
Muchas veces no estamos abiertos a escuchar las opiniones contrarias, pese a que casi nunca podemos quedar indiferentes. Esto se ha demostrado con el último estudio de neurociencia realizado por Francisco Campos, investigador principal del Grupo Neurociencia del Bienestar de la Universidad de Sevilla, en 2025 y publicado en The Conversation. Su trabajo apunta a que ese el desacuerdo con los juicios opuestos no se originan por cuestiones culturales o personales, sino que existirían razones biológicas que impedirían la aceptación de los puntos de vista contrarios a los nuestros.
De esta manera, oír una propuesta opuesta desencadena una red de estructuras cerebrales responsables de detectar incongruencias y regular emociones, lo que complica la integración de puntos de vista diferentes. Esta misma reacción la analizó un estudio de 2021 dirigido por Joy Hirsch y publicado en Frontiers in Human Neuroscience. Los científicos de la Universidad de Yale inspeccionaron la actividad cerebral de 38 adultos durante debates sobre temas controvertidos.
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Para ello, emplearon una espectroscopia funcional por infrarrojo cercano, con el que se pudo observar una mayor actividad en el córtex prefrontal dorsolateral, además de un giro supramarginal izquierdo y la corteza temporal superior del cerebro. Todas ellas, áreas asociadas a la regulación de la conducta y percepción social. Frente a esta cuestión, en el estudio de Campos se detallan algunas recomendaciones para aprender a escuchar de manera sana.

“Rara vez cambian de opinión solo por oír un argumento lógico que contradice sus ideas”
Durante la confrontación de ideas, la corteza cingulada anterior (CCA) funciona como un radar que detecta inconsistencias entre expectativas y realidad. Según el informe institucional de la Universidad de Sevilla, esta región se activa no solo ante conflictos cognitivos, sino también en situaciones de dolor físico o social. Asimismo, la amígdala y la ínsula participan en la identificación de amenazas y la percepción de incomodidad, lo que explica sensaciones físicas como el nudo en el estómago o la tensión muscular. Por ello, los expertos de Sevilla señalan que este patrón automático responde a mecanismos evolutivos, donde la defensa de la identidad y el grupo resultó esencial para la supervivencia en contextos sociales hostiles.
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A este circuito se suma el papel de la corteza prefrontal dorsolateral, que permite planificar respuestas y sopesar alternativas. Sin embargo, mantener en mente dos modelos mentales opuestos exige un alto consumo de recursos energéticos y genera fatiga. El fenómeno conocido como disonancia cognitiva surge cuando una información desafía la visión propia del mundo, generando malestar. Según el equipo de la Universidad de Sevilla, “las personas rara vez cambian de opinión solo por oír un argumento lógico que contradice sus ideas previas”.
Del mismo modo, se amplifica la dificultad de aceptar otras perspectivas cuando nos encontramos en un ambiente social afín al nuestro. De hecho, muchas creencias forman parte de la identidad colectiva a la que se pertenece, por lo que modificarlas puede suponer un riesgo de exclusión o pérdida de estatus. Ante ello, el cerebro se orienta para evitar amenazas a través de una defensa automática y el cierre ante el disenso. Además, el tono de voz, la velocidad al hablar y la energía acústica aumentan durante la discrepancia, lo que incrementa la tensión en el intercambio.
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En este sentido, el estudio llevado a cabo por la Universidad de Yale establece que en situaciones de acuerdo, los cerebros de las personas tienden a sincronizarse, lo que facilita la comprensión y la empatía. El desacuerdo, en contraste, dispersa esa sincronía y dificulta la conexión emocional.
Cómo tener una conversación sin perder los papeles
Cuando nos introducimos en un debate acalorado, el estrés hace que el sistema nervioso opere en modo de alerta, lo que disminuye la capacidad de regulación de emociones y, por tanto, la calma. Esto puede terminar incluso bloqueando la comunicación. Por lo que, el estudio llevado a cabo por la Universidad de Sevilla recomienda la escucha activa y calmada para mejorar la toma de decisiones y fortalecer el liderazgo.
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La neurociencia ha demostrado que las redes cerebrales involucradas en el conflicto presentan plasticidad, lo que permite modificarlas mediante experiencia y entrenamiento. Entre las herramientas validadas, destacan el mindfulness -técnica de meditación- y el biofeedback -técnica terapéutica-. La primera práctica modula la actividad en regiones asociadas a la regulación emocional y la flexibilidad cognitiva. Algo que contribuye a pausar la mente antes de responder y a gestionar conversaciones difíciles con mayor claridad.
Igualmente, reconocer la reacción emocional automática permite gestionar los impulsos y evitar respuestas reactivas. Alternar los turnos de palabra, como en los debates formales, reduce la ansiedad y da espacio para procesar el punto de vista ajeno. Además, practicar la empatía activa y prestar atención a las señales no verbales, como el lenguaje corporal y el tono de voz, ayuda a captar matices emocionales y suavizar la confrontación. Por su parte, la autorregulación emocional, como tomarse un respiro cuando se percibe un aumento en la intensidad de la voz o los gestos, acaba siendo fundamental para mantener el propósito constructivo de la conversación. Con estos consejos, Campos sostiene que la clave no radica en eliminar la incomodidad ante el desacuerdo, sino en aprender a regularla para evitar el rechazo automático.
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