Pedro Lencina, al ser detenido en la verdulería donde trabajaba por la Policía Federal.
Pedro Lencina, al ser detenido en la verdulería donde trabajaba por la Policía Federal.

La primera reacción fue de desconcierto. De algún lado lo conocía. Me costó identificarlo en el primer golpe de vista, tuve que mirar varias veces. El hombre que aparecía en la foto de la Policía Federal, esposado y escoltado por dos agentes me resultaba familiar. Recién a la cuarta o quinta vez que miré la imagen pude reconocer el lugar en el que estaba siendo detenido. Era la verdulería del barrio, la de la esquina, eso ya era una sorpresa bastante desagradable. Peor aún fue reconocer que el detenido era "Pedrito", el verdulero que todos adoraban, un tipo gracioso que hacía reír a los clientes con sus chistes. En realidad, resultó ser un delincuente con un pasado oscuro y brutal. Lo que sus jefes, compañeros y clientes nunca supieron, es que "Pedrito", era Pedro Daniel Lencina el hombre de 52 años que hacía tres estaba prófugo de la Justicia por abusar sexualmente de una nena de 3 años. Después de tanto tiempo finalmente fue detenido el sábado pasado. Duró poco en una celda. La misma Justicia que lo buscaba lo liberó en menos de tres días. Parece increíble.

"Pedrito" cayó porque alguien lo delató. No fue un informante, un espía policial, sino un cliente. 

A media tarde del viernes pasado, el hijo de un reconocido juez, que también trabaja en el poder judicial, pasó por la verdulería que queda justo en la esquina de Sáenz Valiente e Italia, en Martínez, a comprar algunas frutas. No es un habitué del lugar como sí lo es su padre. Cuando ingresó algo le llamó la atención. Hizo su compra y cuando salió revisó en su celular la lista de prófugos. Casualmente la había estado chequeando esa misma mañana. En su cabeza acababa de producirse una coincidencia que necesitaba corroborar. La imagen era clara, no había dudas. El que lo atendió era Pedro Lencina, con domicilio radicado en San Fernando, parte de esa lista de más de 45 mil personas en conflicto con la ley.

Esa misma noche se acercó al local con su padre para chequear la identidad de Lencina con el dueño de la verdulería. "Si tenes un empleado que se llama Pedro tenes un problema", le dijeron. "Esa noche no pude dormir. Se me revolvió el estómago. No había mejor empleado que él. Empecé a pensar en todos los favores que le había hecho y en todo lo que pasamos estos dos años que lleva trabajando acá. Me dio mucho miedo y decepción", cuenta a Infobae Gabriel, el dueño del comercio. Antes de irse, el juez y su hijo le dijeron que ya habían hecho la denuncia, que mañana iría la policía a buscarlo.

El sábado al mediodía entró a la verdulería un efectivo de la Policía Federal vestido de civil. Simulo hacer una compra, Lencina lo atendió sin saber que en breve ese cliente lo estaría esposando. El agente revisó con la mirada el lugar mientras aparentaba llevarse un poco de verdura, pagó y se retiró. Una hora más tarde llegaron dos policías que fueron directamente a pedirle el documento al verdulero. Lo mostró y en pocos segundos tenía las esposas en las muñecas. No abrió la boca.

Lencina llegó a la vida del barrio hace dos años. Tardo poco en ganar la confianza de todos. De los muchos empleados que pasaron por el local era, sin dudas, el que se mostraba más simpático. Difícilmente uno pasaba por el lugar sin que le contara algún chiste. No intentaba esconderse en lo más mínimo. Incluso había forjado una amistad con varios de los cajeros del supermercado que queda enfrente. Vivía, trabajaba y se movía como si no pesara sobre él una recompensa de 500 mil pesos del Ministerio de Seguridad y un pedido de captura por el abuso sexual de una menor.

Ante sus compañeros, pero principalmente ante los vecinos, se mostraba siempre como un hombre tranquilo y de familia. Decía estar en pareja con una joven de 24 años y con la que tenía una hija de tres, la misma edad de la nena que abusó sexualmente y por la que era buscado. Tanta era la confianza que Lencina había generado en quienes lo rodeaban que el dueño de la verdulería le prestaba cada tanto un local en desuso para que dejara sus pertenencias cada vez que se peleaban con su novia y tenía que estar algunos días fuera de su casa.

"Los compañeros lo quieren matar. Están muy decepcionados. Hay uno de los muchachos que lo llevó a la casa a comer, con los hijos chiquitos. Realmente es un golpe durísimo. Pienso que le puede pasar a cualquiera el hecho de convivir con un abusador sin saberlo. Y un día te enteras de golpe", dice Gabriel, el dueño.

