
“Hace siete años que pasó ‘esto’ y, a partir de la maternidad y en vistas de que la Justicia no avanzaba con la causa, se despertó en mí una necesidad irrefrenable de terminar con esa parte de mi vida. No desde un lugar de negación, ni de ocultamiento, sino de poder avanzar. La verdad es que, hoy, mi vida no tiene nada que ver con aquello que me pasó”, asegura Manuela Ponz (27) en charla con Infobae.
“Aquello” que le pasó, como le dice ella ahora, sucedió en la madrugada del 18 de abril de 2015 cuando Manuela, que en ese momento tenía 20 años, salió del bar “Mamita”, situado en el barrio de Colegiales, y tomó un taxi para regresar a su casa. En el viaje, que no debía durar más de 15 minutos, se quedó dormida y el chofer, Tito Franklin Escobar Ayllon (51), aprovechó la situación para abusar sexualmente de ella. Al día de hoy, el hombre nacido el 26 de agosto de 1970 en Bolivia, está prófugo.
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Si mira hacia atrás, Manuela jura que le agradece a “yo” de 2015. “Ella me trajo hasta acá”, dice.
La joven, que ahora es mamá de Alfonso (1), trabaja en la Biblioteca del Congreso de la Nación y está a punto de recibirse de abogada en la Universidad de Buenos Aires, acaba de publicar su primer libro: “La mala víctima”. “A mí siempre me ayudó mucho escribir. Desde muy chiquita escribo, lo hacía en un diario íntimo y esto es una especie de diario íntimo”, cuenta Manuela acerca del ejemplar de 94 páginas que presentó el pasado martes 3 de mayo en la Feria del Libro, en compañía de su mamá Adriana Ponz; su marido, Juani Acuña Kunz; sus amigos y sus compañeros de militancia.
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“El libro no habla tanto sobre lo que me pasó ese 18 de abril de 2015, sino más bien sobre que vino después de ser abusada: las respuestas o las falta de respuestas del Estado, el destrato de la Justicia y las pocas herramientas que tenemos las víctimas cuando sufrimos violencia”, cuenta.

Durante muchos años, Manuela dejó de ser Manuela Ponz y pasó a ser “Manuela, la chica abusada por el taxista”. “Había un estigma sobre mi nombre y sobre mi cara imposible de sacar. Me acuerdo de dar notas y que conductores de un noticiero del prime time me dijeran, mirándome a los ojos: ‘A vos te arruinaron la vida, ¿no?’. Es terrible porque no te dejan otro lugar y, además, se te exige que respondas al estándar de buena víctima que propone el sistema patriarcal en el que, si sos violada, no servís más para nada. Es muy injusto porque, además de violarnos y de violentarnos, encima nos dan las pautas de cómo tiene que ser después. Para mí fue un proceso largo entender que ‘eso’, que duró 30 minutos, no podía representarme el resto de mi vida”, apunta Manuela.
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Para salir adelante, además de hacer años de terapia, Manuela dice que se apoyó en su mamá y en sus amigos, “los mismos de toda la vida”. También buscó sostén en la bibliografía: “A mí me a mí me ayudó mucho leer a Virginie Despentes, la autora del libro ‘La Teoría de King Kong’. Ella lo escribió a sus 20 años, después de haber sido víctima de una violación. Lo arranqué dos meses después de lo que me pasó y entendí que lo que me estaba pasando a mí, le pasaba a muchas mujeres. Para mí ese libro fue clave para construir otra imagen de lo que se puede ser después de un abuso sexual, sin quitarle la importancia que tiene”.
Manuela también refiere al acompañamiento que recibió de parte del Estado, “un poco por la notoriedad del caso; y otro poco porque yo era militante”. Wado de Pedro, que en ese momento era Secretario general de la Presidencia de la Nación Argentina, no solo le consiguió una asistencia terapéutica sino que además le dio un botón antipánico.
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“Esos recursos me ayudaron a salir de mi casa porque yo estaba muy triste y deprimida. Los 20 son la edad en la que una tiene que estar saliendo con amigas, divirtiéndose y, lo peor que te puede pasar, es que te rompan el corazón; no todo lo que me estaba pasando a mí. Yo hablaba con gente que conocía y tenía la sensación de que no me creían lo que me había pasado o de que, si me pasó, había sido por mi culpa. Es terrible porque terminás sospechando de vos misma”, recapitula la joven, actual vicepresidenta de la Comisión de Género de la Asociación del Personal Legislativo (APL).

Antes del 18 de abril de 2015, Manuela Ponz estudiaba teatro y Ciencia Política. Después de la violación, cuenta a Infobae, arrancó a estudiar Derecho con la idea de encontrar herramientas “para cambiar un poquito el sistema”. “La carrera me fascinó. Estoy especializándome en Derecho Penal y, si todo sale bien, me recibo el próximo 30 de junio”, dice.
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Acerca de Tito Franklin Escobar Ayllon, “el tipo que me violó”, Manuela sostiene que hay “falta de voluntad en la búsqueda”. También, imagina un posible escenario en caso de que algún día lo encuentren. “Supongamos que queda detenido. Va a estar cinco o seis años en cana, va a salir y el mundo no va a haber cambiado. Van a seguir legitimando las violaciones, es más, probablemente, lo van a haber violado a él en la cárcel, como método de aleccionamiento. Por un lado, me parece que hay una cuestión cultural que hay que cambiar. Por el otro, la reparación que hay que hacer con las víctimas no puede ser solamente desde el castigo al violador, porque la realidad es que, muchas veces, ese violador es un familiar”, reflexiona.
Y sigue: “La verdad, que el tipo vaya en cana siete, ocho o nueve años después, a mí no me va modificar la vida, es más, me va a traer un problema porque el día que él aparezca me va a tocar enfrentar a un juicio. Tendré que volver a sentarme en el banquillo de los acusados porque, en definitiva, la sociedad a quien juzga es a la víctima, y la verdad que es una cagada porque ¿quién me devuelve a mí todos estos años? ¿Dónde está mi reparación?”.
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En la dedicatoria de su libro, entre otras personas, Manuela hace referencia a su hijo, Alfonso. “Deseo que para cuando lo lea, este mundo sea más parecido al que soñamos”, escribió. El párrafo final es para ella misma, que se prometió no rendirse y cumplió.
“(...) Me quiero agradecer, la irreverencia, lo mal arriada. Y a esa niña de 20 años, inocente, recién llegada a Buenos Aires, violada por un taxista cuando volvía a su casa, darle las gracias. Ella me trajo hasta acá. Tal vez ya no sea aquella, porque la desidia estatal, el abandono y la angustia la pudieron haber consumido y desdibujado. Pero dejó algo en mí que nadie puede arrancar: la protesta de no aceptarse ni definirse víctima. Y la convicción indestructible de que, si estamos condenadas a ser víctimas seremos malas, muy malas (...)”.
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*”La mala víctima”, de Manuela Ponz está disponible en formato digital en lamalavictima.mitiendanube.com
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