Nadia Espíndola es misionera y desde hace tres meses trabaja para una empresa de transportes argentina. Antes, se había desempeñado en una compañía brasileña, que la llevó a transitar distintas rutas del Mercosur (Video gentileza: IG @nadiaespindolaok)
A los 27 años, Nadia Espíndola ya conoce gran parte de Sudamérica desde una perspectiva que pocos tienen: la del parabrisas de un camión. Nacida en Campo Viera, Misiones, trabaja como camionera y pasa la mayor parte de su vida recorriendo rutas de Argentina. Hoy, realiza trayectos desde Entre Ríos hasta el yacimiento petrolífero de Vaca Muerta con cargas de piedras y arena. Pero conseguir trabajo en nuestro país no le resultó nada fácil.
“Es uno de los rubros más masculinizados del mercado laboral. Después de enfrentar rechazos, prejuicios y la falta de confianza de las empresas locales pude obtener mi primer contrato recién hace tres meses”, admitió Nadia en diálogo con Infobae, quien venía de trabajar como camionera internacional -desde 2024- para una compañía brasileña.
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Esa experiencia la llevó a recorrer los países del Mercosur y a ausentarse de su hogar durante meses. Rápidamente se adaptó a dormir en estaciones de servicio, playas de estacionamiento para camiones o aduanas. Así, lo que para muchos puede parecer una aventura permanente, para ella es una forma de vida marcada por la distancia, el sacrificio y los cambios constantes. “El camión es mi casa”, resumió.

A lo largo de su carrera transportó mercaderías muy diversas. Dependiendo de la demanda y de la disponibilidad, trasladó desde productos alimenticios hasta insumos industriales. “Mi especialidad siempre fueron las cargas refrigeradas. Pero ahora estoy manejando un Scania 420 con batea”, explicó el semirremolque que maneja, que cuenta con un sistema hidráulico de vuelco trasero para descargar materiales sueltos a granel por gravedad.
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Actualmente, Nadia trabaja para una empresa que presta servicios logísticos para YPF. Transporta materiales desde una cantera de Ibicuy, en Entre Ríos, hasta Añelo, en Vaca Muerta. Sus jornadas pueden extenderse hasta 12 horas de manejo por día y le permiten recorrer entre 16.000 y 20.000 kilómetros mensuales, una exigencia muy superior a la que tenía cuando realizaba transporte internacional por Brasil, Chile y Uruguay. “Antes, hacía entre 5.000 y 10.000 kilómetros por mes”, comparó.
Sin embargo, no se queja y agradece poder estar más cerca de su familia: “Por cada mes trabajado me dan 5 días libres. Eso me posibilita organizar mis tiempos y pasar más días con ellos”.
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Su vida antes de ser camionera
“Antes de ser camionera trabajé de todo lo que te puedas imaginar. Fui niñera, empleada doméstica, trabajé en restaurantes”, recordó Nadia, quien contó que su acercamiento al mundo del transporte llegó de la mano de su exnovio, que es camionero. Cuando se fueron a vivir juntos, comenzó a acompañarlo en los viajes por todo el país.
“Nos íbamos todo el mes juntos. Hacíamos toda la Argentina y viajábamos prácticamente todo el día. Me enseñó a manejar, saqué el carnet profesional y después nos turnábamos. Yo manejaba de día y él de noche”, relató.
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Tenía apenas 23 años cuando comenzó a familiarizarse con las rutas, los camiones y la vida sobre ruedas. Y lo que empezó como una ayuda ocasional terminó convirtiéndose en una verdadera pasión.

La separación de su pareja marcó un punto de inflexión. Nadia decidió que quería seguir en en el rubro, pero se encontró con una barrera inesperada. “Empecé a buscar trabajo en Argentina y nadie me abrió las puertas. Ningún transporte. Todos me pedían experiencia, como si tuviera que tener doscientos años manejando”, recordó.
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Ante la falta de oportunidades, volvió a trabajar en gastronomía. Se trasladó a Brasil y consiguió empleo en un restaurante. Sin embargo, nunca abandonó la idea de convertirse en camionera profesional. “Seguía mandando currículums acá en Argentina, pero nada. No conseguía nada”, contó.
Entonces ocurrió un hecho que cambió su vida para siempre: la muerte de su padre. “En noviembre de 2023 falleció mi papá. Tuve que volver a Misiones para despedirlo y creo que ahí empezó todo. Me cambió la vida”, admitió.
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Ese dolor profundo terminó convirtiéndose en un motor para enfrentar sus miedos: “Le perdí el miedo a todo. Si había superado eso, sentía que podía enfrentar cualquier cosa”.

