La etiqueta es la cara del vino. Esto es así desde siempre, desde hace 8000 años. Y obviamente fueron evolucionando con el correr de los siglos, pero sin tantos cambios revolucionarios. Sin embargo, el siglo XXI presentó un gran desafió para la industria mundial del vino, ya que vio caer su consumo sostenidamente a manos de la cerveza. Esto obligó a muchos a dejar las tradiciones de lado y animarse a innovar.

Si bien las botellas clásicas de 750cc siguen siendo las más consumidas en todo el mundo, botellas de otros tamaños, bag in box (una bolsa plástica de 3l con dispenser dentro de una caja de cartón), Tetra Brik, y hasta latas, conforman la oferta actual. En muchos de estos formatos alternativos no hay una etiqueta clásica de papel, pero todos los diseños pretenden lo mismo: llamar la atención del consumidor desde las góndolas en pos de concretar una venta.

Por supuesto, todo está bien regulado por el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) que se fue aggiornado en la materia para poder responder a las necesidades propuestas por los nuevos vinos. Para el INV el etiquetado es el conjunto de elementos fijos, adheridos o impresos en forma directa al envase, y colgantes, utilizados para la presentación comercial del producto, con el fin de identificarlo gráficamente y suministrar al consumidor la información legalmente exigida, y otras de carácter optativo. Los dispositivos de cierre (corcho, por ejemplo) no forman parte del etiquetado. No obstante, toda inscripción que se incluya en los mismos, deberá ser veraz y verificable.

Esto quiere decir que hay menciones (datos) que son obligatorias, y que, junto a la información complementaria, deben ser claros y no inducir a errores, engaño o confusión del consumidor respecto al origen, naturaleza, calidad, y técnicas de elaboración, entre otras.

De esta manera el consumidor sabe que puede confiar en las etiquetas; el tema es poder entender los datos consignados, y también interpretar la información complementaria para lograr la mejor elección posible.

Etiqueta, la cara del vino

Es fundamental saber “leerlas”, ya que más allá de información precisa -mucha de la cual es obligatoria- hay datos complementarios que buscan persuadir al consumidor.

Generalmente el vino posee etiqueta y contra-etiqueta. La marca, el tipo de vino, la graduación alcohólica (siempre expresada en un % por volumen), el contenido neto y el país de producción, son datos obligatorios que deben consignarse en al frente.

Luego, en el dorso deberá estar el nombre del fraccionador. En caso de envasado por cuenta de terceros (es decir que una bodega fraccione los vinos para otras bodegas), se indicará el número de inscripción del establecimiento fraccionador (en INV), y los datos particulares de la empresa/bodega para quien se efectuó, precedido del término “embotellado para”. Acá hay un primer dato curioso que puede o no ser determinante, ya que existen muchos vinos elaborados en el país que están fraccionados por “otros”. A priori esto no significa ninguna desventaja, pero es cierto que tener el cuidado de todo el proceso, desde la viña hasta la botella, puede garantizar mejor la calidad final del vino a descorchar. Solo para matar la curiosidad, si se coloca en el registro del INV el número de establecimiento fraccionador, se verá en qué bodega se hizo el vino en cuestión.

Quizás de los datos obligatorios, el más importante sea la sigla y el número de Análisis de Libre Circulación otorgado por la dependencia correspondiente del INV, ya que ese certificado habilita al vino para ser consumido. Por su parte, los vinos dulces deben consignar la cantidad de azúcar residual por litro que contienen.

Entre las menciones optativas, la más importante de los últimos tiempos es el origen, y cuando más específico, mejor, ya que todo nombre geográfico debe estar reconocido y registrado previamente en el INV. Por otra parte, cuando un vino logra el derecho de uso de una denominación geográfica correspondiente como una I.G. (Indicación Geográfica) referida a un distrito o departamento, tendrá derecho al uso del área mayor que la contenga. Por ejemplo: I.G. Vistalba, Vistalba, Luján de Cuyo, Mendoza.

