“Quería protegerla y en realidad mi amor la estaba asfixiando”

Para cuando quedé embarazada tenía claro que ya no iba a seguir trabajando. Solo yo iba a cuidar a mi hija. Y si alguna vez tenía que dejarla con alguien unas horas, sería única y exclusivamente con una mujer. Así fue nuestra historia juntas, marcada a fuego por mi pánico a que pudieran lastimarla

(Imagen Ilustrativa Infobae)
"¿Y por qué necesita cuidar tanto a su hija de veintidós años? ¿Qué tiene miedo que le pase?", me dijo el terapeuta (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Estaba desesperada. Mi hija se iba desintegrando delante de mis ojos y yo no podía hacer nada.

Pesaba cuarenta kilos y medía un metro setenta. Sus brazos parecían dos sogas colgando de un tronco. Sus piernas, las de una garza. La cola, ¿qué cola? Ella lo negaba, pero me daba cuenta que no resistía estar sentada mucho tiempo porque le dolía no tener glúteos ni ningún tipo de carne que amortiguara el apoyo sobre los huesos. Seguía jugando al hockey, pero su nivel era inevitablemente malo: al no tener músculos, no tenía velocidad ni fuerza.

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En mi desesperación por ayudarla y como ella no quería ir a un terapeuta, empecé a ir yo. Aspiraba a que la atendieran y la curaran, pero ya en el primer encuentro el especialista me hizo saber con delicadeza que los trastornos alimenticios tienen raíces afectivas, muchas de las cuales nacen del vínculo con la madre.

Necesité pocos encuentros para darme cuenta de que mis esfuerzos por cuidar a mi hija habían sido contraproducentes. Finalmente, en una sesión pude expresar toda mi impotencia ante el hecho de que se estaba muriendo ante mis ojos sin que yo pudiera torcer el curso de los acontecimientos.

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Es como una vela que se está apagando —le dije al terapeuta.

—Cómo si le faltara oxígeno —agregó él–. ¿Y en qué lugar está esa vela, que no tiene oxígeno para arder normalmente?

No me animé a pensar la respuesta. Intuía que algo de la enfermedad de mi hija tenía que ver conmigo. ¿Era posible que estuviera destruyendo lo que más amaba?

En los encuentros siguientes fuimos acercándonos más al tema y se iba haciendo evidente que mi sobreprotección la asfixiaba. No la dejaba cometer errores, vivir su propia vida. Era una ironía terrible. Por querer evitarle sufrimientos, se los estaba causando. Y como suele pasar en los vínculos tan íntimos e importantes, todo era de manera sutil, invisible, y contundente.

El simple hecho de que yo tomara conciencia empezó a modificarlo todo, y mi hija comenzó a mejorar. Al principio fueron cambios muy tenues, pero con el correr del tiempo, las mejorías se volvieron evidentes.

—¿Y por qué necesita cuidar tanto a su hija de veintidós años? ¿Qué tiene miedo que le pase?

Esa pregunta de mi terapeuta terminó de poner el problema sobre la mesa. Aunque nunca antes había pensado que la anorexia de mi hija se debía a mi sobreprotección, sabía que mis esfuerzos tenían como objetivo último evitar por cualquier medio que le hicieran daño. Para ser clara, temía que abusaran sexualmente de ella. Como me había pasado a mí.

Cuando yo tenía seis años, mi madre empezó a dejarme al cuidado de su hermano para ir a trabajar. Ese tío abusó de mí durante años. Mi propio tío.

Este trauma marcó toda mi vida. Nunca pude hablarlo con mis padres porque mi tío me manipulaba y me amenazaba, y eso me fue convirtiendo en una persona introvertida, distante, temerosa y apagada. Por suerte, a los dieciocho, pude contárselo a mi primer y único novio, el papá de mi hija. Estoy convencida de que hacerlo me salvó la vida.

Para cuando quedé embarazada tenía claro que ya no iba a seguir trabajando. Solo yo iba a cuidar a mi hija. Nadie más. Y si alguna vez tenía que dejarla con alguien unas horas, sería única y exclusivamente con una mujer.

Así fue nuestra historia juntas, marcada a fuego por mi pánico a que pudieran lastimarla. Pasé toda su vida tratando de protegerla de lo mismo que me había pasado a mí, sin que ella lo supiera, sin importarme que fuese chica o grande. Mis traumas la estaban matando silenciosamente.

¿Cómo iba a ser ella misma, a vivir con libertad, ya no digo tener sexo con un novio? ¿Cómo no iba a querer desaparecer?

Un día me vino a la cabeza la imagen de los johatsu japoneses, que se traduce como los evaporados. Son personas exhaustas de las presiones laborales, familiares y sociales, que no soportan más y de la noche a la mañana desaparecen de su vida sin dejar rastro, empezando de cero en otro lugar donde nadie los conoce, y en el que no tienen mayores exigencias. Prefieren dejar toda su vida atrás, quemar las naves con toda su historia y sus afectos, para poder vivir tranquilos. Pueden dejar cargos importantes y departamentos de lujo, para vivir en un monoambiente y trabajar en un Mc Donalds. Dejar a sus hijos, sus hermanos, sus padres para no verlos nunca más. Es una forma muy dolorosa de elegir la paz.

Yo no quería eso para mi hija, ni quería perderla. Me di cuenta de que tenía que contarle lo que me había pasado. Compartir con ella las razones de mi deformación. Pedirle perdón, llorar juntas, abrazarnos. Dar vuelta la historia.

Y volver a la vida.

* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli

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