La razón por la que los chatbots generan una sensación de intimidad difícil de ignorar

Voces cálidas, mensajes en primera persona y sistemas que recuerdan preferencias son decisiones de diseño deliberadas que, según especialistas, activan instintos de apego sin que medie reciprocidad real

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Ilustración de una persona mirando una pantalla, un robot blanco con cabeza esférica y una burbuja de diálogo, líneas azules onduladas detrás del robot.
En una columna en Psychology Today, el académico afirma que estas interacciones operan como una simulación social y que el lenguaje cambia expectativas, al omitir paciencia, riesgo y transformación mutua (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las conversaciones con IA pueden parecer un intercambio genuino, pero operan como una simulación social que puede desdibujar qué distingue a una conversación humana. En una columna publicada por Psychology Today, el profesor Matt Johnson de Hult International Business School en San Francisco advierte que ese desplazamiento afecta el lenguaje, la intimidad y la idea misma de vínculo.

Para desarrollar su argumento, Johnson recurre a una imagen de la televisión de los años 50: el ingeniero de sonido de CBS Charley Douglass creó la “laff box”, una máquina con risas grabadas que buscaba inducir en el espectador la sensación de ver una comedia acompañado. La pista de risas, explica, imitaba una situación social para provocar una conducta.

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La eficacia de ese recurso le sirve para plantear un punto más inquietante: una simulación “vacía” puede generar una respuesta humana sin la experiencia que, en teoría, le da sentido. En ese marco, cita a la socióloga Sherry Turkle: “La tecnología puede permitirnos olvidar lo que sabemos sobre la vida”, y remarca que reír en soledad frente a risas pregrabadas no equivale a reír con otros.

Ese ejemplo, añade, parece menor hasta que se traslada al terreno de los chatbots. Johnson advierte que se usa con facilidad la palabra “conversación” para describir esas interacciones porque así se perciben en la superficie, pero el riesgo está en perder de vista qué significa conversar. También afirma que, por su historia evolutiva en comunidades pequeñas, las personas no siempre distinguen con claridad entre lo real y una simulación persuasiva.

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Por último, señala que la tendencia a antropomorfizar opera de manera constante y que los productos de IA actuales ya no ofrecen señales débiles, sino sistemas más refinados. En ese punto, cita a la autora Nathalie Nahai —especialista en interfaces humano-tecnológicas— para explicar que estos sistemas pueden cultivar una falsa intimidad a través de decisiones de diseño deliberadas.

Diseño que activa apego

Tres personas conversan en un lado, mientras una persona interactúa con un robot chatbot que muestra burbujas de diálogo y una tablet en el otro lado.
La especialista Nathalie Nahai sostiene que voces cálidas, mascotas amables y frases en primera persona son elecciones deliberadas que buscan activar apego y cuidado, aunque esa afinidad no implica reciprocidad (Imagen Ilustrativa Infobae)

Nahai enumera voces cálidas, mascotas de rasgos suaves, mensajes en primera persona y fórmulas como “¿Cómo puedo ayudarte hoy?”. También menciona sistemas que recuerdan preferencias y no presionan, recursos que activan instintos de apego y cuidado.

De acuerdo con Psychology Today, la calidez que algunas personas sienten hacia Claude o ChatGPT, e incluso la impresión extraña de hablar con una criatura consciente, nace de esas elecciones de diseño. La afinidad, en ese marco, no aparece sola ni prueba reciprocidad.

Johnson subraya que ni siquiera los expertos están a salvo de ese efecto. Nahai cuenta que evita a propósito las funciones de voz de los chatbots, no por ignorancia, sino por entender exactamente cómo buscan provocar determinadas respuestas.

“Puedo saber en un nivel que esto está diseñado para provocar ciertas respuestas”, dice ella. “Puedo mantener eso en mi mente y, al mismo tiempo, dejarme seducir”.

Lo que una persona sí devuelve

Frente a eso, Johnson opone una idea de conversación real menos cómoda y más exigente. Las otras personas tienen su propio mundo, su propia mirada y una forma de ser que puede resultar incómoda o frustrante, pero justo ahí aparece la posibilidad de descubrir cómo se ve el mundo desde fuera de uno mismo.

Esa diferencia, sostiene, no obstaculiza la relación, sino que la constituye. Cita a los psicólogos Arthur Aron y Elaine Aron, quienes durante décadas estudiaron la teoría de la autoexpansión, según la cual los vínculos cercanos nos hacen crecer porque nos exponen a perspectivas y modos de pensar que no encontraríamos solos.

Desde esa lógica, un chatbot que coincide con todo puede resultar agradable, pero no puede ampliar a la persona que lo usa. La conversación humana, en cambio, transforma porque enfrenta a cada uno con una interioridad ajena.

Johnson amplía el argumento y dice que no solo nos moldean los mundos internos de otros, sino que también nosotros moldeamos los suyos. Una persona puede llegar a importarle a otra, mientras que a la IA, afirma, nunca podremos importarle.

Para apoyar ese punto, cita al psicólogo organizacional Adam Grant, quien ha planteado que uno de los motivos humanos más hondos es importar, sentir que se agrega valor a la vida de los demás. “No importa cuán buenos se vuelvan los grandes modelos de lenguaje para simular el cuidado, nunca sustituirán las relaciones reales, porque no tienen necesidades que atender”.

Mano humana y mano de robot blanco con articulaciones azules se tocan con un haz de luz brillante. El robot tiene un rostro digital sonriente.
Una simulación persuasiva despierta cercanía aparente y pone en juego algo más profundo que el simple intercambio (Imagen Ilustrativa Infobae)

El riesgo de llamar conversación a la simulación

El artículo añade que las conversaciones humanas tienen consecuencias reales. Lo que una persona dice puede mejorarle el día, la semana o el año a otra, o puede romper el vínculo, y esa vulnerabilidad forma parte del peso de la conexión.

Johnson prevé que los sistemas de IA serán cada vez más convincentes, con voces más cálidas y respuestas más matizadas. Por eso pide resistirse a tratarlos como compañeros genuinos, no porque carezcan de utilidad, sino porque el lenguaje modifica las expectativas.

Si a ese intercambio se lo llama conversación, argumenta en Psychology Today, se empieza a olvidar que conversar exige paciencia, riesgo y la conformación mutua de dos mundos internos. Si se lo llama compañerismo, también se desdibuja que un compañero debe poder ser alterado por nuestra presencia.

La columna cierra con una defensa de la conversación humana como algo que no debe optimizarse como si fuera un problema técnico. Johnson plantea que vale la pena resguardar esa idea precisamente ahora, cuando las simulaciones ya son lo bastante convincentes como para hacernos olvidar qué requiere un contacto genuino.

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