Es importante conocer el origen más específico de las uvas, ya que los vinos actuales comienzan a ofrecer un carácter de lugar, más allá de la interpretación del hacedor. Y como en el Viejo Mundo (Francia, Italia y España), poder empezar a reconocer los vinos por su origen más que por su varietal.

El año de elaboración también es optativo, pero es algo a lo que las bodegas le dan mucha importancia. Cabe destacar que se trata del año de cosecha de las uvas. Y si bien hasta hace poco no había tanta diferencia entre las añadas, la evolución de los vinos permite hoy percibir la influencia climática del ciclo en el estilo final logrado.

Más allá del paso del tiempo, y que en los últimos treinta años la industria vivió una verdadera revolución, hay cosechas memorables, para bien y para mal. La 1997 para bien, y la 1998 para mal, a causa de las lluvias en el momento de vendimia. La 2002, la 2006, y la 2010 marcaron distintos puntos de inflexión con su calidad. Después de una 2013 muy promisoria, llegó una trilogía muy complicada (2014, 2015, 2016), y luego una muy buena (2017, 2018, 2019). En estos dos últimos se encuentra la cosecha del milenio según los hacedores, mientras que la 2020 que está sucediendo viene muy adelantada, y provocará desequilibrios naturales en los vinos.

Sin embargo, en los últimos años la tecnología permite predecir bastante bien cómo será el ciclo de madurez de las uvas y preparar el viñedo en consecuencia, logrando siempre buenos resultados. Además, en la Argentina se pueden combinar uvas de diferentes zonas; esto permite mantener un estilo y una calidad a pesar de las inclemencias del cambio climático. Además, la cosecha es la referencia más específica para poder guardar los vinos en la cava de casa.

Por último, la denominación varietal. Esta moda se inició en los Estados Unidos en la década del 60, y le sirvió al Nuevo Mundo para poder competirle de igual a igual al Viejo Mundo, ya que para los nuevos consumidores que estaban surgiendo era mucho más fácil recordar Cabernet Sauvignon o Chardonnay, que el nombre de una región ignota, o de la Borgoña o Burdeos en Francia, por ejemplo. Pero hay otro dato curioso que se da en muchos países. Para que un vino sea considerado varietal, no necesita estar elaborar 100% con la misma uva, sino que el 85% alcanza para lograr las características organolépticas. Esto quiere decir que, si en la contra etiqueta no específica que la totalidad del vino es de un cepaje, lo más probable es que se trate de un blend, aunque para la ley sea un varietal.

La crianza es fundamental para la elección de muchos consumidores que encuentran en las notas de roble un gustito especial. Y si bien acá no hay una reglamentación al respecto, los vinos “Reserva” suelen tener un paso por barrica de un año aproximadamente, mientras que los “Gran Reserva” pueden llegar a 24. Pero esa crianza puede ser en barricas nuevas o usadas, y de diversos orígenes (roble francés o americano), y distintos tamaños (barrica, foudre, tonel).

El alcohol en los vinos argentinos es un dato interesante a tener en cuenta. A raíz de las condiciones de clima continental de la mayoría de las zonas productoras, las uvas maduran muy bien, produciendo mucha azúcar al momento óptimo de la cosecha, que determina el alcohol potencial. Por lo tanto, es muy común encontrar vinos de más de 14 grados, algo poco usual en otros países. Y esto no es un problema sino una característica, ya que el buen vino siempre debe ser equilibrado más allá de su potencia alcohólica.

Por lo tanto, hay mucha información en las etiquetas que sirven para ayudar al consumidor a elegir mejor. El tipo de vino (tinto, blanco, rosado, espumoso, o dulce), si es varietal o blend, el cepaje, la cosecha, el origen, y la crianza, pueden ser datos básicos e indispensables para todo amante del vino. Pero no son los únicos que se pueden encontrar.

