: “Sí”. Quizás no te suene tanto esto, pero el que conoce la historia del básquet de los últimos veinte años entiende el peso de esa frase.
Él me dice: “Me parece que tenemos que empezar a hablar puertas adentro. Tenemos que empezar a convencer a este equipo de que podemos ser semifinalistas del mundo. ¿Te parece mucho?”. Yo le respondí: “Sí, Luis. Yo tengo un poco de respeto con el juego de las expectativas”. Y me dice: “¿Cuartos de final?”. Yo: “Sí, cuartos de final creo que puede ser”. Y él: “Bueno, si creés que cuartos de final, vamos por la semifinal. Estos chicos tienen que empezar a saberse buenos, porque lo son, y quitarse la sombra de la Generación Dorada. Hay que empoderar a estos pibes. Este equipo tiene…”.
Yo le dije: “Está bien, yo te sigo, Luis, pero me parece que estamos exagerando un poco. Esto no es para decirlo en la zona mixta, es para hablarlo en el vestuario”. Llegamos al vestuario y les dije: “Luis, Luis tiene algo que decir”. Tomó la palabra y dijo eso.
Un año después, nosotros jugamos la final del mundo. Nosotros no teníamos que jugar esa final; no había manera. Ese equipo, por talento, no estaba preparado para eso. Y llegamos invictos a la final, eliminando equipos con 12 jugadores de la NBA. Eliminamos potencias como Francia y Serbia, que eran mucho mejores que nosotros; no un poco, mucho. Y tuvo mucho que ver esa idea de descubrir sobre qué hombros nos teníamos que parar. Y así nos fue llevando. No tengo ninguna duda.
A mí una vez me preguntaron por el mejor jugador y yo dije Luis Scola, y todos me dijeron: “¿Y Ginóbili?”. Ginóbili es otra cosa. El tipo que, creo, cambió la historia del básquet argentino desde adentro de la cancha fue Luis Scola. Y creo que lo sigue haciendo, porque es un poco un norte.
Después están los jugadores que se han subido a mis hombros. Yo tuve muchos desde muy chicos: Facundo Campazzo, que hoy es base de la selección y base del Real Madrid, fue jugador mío desde los 14 años; después fue jugador mío en la selección y después… Y bueno, obviamente él sentirá que yo soy un papá deportivo, y cuando tiene algún tema levanta el teléfono y me llama. Ahí hay un poco más de naturalidad, del jugador hacia el entrenador. Pero tuve la suerte de estar siempre rodeado de gente a la que daba gusto seguir.

— Voy a leerte una frase de “The Last Dance”. Cuando termina la película, Michael Jordan le dice a su equipo: “Miren, ganar tiene un precio y ese liderazgo tiene un precio. Yo empujé a la gente cuando no quería ser empujada, reté a la gente cuando no querían ser retadas y me gané el derecho a hacer eso porque mis compañeros que vinieron después no tuvieron que atravesar cosas que yo tuve que atravesar. Cuando la gente vea esto, va a decir: ‘bueno, no era realmente un buen tipo’. Puede que fuera un tirano, pero es como se jugaba el juego. Yo quería ganar, pero quería que ellos ganen también”. ¿Creés que a veces el líder tiene que asumir un costo que no es muy agradable?
—Definitivamente. Lo que sí aprendí es que autoconsiderarse líder no siempre está bien. En el caso de Michael Jordan no hay discusión. Incluso no hay discusión sobre si él se considera líder. Obviamente, también es un líder que se sufrió. The Last Dance exagera un poco, porque al final no deja de ser una producción que tiene que vender, pero él tenía un liderazgo duro, como el de Kobe Bryant y, seguramente, LeBron James. Los liderazgos de esos tipos, en general, son muy duros. La cultura estadounidense también exige un poco eso: la historia del deporte americano se construyó así.
Pero ganar duele. Definitivamente duele. Es un camino doloroso, porque cuando querés ganar —que no siempre lo lográs—, incluso cuando estás en el camino a ganar, hay un costo. Y ahí volvemos a lo de antes: a veces ganar es no irte al descenso, es mantener la categoría del equipo. No es que lo único que cuenta sea salir campeón: a veces ganar es entrar entre los cuatro primeros por primera vez en tu historia. A veces ganar es cumplir un tiempo, saltar una medida.
Pero, hablando de campeones —de ganar en total—, como fue el caso de Jordan, ganando seis anillos y liderando a sus equipos para conseguirlos, eso tiene un costo grande. No solo en él: en el equipo entero. Conlleva un estrés porque vos sos el rival a vencer siempre. Están todos los ojos puestos en vos y la expectativa sube con vos. Para los Chicago Bulls eso ya es enorme, pero para Jordan se multiplica por mil. Porque, si pierden los Bulls, es Jordan el que “no estuvo a la altura” de llevar a su equipo a ganar. Y, si ganan los Bulls, se entiende que fue de la mano de Jordan. Es muy fuerte.
Y te cuento esto más allá de Jordan —que es un ejemplo emblemático, poderosísimo—: él es, de verdad, la majestad de la historia de la NBA. Todavía hoy, Jordan entra a un lugar y se crea una situación de alfombra roja; incluso entre sus propios compañeros, o con gente como Magic Johnson. Es tremendo.
