
Fue el tercero de los cinco hijos del primer matrimonio de Lilia (56) y Carlos Arturo Bartlett (65), pero por ser el primer varón llevaba el nombre de pila de su papá: Carlos Andrés Bartlett tenía 37 años cuando la madrugada del domingo falleció en circunstancias sospechosas: la autopsia diría que fue un paro cardiorrespiratorio no traumático, pero la Justicia no está convencida de qué lo provocó.
Minutos antes de perder la vida, videos de las cámaras de seguridad de Goya, en la provincia de Corrientes, lo muestran a Andrés con un pico de exaltación. Tenía al menos una cuchilla en la mano, su torso estaba desnudo y cursaba otra crisis a causa de su adicción a las drogas y su diagnóstico de trastorno bipolar. Pero las imágenes evidenciaron algo más: un patrullero lo atropelló varias veces.
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La Justicia sospecha sobre las circunstancias de la muerte de Bartlett: la fiscal de Goya María Eugenia Ballará no está convencida de la versión oficial que indica que falleció en la ambulancia camino al hospital. Mientras aguarda las pericias y los resultados del estudio complementario a la autopsia, tiene en la mira a dos policías. Los que conducían el patrullero en cuestión.
Por lo pronto, los dos sospechosos están presos por decisión de Asuntos Internos del Ministerio de Seguridad de Corrientes, que les abrió un sumario administrativo y se sospecha que los echará de la fuerza por la mala conducta. Son el sargento primero Santiago Molina y el cabo Sergio Maciel. Mientras tanto, Leandro Bartlett, el hermano de menor de Andrés, habló con Infobae, contó como está su familia y dio detalles de la historia de la víctima.
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“Estamos destrozados, no podemos dormir. Estamos mal anímica y físicamente. Lloramos cada vez que vemos las imágenes. Estamos indignados, tenemos rabia y dolor”, resumió Leandro el dolor por la muerte de Andrés y explicó que todos los policías de Goya lo conocían porque su familia es la proveedora de la comida de los presos de las comisarías de la ciudad y la víctima trabajaba en el emprendimiento familiar.
Además, también lo conocían los policías a Andrés por sus problemas derivados del consumo de estupefacientes, una problemática que arrastraba desde la adolescencia. Incluso estuvo internado en Buenos Aires y en la ciudad de Corrientes para tratamientos, pero fue en vano.
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“Los policías sabían quién era. Hay un chat con un primo que le contaba que lo violentaron en la pandemia cuando fue a comprar medicamentos. Sufría violencia de parte de la Policía porque era fuerte y, si estaba fuera de sí, les costaba controlarlo”, recordó Leandro.
La lucha de la familia Bartlett por el consumo problemático de estupefacientes de Andrés comenzó cuando él tenía unos 14 años. Fue su padre quien descubrió lo que sucedía e intentó ayudarlo: “Cuando era joven fue a Buenos Aires, a pasar un tiempo en terapia en una fundación. Cuando volvió se dedicó a trabajar con la familia, era muy trabajador, pero no éramos consciente de la bipolaridad y él tenía altos y bajos. Hasta que tocó fondo con el consumo”, detalló Leandro.
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Y siguió: “Sus problemas con la droga fueron mucho antes de que le diagnosticaran el trastorno bipolar. Siempre fue adicto a todo, a la computadora y los jueguitos, al alcohol, el tabaco y las drogas, al juego... Si era adictivo, él terminaba cayendo”.
Su hermano menor desconoce qué tipo de estupefacientes consumía Andrés, pero bien recuerda cómo hace unos tres años lograron declararlo insano y lo llevaron a la ciudad de Corrientes para un tratamiento: “Estuvo siete meses en una institución privada y lo ayudaron a desintoxicarse, pero se escapó y no sabemos cómo volvió a Goya. No quería estar allí, tampoco ayuda. Estaba incontrolable. Mi padre entonces decidió que se quede con él para atenderlo y le dio trabajo”.
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Sin haber terminado el secundario y con varios fallidos para completarlo en la escuela nocturna, el trabajo en la empresa de eventos y de catering familiar lo mantenía ocupado. Incluso, decidió invertir en una plantación de zapallitos con uno de sus primos, pero no le fue bien.
“El último tiempo estaba bien, durante la semana trabajaba, aunque con diferencias porque era contrero. Y los fines de semana salía y desaparecía. Papá sabía que estaba consumiendo”, se lamentó Leandro.
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También lo hizo por los vínculos que perdió su hermano en el camino de las drogas. Andrés era papá de cinco varones de cuatro parejas diferentes.
Al primero, de 15, no lo podía ver, porque la madre se lo llevó a Mar del Plata para alejarlo de la problemática del padre.
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“Ella eligió que la vida de su hijo sea sana. Era desgarrador para él: su primer hijo era lo que más le dolía. Viajó a reencontrarse, pero la mamá no se lo permitió”, contó Leandro, quien tiene además sobrinos mellizos de 3 años a los que su hermano veía, tanto así como al más chico de sus hijos, de dos años: “Él estaba presente y los ayudaba económicamente, siempre que se lo permitieran”.
Entre medio de los mellizos y el menor, nació otro niño, pero la mamá del bebé decidió tener sola y Andrés no conocía a ese hijo.
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