La conmoción por la detención del simpático verdulero duró poco entre los vecinos. No porque se hayan olvidado del asunto. Sino por que sobrevino un sentimiento más fuerte que tapó el anterior: bronca ya no solo con el abusador, sino con la Justicia.  El martes por la tarde, Lencina fue liberado por orden de la jueza María Emma Prada, del juzgado Federal en lo Correccional Nº 2 de San Isidro. Estuvo detenido menos de 72 horas.

Aunque parezca insólito, luego de dos años de búsqueda y una recompensa de medio millón de pesos cuando la jueza finalmente lo encontró y de una vez por todas lo tuvo a su disposición, decidió soltarlo. ¿Por qué? ¿Cómo se entiende?

"Salió por un tecnicismo. Ni más ni menos. Igualmente no deja de ser insólito. Que lo hayan buscado y encima con una recompensa tan alta y lo suelten tan rápido es llamativo y poco común. Realmente no se entiende", asegura un abogado con experiencia en los tribunales sanisidrenses.

La explicación que dan las fuentes judiciales consultadas por Infobae señala que Pedro Lencina fue condenado en 2015 a dos años por el abuso simple de la menor de 3 años cometido en 2008. Sin embargo, la condena quedó en suspenso. Es decir, que no fue a la cárcel pero debía cumplir una serie de requisitos de conducta que el condenado no cumplió. Dejó de presentarse en el juzgado indicado todos los meses como le habían requerido.

El Ministerio de Seguridad ofreció una recompensa de medio millón de pesos por Lencina.
El Ministerio de Seguridad ofreció una recompensa de medio millón de pesos por Lencina.

Al estar en rebeldía, la jueza Prada firmó la orden de captura el 4 de julio de 2017 con el pedido de que la condena deje de estar en suspenso y pase a ser efectiva. La Cámara Federal confirmó esta medida pero la defensa de Lencina optó por apelar. Por lo tanto, todavía se aguarda por la decisión de una instancia superior. No se sabe cuándo se conocerá ese veredicto.

Lo cierto es que Prada tomó la decisión de liberarlo hasta que se decida si queda firme la condena con prisión efectiva. Eso si, lo instó a que al día siguiente de la liberación, a primera hora, se presente en el juzgado para notificarse y terminar con el papeleo.

"La jueza se llevó la sorpresa de encontrarse de golpe con el detenido. Una vez que lo tuvo a su disposición se vio en una encrucijada. Y optó por lo más sencillo que era liberarlo y esperar la decisión de sus superiores", dice otro abogado de renombre que se enteró de la situación en los pasillos de tribunales donde el caso corrió rápido.

Lo que nadie puede explicar, ni siquiera desde el propio juzgado, es por qué seguía vigente la orden de detención y la recompensa si no se había tomado la decisión de que quede firme la condena con cumplimiento efectivo. ¿Para qué era buscado un hombre que iba a ser liberado a los dos días? ¿Por qué la jueza no ordenó dar de baja la captura si consideraba que Lencina no debía estar detenido hasta que no se tomé una decisión sobre su situación? No hay respuestas para estas preguntas en los tribunales.

Pero si el accionar de la Justicia fue desprolijo y poco claro, lo que vendría después sería peor. El mismo día que Lencina quedó en libertad desde el juzgado se comunicaron telefónicamente con Gabriel, el dueño de la verdulería, para anoticiarlo de que su empleado quedaba en libertad. "Después de todo lo que pasó yo me repetía que entre todo lo malo lo único bueno era que un abusador estaba preso pero ahora ni eso. No me entra en la cabeza", cuenta el dueño del comercio.

El llamado tenía una finalidad extra. Como Lencina había informado que su domicilio era el local en desuso que cada tanto le prestaba su jefe, le pedían al comerciante si podía recibirlo en el lugar para que pase la noche ahí y, a la mañana siguiente, pueda ir a los tribunales a notificarse.

"Realmente pensé que me estaban haciendo una joda. ¿Recibirlo? Les dije que no lo quería ver nunca más. Mis empleados y los vecinos le agarraron una bronca bárbara", cuenta Gabriel.

No era el único llamado que recibirá por parte de la Justicia. Al día siguiente, el celular del dueño de la verdulería sonó nuevamente: "Era otra vez del juzgado. Me llamaron para preguntarme si yo sabía porque Pedro aún no se había presentado allá. Me calenté mal. Les dije que no me llamen más, que estaba trabajando y que yo no tengo más nada que ver con ese tipo".

Pedro Daniel Lencina no volverá a trabajar en la verdulería donde en los últimos años engañó a todos. Tampoco volverá a ver a los vecinos con los que había generado una confianza especial. Todo eso se desvaneció. Lo odian, están decepcionados. Lo que no perdió todavía, gracias a la justicia lenta y dubitativa, es la libertad. Pero, por sobre todas las cosas, no pagó por haber abusado de una nena de 3 años. Esa es una cuenta pendiente.

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