Las marcas significan mucho. Las más reconocidas y tradicionales funcionan como un aval, sobre todo para esos consumidores que no toman vino asiduamente. Pero esto no implica que las marcas más originales no sean de la misma calidad. Es por ello que cada vino/marca debe hacer su camino, de manera sostenible, cosecha tras cosecha, si quiere conquistar cada vez más paladares.

El enólogo, hacedor o “viticultor” también es otro dato excluyente, sobre todo en los vinos de alta gama. Porque no hay expresión de lugar o del varietal sino a través de la interpretación del hombre o la mujer que decide el momento de cosecha, el método de vinificación, y el tiempo de estiba, para lograr un vino específico.

Cómo entender las etiquetas de hoy

Los vinos de alta gama suelen ser los más tradicionales, amparados en el reconocimiento logrado a través de los años. Por delante solo el nombre y no mucho más, y por detrás, la información bien específica de las parcelas de donde provienen las uvas, el tipo de barricas empleadas en la crianza, el tiempo, y demás datos concretos, ya sea de la viña (fecha de cosecha) o de la vinificación (métodos), que hablan de un vino único. Y si bien en diseño algunos se animan a llamar más la atención, generalmente los grandes vinos argentinos cuentan lo más que pueden. Aunque otros prefieren la poesía en la contra-etiqueta, pero eso es muy arriesgado (sobre todo para los vinos no reconocidos), ya que primero hay que lograr que una botella signifique algo para el consumidor, para luego poder decir lo que se quiera.

En los segmentos bajos y medios de la pirámide, entre $100 y $1000, están los diseños más entretenidos. Ahí vale todo, colores, relieves, frases, ilustraciones, figuras de animales, hologramas, botellas serigrafiadas, etc. En principio, porque se trata de las franjas más competitivas, las que en general se venden en supermercados o “chinos”. Ahí si, no hay nadie a quién preguntar como en la vinoteca, y encima son cientos de botellas. Dejando de lado el precio, hay muchas etiquetas para elegir.

Pero la clave de una botella no solo está en llamar la atención, sino en decir realmente lo que el vino quiere decir. Quizás en este rango más desde lo conceptual, ya que el consumidor no puede pretender mucho carácter varietal o de lugar en un vino de $200, pero sí que sea correcto y muy agradable de beber, y que el Malbec sea diferente al Cabernet, y si tiene roble que se sienta; sabiendo que al subir en precio las pretensiones cualitativas del consumidor aumentan. Por suerte, en la Argentina los segmentos de precio están muy bien definidos y rara vez un vino está “fuera de lugar”, aunque hay excepciones.

Volviendo a la importancia del “mensaje en la botella”, todas las expectativas generadas deben ser cumplidas. Es más, de sobremanera si es posible para poder lograr el impacto deseado al momento de consumo, posibilitando así una futura compra.

En este segmento las marcas suelen ir cambiando de estética y está bien, ya que se van actualizando de acuerdo a las tendencias, algo casi imperdonable en vinos de alta gama, donde manda el clasicismo. A los recursos tipográficos y de colores, se le han sumado ilustraciones, motivadas en muchos casos por marcas que se salieron del molde, muchas incluso son frases. La idea es llamar la atención del consumidor en la góndola y en un lapso muy breve poder contarle una historia, a partir del nombre del vino y la imagen. Si eso resulta, esa botella terminará en la mano del consumidor potencial, que buscará más datos en la contra etiqueta para terminar de decidirse. Y luego en casa, el vino deberá hacer su trabajo.

Las bodegas saben que nunca deben subestimar al consumidor, pero que a la vez hay muchos tipos de consumidores, y que no se puede llegar a todos por igual. Esa es la razón por la cual se crean diferentes líneas. Sin embargo, lo más importante es buscar superar las expectativas generadas por la botella. A veces es la marca, otras, la frase debajo de la misma. El objetivo es enganchar al consumidor, pero entendiendo el mensaje.