La primera oportunidad llegó desde Brasil
Poco después, regresó a Santa Catarina y tomó una decisión que cambiaría su destino. Fue personalmente a una empresa de transporte brasileña para pedir trabajo. “En Brasil me abrieron las puertas enseguida”, señaló sobre sus comienzos. Y aunque en esa firma ya trabajaban otras mujeres, Nadia era la más joven del equipo.
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El desafío llegó de inmediato. El mismo día que la aceptaron le asignaron un camión y una misión. “Me dijeron que a la tarde ya salía para Concordia, en Brasil, y de ahí cargaba para Chile. Jamás en mi vida había realizado un recorrido semejante sin compañía. Pero no tuve medio. La muerte de mi papá me hizo más fuerte”, remarcó.
Aquellos primeros kilómetros estuvieron llenos de aprendizaje. Todavía había maniobras que no dominaba completamente y no tuvo reparos en reconocerlo. “Le avisé a la empresa que había cosas que todavía estaba aprendiendo. Me dijeron: ‘No hay problema, vas a aprender trabajando’”, recordó.
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Cuando llegó a cargar por primera vez, los operarios se ofrecieron a ayudarla:“Les dije que no. Que quería aprender. No me importaba demorar una hora. No tengo vergüenza. Quiero aprender”.
Esa actitud terminó siendo una de sus mayores fortalezas: “Si me equivoco de ruta, doy la vuelta. Si no sé algo, pregunto. Nadie me va a matar por eso”.
La vida en la ruta
Durante casi un año, Nadia conoció ciudades, rutas y culturas diferentes. También descubrió el costado más solitario de la profesión. Al principio, los viajes eran más largos en distancia y atravesaban distintos países, pero también incluían muchas horas de espera en fronteras, aduanas y puntos de carga y descarga. Eso le permitía disponer de tiempo libre para recorrer ciudades y conocer lugares nuevos. “En el Mercosur conocí muchísimo. En Uruguay, Chile, Brasil. Me bajaba y recorría. Era como trabajo y vacaciones”, aseguró.
Hoy, la cabina del camión es mucho más que un lugar de trabajo. Es el espacio donde pasa gran parte de su vida. “Yo la ordeno como una casa”.
Aunque no le gustan los adornos colgantes típicos de muchos camioneros, sí personaliza su espacio. “Tengo alfombra toda rosa, obvio”, contó entre risas. La cama, la heladera y los pequeños detalles convierten al camión en su hogar temporal durante semanas enteras. Allí come, descansa y pasa gran parte de sus días.
Entre miles de kilómetros recorridos, Nadia acumula anécdotas de todo tipo. Una de las que más recuerda ocurrió durante una madrugada en Brasil mientras viajaba hacia Curitiba. Según relató, eran alrededor de las tres y media de la mañana cuando observó algo que todavía hoy le genera dudas. “Veo un nene de unos tres o cuatro años con una bicicleta al costado de la ruta. No había casas, no había otra persona, no había nadie”, recordó.
La situación la desconcertó porque se encontraba en una zona completamente aislada. “Dije: ‘No voy a mirar para el costado’. Se te vienen miles de cosas a la mente”, relató entre risas. Pero más allá de lo paranormal, reconoció que el cansancio y las largas horas al volante, a veces, pueden generar situaciones extrañas o confusiones visuales.

Dejando de lado estas situaciones puntuales, Nadia aseguró que el mayor desafío no son los fantasmas ni las historias de carretera, sino los riesgos permanentes del tránsito. “Siempre tenés que estar muy atento. Los autos salen de la nada para pasarse y vos tenés que tirarte para afuera porque vas a matar a alguien o te matan a vos”, explicó.
La responsabilidad es enorme: un camión cargado puede transportar entre 20 y 40 toneladas, por lo que cualquier error puede tener consecuencias graves.
La recompensa y sus planes a futuro
Lejos de romantizar su rutina, Nadia reconoce que la profesión que eligió también implica resignar momentos familiares que no vuelven. “Te perdés las fiestas, cumpleaños, todo. No hay planes. Es solamente el camión y tu compañía es el celular. Las relaciones sociales son virtuales”, afirmó.
Nadia también reconoció que la profesión le permitió mejorar notablemente su situación económica: “Gano tres veces más que en mi anterior trabajo, cuando trabajaba en gastronomía”.

Sin embargo, el dinero tiene un costo. “No quiero pasar toda mi vida trabajando así y perdiéndome de mi familia”, dijo al hacer hincapié en que la soledad es uno de los aspectos más duros de la actividad.
A los 27 años, Nadia Espíndola ya rompió varias barreras. Logró ingresar a un sector que durante décadas estuvo reservado casi exclusivamente para hombres, atravesó miles de kilómetros por Sudamérica y convirtió una oportunidad negada en Argentina en una carrera profesional exitosa. Ahora apunta todavía más alto.
Porque para ella, el camión que conduce hoy no representa la llegada a la meta. Apenas es el primer paso hacia un sueño mucho más grande. Y está convencida de que, tarde o temprano, llegará: “Siempre soñé con tener una empresa de transporte y mi propia flota de camiones”.
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