
Durante nueve años, el secreto permaneció enterrado junto a los cuerpos. En San Andrés de Giles, vecinos, familiares y amigos creyeron que Luis Fernando Iribarren había quedado solo porque sus padres y sus hermanos habían huido a Paraguay escapando de una supuesta deuda. Nadie sospechaba que aquella historia era una mentira construida por el propio asesino.
Recién en 1995, tras el crimen de su tía Alcira Iribarren, el hombre rompió el silencio y confesó no uno, sino cinco asesinatos: reveló que en 1986 había matado a balazos a sus padres, Luis y Marta, y a sus hermanos Marcelo y María Cecilia, cuyos cuerpos permanecían ocultos en un campo familiar de Tuyutí. El hallazgo de los restos confirmó una de las historias criminales más estremecedoras de la Argentina.
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Siete años después, el 21 de agosto de 2002, la Sala III de la Cámara de Apelaciones y Garantías de Mercedes condenó a Luis Fernando Iribarren, conocido desde entonces como el “Carnicero de San Andrés de Giles”, a reclusión perpetua por el quíntuple homicidio.

La mentira que se creyó todo un pueblo
En San Andrés de Giles todos se conocían. En los años setenta y ochenta, la vida giraba alrededor del campo, las escuelas rurales y los vínculos familiares que atravesaban generaciones enteras. Por eso, cuando Luis Fernando Iribarren aseguró, en 2017, que sus padres y sus hermanos habían abandonado el país para escapar de acreedores y usureros, la explicación encontró terreno fértil para prosperar.
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“Nadie imaginaba que la familia no estaba en Paraguay. Mucho menos que había sido asesinada y enterrada”, remarcó a Infobae, María Antonia Rodas, quien conoció a los Iribarren desde mucho antes de que el caso llegara a los medios de comunicación.
Socióloga y Licenciada en Ciencias Políticas, vivía en el pueblo y trabajaba en un estudio jurídico donde la familia era cliente y tenía vínculos con varios de sus integrantes.
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Luis Iribarren (padre), a quien todos apodábamos “Lucho”, era productor rural. Su esposa, Marta Langgebein, era maestra rural e hija de una familia tradicional de la zona, también vinculada a la actividad ganadera. Si bien parecían una familia integrada a la vida de la comunidad, quienes los trataban de cerca observaban situaciones extrañas.