Cada uno es dueño de su paladar y conoce sus posibilidades, y así tener varios vinos en vista para diferentes situaciones de consumo. Solo hay que tener en cuenta que la calidad se paga, y que hasta $500 por botella no se puede pretender mucho más que un vino equilibrado, muy bien logrado, y muy agradable de beber. Y que recién después se puede empezar a exigir carácter varietal, de lugar, de añada, de estilo, de crianza, etc. Pero que es fundamental lo que diga la etiqueta.

Otro dato que ha ganado en importancia gracias a que los vinos más refrescantes se han puesto de moda es la acidez, siempre expresada en gramos por litro. En general, los tintos poseen una acidez total de 5gr/l, los blancos un poco más, y los espumosos y dulces de cosecha tardía más aún. Pero hoy, hay tintos con mayor acidez (hasta 7gr/l) y blancos más punzantes y filosos (hasta 10gr/l). Estos vinos resultan mucho más refrescantes, y a la vez fluidos en su paso por boca. Y como pasa con el alcohol, lo importante es el equilibrio general del vino.

También se ha vuelto clave la composición del suelo para definir el estilo de algunos vinos, es por ello que en muchas etiquetas comenzaron a aparecer palabras como “calcáreo”, “granito”, “gravas”, etc. Todos componentes de los suelos que aportan un carácter distintivo.

Otras denominaciones han adquirido mayor relevancia en los últimos años, como “biodinámico”, “natural”, y “orgánico”. En todos estos casos se parte de uvas orgánicas, es decir que no se trataron los viñedos con agroquímicos. Los biodinámicos además se elaboran respetando un calendario lunar, como en la agricultura ancestral, mientras a los vinos naturales no se les agrega nada. En realidad, todo el vino en sí es natural porque en su proceso (fermentación total o parcial del jugo de uva) solo se utiliza el SO2 (Anhídrido Sulfuroso) como protector y garante de la estabilidad, siempre en pequeñas dosis. Y en los vinos naturales se trata de no utilizar. Esto ha obligado a incluir en la etiqueta la leyenda “contiene sulfitos”, ya que hay consumidores que pueden llegar a ser alérgicos a los mismos.

Se puede conocer mucho de un vino sin conocerlo, “hablando con las etiquetas”. Porque toda esa información no solo sirve para tomar la decisión de qué vino elegir, sino que ayuda al consumidor para explicar las razones por las que un vino puede gustarle más que otro, o incluso justificar el precio de una botella.

10 vinos recomendados con etiquetas llamativas

Cara Sucia Corte Blanco Legitimo 2019

Cara Sucia, Rivadavia, Mendoza $350

Los hermanos Durigutti proponen volver a los origenes con vinos concebidos a la vieja usanza (por eso la etiqueta vintage) pero con toda su experiencia acumulada. Es un blend blanco co-fermentado con variedades de un antiguo viñedo de Rivadavia: Palomino, Pedro Ximénez, Ugni Blanc, Chenin, Moscatel Amarillo y Sauvignonase. Fresco, de buen cuerpo, con volumen, y cierta madurez en su carácter. Puntos: 88

La Poderosa Cabernet Franc, Merlot 2018

Bodega Del Fin del Mundo, San Patricio del Chañar, Neuquén $420

Hay mucha fuerza en esta marca (muy bien reflejada en la etiqueta), y la idea es que los vinos causen el mismo impacto. En este blend se combinan los dos cepajes emblemáticos de Saint Emilion (Burdeos, Francia) para dar un vino fresco y amable, de trago fluido y con un carácter bien afrutado, con leves dejos especiados. Ideal para juntada de muchos amigos. Puntos: 88

Malbecaster Pink Flood 2019

Malbecaster, Tunuyán, Valle de Uco $450

Juanchi Baleirón se ha metido de lleno en el mundo del vino con la misma pasión que demuestra con su música. Y la evolución de este rosado es notable, con su inconfundible etiqueta De aspecto tenue, bien a la moda, aromas agradables y bien de Malbec rosé. Con fuerza y vivacidad, buen volumen, paladar franco, con frutas rojas. Expresivo y equilibrado, para disfrutar escuchando buena música. Puntos: 89

