
En octubre del año pasado, en la sucursal de la empresa de encomiendas Fedex del barrio porteño de Belgrano, los perros de la Administración General de Aduanas detectaron 1,3 kilos de cocaína que estaba a punto de ser enviados fuera del país bajo un llamativo método: se encontraban oculto en el interior de calefón. El destino final del cargamento era Australia, un país que en el último tiempo se convirtió en uno de los más elegidos por traficantes, dado el alto margen de ganancia-
Fue por eso que se inició una rápida investigación, en conjunto con la Policía Federal (PFA) que permitió la captura de tres personas que se dedicaban a traficar cocaína desde Argentina hacia territorio australiano, cuyo modus operandi era esconder el polvo en artefactos tecnológicos y apelar a la vía del courier para hacer llegar la mercadería a sus clientes.
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Según confirmaron fuentes de la investigación a Infobae, el calefón arrojó imágenes sospechosas al pasar por el escáner, por lo cual una unidad K-9 de la Aduana se hizo presente en la sucursal y descubrió que en el interior estaba la sustancia. El can aduanero reaccionó ante la encomienda y una orden judicial se abrió el artefacto y se constató la droga en su interior.

De inmediato, la Aduana se puso en contacto con la Superintendencia de Drogas Peligrosas de la PFA para avanzar en la investigación y con la autorización del Juzgado Nacional en lo Penal Economico Nº9, a cargo de Javier López Biscayart, se realizaron escucha de dos líneas telefónicas, una de las cuales estaba declarada como número de contacto en la encomienda. El monitoreo de llamadas permitió identificar a una ciudadana de origen boliviano de 36 años como responsable del envío y obtener su domicilio. Su nombre era Claudia Ino Suárez.
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Pero no fue lo único. Descubrieron que, supuestamente, Claudia planeaba otra maniobra similar: una encomienda con una máquina de humo para fiestas con el mismo destino; Australia. De acuerdo con las fuentes consultadas por este medio, con los listados de llamadas entrantes y salientes de la sospechosa, se logró triangular los lugares donde solía moverse, incluido el domicilio. Era cuestión de tiempo para llevar a cabo el arresto.
Con paciencia, los detectives esperaron a que la mujer concretara el nuevo envío. Fue el 22 de noviembre siguiente, aunque esta vez el lugar elegido para enviar la droga fue una sucursal de la empresa de logística DHL, ubicada en la avenida Independencia al 1800, en el barrio porteño de Monserrat. La diferencia es que ahora la sospechosa era observada de lejos por los investigadores, quienes aprovecharon para tomar fotografías y filmar el momento en que entraba y salía del local de envíos.
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Ino Suárez no estaba sola. En todo momento estuvo acompañada por su pareja, un hombre al que después identificaron como Jaime Alejandro Mendoza Justiniano, también nacido en Bolivia.
Por orden judicial, se procedió a abrir la encomienda por parte del personal de la Aduana, una vez que la sospechosa y su novio abandonaron el local de envíos. Dentro de la máquina de humo hallaron 1.100 gramos de cocaína. Restaba únicamente detener a los sospechosos.
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Casi en paralelo, los detectives de la Federal siguieron a la pareja por territorio porteño y el conurbano bonaerense. Fue así que descubrieron que Ino Suárez y Mendoza Justiniano vivían en la calle Justo Daract al 146, de la localidad bonaerense de Moreno, y con la firma del juez, pudieron detenerlos.
La investigación, sin embargo, continuó. Luego, nuevas escuchas telefónicas ordenadas por la Justicia revelaron que la mujer tenía pendiente la recepción de una encomienda interna, proveniente de la provincia de Misiones, dirigida al domicilio de Moreno. Con ese dato, personal de la Aduana y agentes de la Superintendencia de Drogas Peligrosas de la Policía Federal se presentaron en la sede de la firma de logística a cargo del envío y pasaron por escáner el paquete. Al igual que los anteriores, observó inconsistencias en su textura y densidad.
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Nuevamente, apelaron un can de la Policía, que comenzó a mostrarse inquieto, por lo que se reforzó la hipótesis de que podía haber estupefacientes en el interior. El animal no se equivocó y con la autorización del juzgado, el paquete sospechoso se abrió y confirmaron la sospecha: en su interior había dos reflectores con 831 gramos de cocaína.
Como el remitente del paquete tenía domicilio en Bernardo de Irigoyen, una ciudad en Misiones ubicada en la frontera con Brasil, la Justicia ordenó dar con el paradero de la persona registrada en el envío. Se trataba de un ciudadano argentino, cuya identidad no trascendió. Gracias a tareas investigativas, se descubrió que el hombre estaba vinculado a dos causas penales por contrabando de drogas y que tenía relación a la causa del calefón que se había iniciado en octubre.
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En los operativos incautaron además de la droga y los artefactos, 60.000 pesos en efectivo, tres celulares y elementos de valor para la causa.

La elección de Australia como destino para la droga no es casual. Según las fuentes, la Dirección General de Aduanas identificó que la ruta hacia ese país es especialmente atractiva para el narcotráfico, ya que en ese territorio oceánico la cocaína es más cara que en cualquier otro lugar del mundo. Así, mientras que, en la Argentina, un kilogramo puede venderse en cerca de 2 mil dólares, su valor asciende a USD 270 mil al ingresar en ese mercado. Es decir, 135 veces más. Un negocio claramente lucrativo.
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En todo 2022, según números oficiales, la Aduana argentina incautó otros 15 envíos, al menos 22,4 kilos, disimulados en envíos tipo courier o postales en formas muy creativas: tapas y contratapas de libros, en mangos plásticos de utensilios y doble fondos de marcos de cuadros, impregnada en ropa o hasta dentro de un calefón.
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