“Era una familia muy disfuncional”, afirmó Antonia. Uno de los recuerdos que más la impactó ocurrió cuando debió realizar la certificación de una firma con la abuela paterna de “Lucho”. “La tenían encerrada en una habitación matrimonial, a oscuras. Tenía el pelo larguísimo y las uñas largas. La tenían ahí desde hacía años”, relató.
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Según su recuerdo, otra de las hijas de “Lucho”, llamada María Cecilia, también aparecía muy poco en público. “Creo que la vi una o dos veces en la puerta. No la sacaban nunca a la calle”, enfatizó sobre esa niña que sería recordada como una de las víctimas más conmovedoras de la masacre.
El joven silencioso
Luis Fernando, que se ganó los apodos del “Carnicero de Giles”, había nacido en 1965 en Tuyutí, una zona rural ubicada a unos 20 kilómetros de San Andrés de Giles. Quienes lo conocieron en la infancia no recuerdan a un muchacho violento ni explosivo, sino todo lo contrario.
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“Era introvertido y tenía una interacción muy rara con la gente. Fue compañero de jardín de mi cuñado”, indicó Antonia, quien también recordó que existían comentarios sobre problemas de conducta durante su etapa escolar, aunque nada que permitiera anticipar el horror que ocurriría años después.
Tras una jornada marcada por discusiones laborales, en julio de 1986, Luis asesinó a tiros a sus padres junto a sus hermanos Marcelo, de 15; y María Cecilia, de 9, sin dejar testigos. Según la reconstrucción judicial, utilizó una carabina vizcachera y luego ocultó los cuerpos en un pozo del campo familiar, donde se dedicaban a la cría de chanchos.
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El engaño
Lo que ocurrió después es una de las razones por las que el caso sigue generando fascinación cuarenta años más tarde. Iribarren no huyó, ni abandonó el pueblo. Siguió viviendo allí.
“Él armó el discurso de que los padres se tuvieron que ir de la noche a la mañana a Paraguay porque estaban endeudados y los iban a matar los usureros”, contó. Pero a medida que pasaban los meses, la mentira crecía y crecía.
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“Fabricaba cartas que supuestamente enviaban sus padres desde Paraguay para dárselas a sus tías”, aseguró la mujer sobre esa especie de “prueba de vida” que Luis se encargaba de esparcir por todo el pueblo para que nadie cuestionara demasiado.
La vida después de la masacre y la relación con su tía
Lejos de despertar sospechas, Luis Fernando se casó, tuvo dos hijos y siguió trabajando en el campo familiar. “Continuó con su vida como si nada hubiera pasado. Fue muy hábil. Nunca mostró bronca contra sus padres ni contra sus hermanos”, sostuvo Antonia.
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Para ella, el detalle más perturbador es que nada de lo ocurrido pareció improvisado. “No fue algo impulsivo. Todo estuvo muy planificado”, aseguró. A su juicio, la forma en que ocultó los cuerpos y sostuvo la mentira durante años demuestra una enorme capacidad de manipulación. “Sabía perfectamente lo que hacía”, resumió.
El secreto de la masacre familiar permaneció oculto hasta agosto de 1995. En esa época Luis ya se había separado de su mujer y convivía con su tía paterna, Alcira. “El decía que estaba enferma de cáncer y que la acompañaba a tratamientos médicos y quimioterapias”, manifestó Antonia.
Según la investigación, la asesinó ese mismo año dentro de la vivienda donde ambos residían y enterró el cuerpo en el patio. “Pero esta vez cometió un error. La fosa que hizo en el jardín fue demasiado superficial y el olor nauseabundo de un cadáver no se hizo esperar”, explicó.
Los vecinos comenzaron a preocuparse porque hacía tiempo que no veían a Alcira y, finalmente, llamaron a la policía y a los bomberos. Lo que siguió fue una confesión que dejó paralizado al pueblo. “No sólo reconoció el asesinato de su tía. También reveló que nueve años antes había matado a toda su familia”, recordó.
El hallazgo de los restos y el hombre detrás del monstruo
Tras la confesión, los investigadores se trasladaron al campo familiar. Allí encontraron restos óseos que confirmaron la historia.

“Salí de la pieza, siempre con el arma entre mis manos, cerré la puerta y pasé al dormitorio de mi hermano. A medida que me acercaba, miraba cómo dormía. Recuerdo que le pegué con el cañón del arma en la cabeza. En ese momento, sin pensarlo disparé una vez más. Después de que le pegué el balazo, mi hermano quedó con los ojos abiertos. No sé si se despertó por el ruido o por qué, en ese momento comenzaba a amanecer”, relató Luis al describir cómo mató a su familia.
La noticia provocó una conmoción que todavía persiste en la memoria colectiva de San Andrés de Giles. Entre todos los recuerdos vinculados al caso, hay una frase que María Antonia jamás olvidó: “Los maté de pura rabia”.
Iribarren cumplió gran parte de su condena en la Unidad Penal de Olmos. Estudió abogacía, periodismo y ciencias económicas, además de hacerse conocido en redes sociales usando TikTok.
Para Antonia, uno de los aspectos más controvertidos del caso fueron los beneficios penitenciarios que recibió Iribarren a partir de noviembre de 2021. “Su exesposa y los hijos estaban con miedo, muy asustados”, señaló Antonia al referirse a las salidas transitorias y educativas que le permitían abandonar temporalmente la cárcel.
El temor se profundizó en 2024, cuando el “Carnicero de Giles” aprovechó una salida autorizada para estudiar en La Plata y escapó durante casi once días. “Tras la fuga, la Justicia dispuso una custodia para toda la familia ante el riesgo que implicaba que el múltiple asesino estuviera suelto”, recordó.
Para quienes conocieron a las víctimas, la historia nunca giró alrededor del asesino sino alrededor de una familia a la que nadie pudo despedir. “Lo que más me duele es pensar en ellos. En cómo terminaron. El asesino ya murió, pero el recuerdo de ellos sigue estando entre quienes los conocimos”, concluyó Antonia.
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