Trapiche Perfiles Calcáreo Malbec 2017

Bodega Trapiche, Gualtallary, Valle de Uco $670

Se nota la mano y el estilo de una línea, aunque los aromas son más austeros. Hay algo de frutas rojas y suaves ahumados. De paladar refrescante, con buena fluidez y un carácter más compacto. Si bien habla la madera en el final de boca, gana la fruta roja y fresca, y en su final se aprecian muy bien sus texturas vibrantes y finas; típicas de suelos calcáreos, y que sugieren un buen potencial de guarda. Puntos: 90,5

Saint Felicien Orgánico Malbec 2017

Bodega Catena Zapata, Mendoza $700

Esta marca y esta etiqueta ya lo dice todo. A pesar de no ser certificado, el concepto es volver a hacer los vinos como antes, con pocas curaciones en los viñedos y solo con caldo bordelés (natural). Sus aromas son intensos, a frutas rojas y negras frescas, con buen volumen y frescura. Es un Malbec de ataque, pero sin profundidad, eso lo hace más vivaz, e invita a seguir tomando. Puntos: 89

Nieto Senetiner Bonarda Trilogía Tupungato 2018

Bodega Nieto Senetiner, Tupungato, Valle de Uco $700

El enólogo Roberto González es, sin dudas, quién más conoce a esta variedad, y lo demuestra con esta flamante línea. Este es fiel al Valle de Uco y al cepaje. De buen volumen, con músculo y carácter frutal, y la madera que se siente, pero integrada. Trago fluido y mordiente, fresco y con algo de calidez en mensaje frutal, con el típico dejo vegetal. Es amable, y asoman confituras y ahumados sobre el final. Puntos: 90,5

Emma Zuccardi Bonarda Argentina 2017

Zuccardi Valle de Uco, Valle de Uco, Mendoza

Este Bonarda además de innovador marca un nuevo camino para el cepaje. De aromas expresivos y bue volumen, paladar franco y mordiente, con ese carácter de montaña que Sebastián Zuccardi está imprimiendo en sus vinos de Uco. Bien apoyado en sus texturas vibrantes finas, con fluidez y dejos herbales que asoman sutiles sobre las frutas negras. Tiene frescura y potencia como para evolucionar bien. Puntos: 91,5

Edad Media Blanco 2018

Altar Uco, Tupungato, Valle de Uco $1600

Juampi Michelini cree en que el paso del tiempo lo puede ayudar a crear vinos únicos, vinos de quietud, protegidos por el velo de flor. Así lo demuestra con este blend de Chardonnay, Semillón (20%) y Chenin (10%), de aromas maduros y complejos. Hay algo rústico de elaboración en su paso por boca, pero se nota que fue buscado. Paladar franco, con buen volumen y muy apoyado en su tensión. Puntos: 92

Familia Mastrantonio 2017

Bodega Familia Mastrantonio, Gualtallary, Valle de Uco $2200

Diego Mastrantonio refleja a esos empresarios que soñaron alguna vez con ser bodegueros, y lograron hacerlo realidad. A partir de un blend que nace en el viñedo; porque las uvas Malbec (83%) y Petit Verdot (17%) se cosechan juntas y co-fermentan en bodega; logra su vino ícono desde 2015. Es un tinto con fuerza y un carácter de frutas negras y especias, con dejos herbales. Puntos: 93

Casa Petrini Imán Malbec 2016

Casa Petrini, Tupungato, Valle de Uco $3000

La evolución del Malbec solo puede llegar gracias a la precisión, pero más que en bodega en los viñedos. En Casa Petrini descubrieron parcelas con suelos de rocas volcánicas con propiedades magnéticas, y de ahí surge esta etiqueta que se convirtió en su vino ícono. De aromas delicados y austeros, con buena fluidez, bastante vertical, pero a la vez elegante. Llena la boca con gracia y definición. Puntos: 93,5

Fabricio Portelli es sommelier argentino y experto en vinos

Twitter: @FabriPortelli

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