El nombre Milagros alude a la idea de que la vida de la protagonista es un milagro por poder hablar de todo lo que le pasó
La primera función de Milagros se siente como el eco de un reencuentro: Leticia Brédice, figura inconfundible del teatro y el cine argentinos, se prepara esta noche para abrir su unipersonal en el Teatro Roma de Avellaneda. Así, la actriz inicia una gira que llevará su obra, escrita y encarnada en primera persona, por escenarios de todo el país. El teatro tiene para ella el pulso de una confesión íntima, una invitación a mirar de cerca lo que para otros podría ser solo un espectáculo, pero para Brédice es un acto de vida.
Leticia Brédice, en la charla con Teleshow relata que Milagros surge del deseo de contar, de volver sobre cada recuerdo, de reconstruir paso a paso la propia historia. La obra es el resultado de una búsqueda personal y profunda: una mujer que se llama María de los Milagros Figueroa Alcorta, que quiere relatarle al mundo su vida, cada detalle, cada vivencia, cada pequeño instante que la marcó. El nombre no es casual: para Leticia, la posibilidad de narrar lo vivido es, en sí misma, un milagro. Así lo dice, con la voz baja y el gesto pausado: “Es un milagro para mí poder hablar de todo lo que me pasó; para ella, la vida es un milagro”.
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La actriz despliega su relato con una cadencia singular, saboreando la memoria, deteniéndose en las palabras para que cada una lleve consigo la carga de lo vivido. Habla con devoción, con la pasión que la acompaña desde siempre, y se permite volver atrás, recorrer su propio pasado, elegir escenas, reconstruir emociones. Hay en su modo de narrar una mezcla de dulzura y nostalgia, pero también un guiño de picardía, un humor filoso que desarma la solemnidad y acerca al público a su universo.
Escucharla es verla despojada de artificios, recorriendo los pliegues de su historia con honestidad y entrega. En cada anécdota, se revela una Leticia cercana, capaz de transformar el recuerdo en presente y la confesión en un acto de comunión con quienes la escuchan.
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—¿Cómo surgió la obra Milagros y qué representa para vos?
—Estoy en un año de mucho trabajo, con teatro y muchas propuestas. Este año me decidí y escribí la obra. Me llamó un amigo que trabaja en cultura y me invitó a hacer mi propuesta. Hace mucho que no hacía teatro, y después de la muerte de mi mamá y mi papá no tenía ganas, necesitaba terapia. Y de repente apareció esto y dije sí. Empecé con la propuesta de una mujer normal, que paga para tener un espacio en el teatro y cuenta su vida. Es una experiencia emocional rarísima, cada palabra me atraviesa.
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—El personaje se llama Milagros Figueroa Alcorta...
—Sí, la escribí con un amigo, Cristian Morales, pero la verdad es que la escribí casi toda yo (ríe). Son cosas que le van pasando a esta mujer y que me fueron apareciendo también por cosas que escucho, que charlo, que viven otras mujeres y otras personas que me cruzo por la vida. Las metí todas ahí...a cada una de ellas.
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—¿Por qué el nombre Milagros?
—Porque la vida de ella es un milagro de estar pudiendo hablar de todo lo que le pasó. Es una metáfora de ella también. Además, el nombre me pareció precioso, se me ocurrió enseguida. Todo sucedió rápido: me llamaron, acepté, y pensé “Milagro, Milagros”. Tiene que ver con la historia y con la dramaturgia; todo termina siendo parte de lo que es potente para la obra.
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—¿Cómo sigue la gira de la obra?
—Arranca en el conurbano, en el teatro Roma de Avellaneda y después en el Lotta Mendy de San Fernando. Después sigue una gira por toda la Argentina. Estoy muy contenta.
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—Escribiste otras obras...
—Claro, La sola del avión, una obra que se llama Orgullo... de chica siempre lo único en lo que tenía diez era en escribir, dictados, en inventar cosas. En la primaria y secundaria lo único que me iba bien era en Lengua. Escribir siempre fue algo para mí lúdico y apasionante.
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—¿Cómo fue tu relación con la actuación en la escuela?
—Nunca me llamaron para actuar, ni en la primaria. Tenía mucha vergüenza, prefería ser invisible. No entendía qué hacía en el colegio, prefería solo mirar a los demás. No tenía el ego de querer estar ahí, me divertía mucho más mirar. En la familia actuábamos muchísimo. Somos veintiún primos, hacíamos obras y cada uno tenía su personaje. No me daba vergüenza con ellos, pero en la escuela prefería pasar desapercibida.
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—¿Cómo empezó tu formación actoral?
—A los trece años empecé a estudiar teatro y a los dieciséis hice mi primera película, Años rebeldes. La terminé a los dieciocho, porque hubo un extenso paro. Ahí conocí a Graciela Borges, que fue una maestra en mi carrera, como Rita Cortese y otras actrices. Graciela fue y es muy importante por la mano que me dio con tanta bondad. Gané el premio Cóndor de Plata y un premio en Italia. Fue una película reveladora para mí.
—¿Qué significó para vos Nueve reinas y su vigencia?
—Sigue siendo una película del pueblo, me sigue dando felicidad todos los días. Es un regalo de la vida muy grande para mí, para Gastón, todo el elenco. Ahora su historia está en una serie en España, me pone contenta que la obra siga viva.

—¿Cómo vivís el rol del teatro y de los actores en la actualidad?
—Hacer teatro en este momento difícil es casi un agradecimiento a la gente que quiere seguir viendo teatro, disfrutar del talento de actores argentinos, conmoviéndose. Es muy importante que la gente siga viniendo, que siga apoyando a los autores y actores de nuestro país.
—¿Qué importancia le das a la empatía y al vínculo con el público?
—Para mí es muy importante no tener miedo a hablar, a pensar. Los que tenemos una voz estamos hablando por mucha gente. En este momento es fundamental tener empatía con todo. Hay una manera amorosa de decir las cosas, y eso tiene que ver con el respeto.
—¿Qué sentís cuando te reconocen en la calle o te saludan desconocidos?
—Eso es la empatía, que es lo que estamos necesitando desde todos los lugares. Desde el lunes hasta los miércoles, todos los días vemos en cualquier lugar la necesidad de empatía, la tenemos todos en este momento. Si no nos damos una mano entre nosotros, no salimos.

—Contaste que cambiaste tu rutina diaria...
—Estoy haciendo gimnasia y natación hace bastante. La pileta me encanta, me hace muy bien, muy, muy bien. El gimnasio menos, pero le voy tomando la mano, voy despacito, me tomo mi tiempo. Voy despacito. A veces la hago entera, a veces no. Antes quería hacer todo rápido e irme; ahora me quedo, espero, tomo agua, charlo. Si no, me ahogo. Hace dos años que estoy trabajando en mí, porque no es fácil.
—Los vecinos de tu barrio te cruzan en las caminatas...
—Salir a caminar me hace muy bien, camino por el barrio, por todos lados. Una caminata de cuarenta, o cincuenta minutos y listo. Me despeja la cabeza, cualquier pensamiento malo, camino y ya está.
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