
Ayer por la mañana, Nahuel Ismael Eguino Uria fue asesinado a puñaladas en la esquina de Perito Moreno y Bonorino, en las inmediaciones de la cancha de San Lorenzo, a la sombra de la villa 1-11-14. La Policía de la Ciudad detuvo por el crimen a un joven de la zona, Sebastián Nicolás Morales, de 23 años, delgado, con la piel de la cara pegada a los pómulos, facciones de cuchillo.
En el Bajo Flores, Morales tiene una historia.
Su ficha policial habla de diversas acusaciones en su contra: fichajes por violencia de género, robo a mano armada, lesiones. Su historia es la de un pandillero. La condena dictada por el Tribunal Criminal N°1 a Erick Blas González -hermano del menor peruano que mató a Brian Aguinaco en 2017- incluye su nombre. Morales fue sindicado en los interrogatorios como miembro de la “Banda de la Salita”, un grupo de chicos de la zona convertidos en matones y motochorros, algunos mayores de edad, otros menores. Erick y su hermano formaban parte de esa banda.
Algunos de ellos tenían alias coloridos que evocaban a las artes marciales: “Goku”, por el personaje principal de Dragon Ball Z, “Shaolin”, “Samurai”, “El Ninja”. Morales tenía un apodo más simple. Le decían “Morcilla”. Fue allanado en el marco de esa causa, le encontraron un revólver calibre 22 y un par de balas.

En agosto de 2018, “Morcilla” fue condenado a tres años de prisión por el Tribunal N°4 por la sumatoria de dos causas: robo a mano armada y tenencia de arma de guerra, una pena que vencía el 19 de marzo de 2021. Su defensa intentó en repetidas ocasiones que lo suelten con una libertad condicional. Los rechazos del sistema fueron unánimes. Luego de que el Juzgado Nacional de Ejecución Penal Nº 5 se negara a darle el beneficio, su defensa presentó un recurso ante la Cámara. Fue rechazado también, con la firma de los jueces Gustavo Bruzzone y Eugenio Sarrabayrouse.
Preso en Marcos Paz en ese entonces, el hoy acusado de matar a Nahuel había atravesado una serie de estudios ordenados por la Justicia para determinar si estaba apto para volver a la calle. Entre ellos hubo una evaluación de la Sección Criminológica del Servicio Penitenciario Federal. “Morcilla”, al parecer, no estaba listo.
El informe, incluido en el rechazo de la Cámara con fecha del 29 de de diciembre de 2020, aseguró que Morales “tiende a la acción con dificultad para controlar los impulsos, observándose indicadores de ansiedad y agresividad latente. Posee relaciones interpersonales pobres y desafectivizadas, no contando con recursos para defenderse de las presiones provenientes del medio. Por ello, posee un pronóstico de reinserción social desfavorable”. “Ha logrado el cumplimiento de los objetivos propuestos pero aún debe consolidarlos para poder sostenerlos en el tiempo”, continuó.

Así, valoraron negativamente su “incursión temprana en conductas delictivas”, que no tuviera un proyecto de vida más allá de la cárcel o la delincuencia, que no tuviera hábitos laborales. Se consideró también “necesario que continúe con su tratamiento psicológico en virtud de que el paciente logre profundizar acerca de la toma de conciencia sobre las decisiones de sus actos, así como sobre las consecuencias de los mismos”. Su defensa marcó que Morales participó voluntariamente de ese tratamiento.
“El condenado no demostró un genuino interés” en mejorar sus problemas hasta la fecha, había dicho una magistrada en un fallo previo. Aun así, no tenía peleas registradas en la cárcel, con un diez en conducta.
Tres años después, si las acusaciones en su contra son ciertas, “Morcilla” Morales mató a un chico por literalmente nada, un teléfono que no podría haber revendido por más de cinco mil pesos. El fiscal Marcelo Solimine está a cargo del caso.
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