Me acuerdo de esos Juegos Olímpicos de 2012, porque fue un evento en el que yo fui asistente. Tenía un poco más de movilidad y de tiempo. Julio Lamas era el entrenador y yo era el asistente. Entonces, en un día libre, me fui a ver Del Potro-Federer, semifinal del torneo olímpico, en Wimbledon. Imaginate: una cosa de locos. Estaban en la catedral del tenis; Roger Federer contra Juan Martín del Potro. Yo como parte de la delegación, con credencial y una entrada que nos daban a nosotros.
Yo estaba sentado cerca de la cancha. Estaba Kobe Bryant, estaba Luis Scola, había varios. Del Potro tenía 23 años y Federer debería tener 30 o 31. Hablamos de 2012. Y estaban los jeques árabes, los dueños del mundo, en esa cancha: jeques, los reyes de España, era exagerado.
Entra primero Del Potro y después Federer. La gente estaba en la suya, hablando por teléfono, y explota la cancha: gritos, aplausos. Pibes muy jóvenes, frente a un público que era “los dueños del mundo”. Después empiezan a pelotear y se baja el clima. Y cuando va a empezar el partido, aparece un silencio total. Del Potro, con 23 años, estaba dominando el mundo. Le estaba pegando a la pelota y estaba haciendo callar a los dueños de Mercedes-Benz, al jeque árabe, a Kobe Bryant, a quien sea.
Varias veces pasó que sonó un teléfono o algo así y, aunque fueras el rey de no sé qué, te quedabas duro y te ponías colorado. Entonces, ese tipo de personalidades, ese tipo de vivencias, ese tipo de cosas —que para ellos son de todos los días— son para personas diferentes, para tipos diferentes, para mentes diferentes. Son distintos: no solo juegan mejor, también son capaces de absorber todo eso. Y después tienen que venir y sentarse con nosotros, que somos un poco más normales y no vivimos esas cosas.
— O después de todo eso tenés que volver a tu habitación, encontrarte solo. ¿Cómo se vive ese instante?
—Solo, como una persona cualquiera, normal. Pero, en ese momento, es como si… A veces siento eso, sobre todo con atletas jóvenes: desde afuera les pedimos una madurez de alguien de 50 años, una fortaleza, un control de las emociones, que sepan declarar después de una derrota, que sepan declarar después de un triunfo. Pará. ¿Por qué van a saber hacer todo eso? Tienen 28, 27, 23 años, como en ese caso, y, sin embargo, lo logran.
Estás en la cima del mundo y después, como decís vos, aparecés solo en tu habitación, mandando WhatsApp a tus amigos. ¿Qué vas a hacer?
Es una realidad extraña: es como si estuvieras forjando un cuchillo, que está al rojo vivo y lo metés en el frío; y después lo volvés a poner al rojo vivo. Por eso, a veces, hay que tener una mirada diferente: poner en situación lo que les pasa. Lo que le pasó a Lionel Messi toda su carrera, lo que le pasa ahora a Julián Álvarez, y a tantos otros. Porque no es fácil sentirte en la cima del mundo y que todos estén esperando esa magia; que los hagas felices; que metas el gol, porque, si no, “me frustrás, me arruinás el día”. Es difícil. Es difícil.
Yo quizá no lo noté tanto porque me agarró de grande, más maduro como entrenador. Pero, para un pibe que está adentro de la cancha, es muy difícil.
— Sergio, voy a hacerte la última pregunta que le hago a todos los invitados y más que una pregunta es que nos dejes un mensaje final. Puede ser lo que sea: una frase que te guste, algo que hayas visto y te interesó, algo que leíste, lo que sientas que querés dejarnos acá como último mensaje.
—Más allá de lo que hagan en su vida, no hay que creer que somos lo que hacemos ni lo que tenemos. Al final, hay que tener claro que somos lo que somos, y que el valor de una persona no depende de las cosas que logró. Yo no estaría contando triunfos y fracasos para definir si me fue bien en la vida o no: estaría buscando otra cosa. Y la buscaría en lo emocional, en lo afectivo, en los valores.
Me parece que, últimamente, se habla mucho de educación de manera errónea. Yo creo que la educación siempre es en valores. Lo otro es instrucción: incorporar conocimientos, que también está genial y ayuda a formarse en valores, pero la educación es en valores. Por eso, muchas veces, invito al deporte.
Yo creo mucho en el deporte como un derecho, no como algo selectivo, no como algo para quien puede acceder. Para mí, el deporte tiene que ser un derecho: el deporte tiene que ir a la gente, no la gente al deporte, porque el deporte educa en valores rápidamente. El deporte junta, nuclea a la gente, no discrimina, es inclusivo.
No tanto por esa idea de “hay que llevar al chico al club para sacarlo de la calle, de la droga”. No: puede estar en la droga adentro de un club. Me parece un lema bastante viejo. Hay que llevarlo al deporte porque el deporte educa en valores: enseña a trabajar en equipo, a respetar roles, a respetar jerarquías, y a entender que, mientras mejor se trabaje de manera colectiva, más se favorece lo individual.
Tratemos de formarnos por ese lado. Me parece que tenemos que sacudirnos un poco el polvo y la locura de querer tener más, lucir más, brillar más. Tenemos que mirar más para adentro, ser empáticos, tener conciencia de que todos nos necesitamos de alguna manera y de que formamos parte de una misma cosa.
Es un momento para encontrar un poco de ternura dentro de nosotros mismos y pensar: pensar en uno y pensar en el otro también. Simplemente eso. Porque, a veces, veo que estamos muy fríos: corriendo carreras muy individuales, tratando de sacarle un metro al que está al lado, cuando podríamos llegar todos juntos a algún lugar.
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