
Operación Rescate Profundo remite a una dramática misión que un grupo de profesionales conocedores de los hielos realizaron en la Antártida, con un alto riesgo de perder la vida en el intento. Este nombre también puede asociarse a una inexplicable cadena de fatalidades evitables ocurridas en el peligroso terreno del continente blanco y que provocó la muerte de dos argentinos y de tres chilenos. Y también es el título del libro, escrito por el periodista Gustavo Mura, donde por primera vez se cuenta con lujos de detalles lo que fue una verdadera tragedia ocurrida en la Antártida.
Durante 2005 se produjeron allí dos accidentes fatales protagonizados por una patrulla argentina y otra chilena. Las dos tuvieron un común denominador: el equipo de rescate fue el mismo: nueve hombres del Ejército Argentino liderados por el entonces coronel Víctor Figueroa, actualmente general.
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El autor señala que la hazaña de este grupo de hombres pasó desapercibida en nuestro país, y en el convencimiento de que Argentina tiene héroes vivos cuyas acciones merecen ser contadas, se propuso hacerlo en un libro.

Frente a Infobae el autor reveló que se propuso contar dos tragedias perfectamente evitables, ocurridas casi 18 años atrás. Así, contó que en septiembre del 2005 y sin una causa aparente, el capitán de fragata Jorge Pavón, jefe de la base Jubany (que en 2012 cambió su nombre por el de Carlini), decidió visitar la base uruguaya Artigas. El plan era sencillo. Ir un viernes o sábado y regresar al día siguiente. Sin embargo, el mal tiempo persistente los obligó a permanecer en la base del país vecino unos diez días. Pavón se desesperó. Se había ausentado de su base sin una misión oficial y sintió que debía regresar cuanto antes.
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Lo acompañaban el biólogo Augusto Thibaud, jefe científico de la base, y tres efectivos de la Armada, los suboficiales primeros Alejandro Carbajo y Mario Leonhardt y el suboficial segundo electricista Teófilo González, todos de la Armada.
En un momento, se produjo lo que se llama “una ventana”, esto es, cuando la tormenta amaina o desaparece y que es cuando se puede salir. Pavón dio entonces la orden de partir.
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En una primera moto viajaban Thibaud y González, en la que venía atrás Carbajo y Leonhardt y por último, solo, Pavón.
A mitad de camino, a la altura del glaciar Collins, los sorprendió una tormenta. El rudimentario GPS que llevaban no era de ayuda. Lo real fue que no podían volver por donde habían dispuesto e improvisaron.
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Se adentraron en un terreno desconocido. Cuando la primera moto en la que iban Thibaud -que era el más baqueano del grupo- y González encaró con velocidad un montículo, cayó en una grieta, cuya profundidad se calculó en unos 400 metros.

El grupo se desesperó. Arrojaron sogas, gritaron, hicieron silencio para ver si escuchaban algo, nuevamente gritos. Nada.
Emitieron un SOS. Los chilenos enviaron un helicóptero que, una vez aterrizado, debió retirarse por las pésimas condiciones del tiempo. Los hombres debieron pasar la noche a la intemperie.
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Cuando en Buenos Aires e conoció la noticia, se decidió poner en marcha la operación “Rescate Profundo”. Se convocó a un equipo de nueve hombres, todos pertenecientes al SAR (Safe and Rescue, una organización internacional que se convoca cuando ocurre una catástrofe o desastre natural), todos con experiencia en los hielos y en montañismo, liderados por el coronel Víctor Figueroa, quien tenía como antecedente el haber llegado a los dos polos. Integraba el grupo el mayor Carlos Montenegro, los suboficiales principales Ángel Bulacios, Paulo Aranda, Guillermo Aguilera Meneses y Luis Cataldo, los sargentos ayudantes Luis González, Juan Brusasca y Joaquín Moya.

Cuando llegaron al lugar, descendieron hasta los 120 metros y no encontraron nada. Después de 72 horas, se perdieron las esperanzas: nadie podía sobrevivir en esas condiciones. De todas formas, se quedarían hasta rescatar los cuerpos, siempre en condiciones climáticas sumamente desfavorables. Porque Figueroa tenía grabado a fuego la promesa que le había hecho a Teresita, la esposa de Thibaud: que le lleve a su marido, vivo o muerto.
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Paralelamente, una patrulla chilena iba camino a un punto de la península antártica cuando el trineo que remolcaba un snocat, un vehículo con orugas de unas cuatro toneladas de peso, quedó atrapado en una grieta. Como no pudieron sacarlo, siguieron su camino.
La decisión fue regresar a buscarlo. A la semana partieron siete hombres en un vehículo. Muchos dudaban de ir, tenían temor y hasta evaluaron poner dinero de su bolsillo para reponer el valor del trineo y de la carga que llevaba, con tal de no volver.
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Ocurrió lo peor: el snocat, con siete ocupantes, cayó en una grieta. Los tres hombres que iban adelante quedaron con sus piernas atrapadas por los hierros. El vehículo, involuntariamente, se hundía más en la profundidad de hielo que tenía la forma de una v corta.
Se rescató a los tres que no estaban aprisionados. Los restantes desesperaron. Uno rogó que le diesen un tiro en la frente.
En ese momento, el coronel Figueroa y su equipo -que no podía dar con los cuerpos que buscaba- recibió la orden de asistir a los chilenos. Los buscaron en helicóptero y luego el militar, junto al mayor Montenegro y los suboficiales Bulacio, Catalaldo y Aguilera Meneses fueron llevados al lugar. Allí, después de varias horas de trabajo, pudieron dar con los infortunados hombres atrapados, que habían muerto congelados. Los cuerpos fueron llevados al refugio Abrazo de Maipú.
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Si bien recibió la orden de regresar, Figueroa quiso cumplir con su promesa a la esposa de Thibaud. Luego de consultarlo con el grupo, decidieron regresar a buscar a los cuerpos de los argentinos.
“Nadie abandona a nadie en la Antártida”, dijeron.
En un complicado periplo que incluyó un viaje en lancha facilitada por una base coreana, llegaron al glaciar Collins y a la grieta. La nieve la había tapado casi por completo.
Instalaron un campamento y encararon una dura labor sin descanso. Debieron destapar la grieta e iniciar nuevamente el descenso. Finalmente encontraron los cuerpos.
El final fue previsible. Chile condecoró al grupo argentino y lo colmó de honores. Además, se sustanció una causa judicial y los culpables fueron condenados a cinco años y medio de prisión.
En Argentina, el grupo de rescate fueron distinguidos con una medalla del Congreso. De noche, en Aeroparque, los recibió el teniente general Roberto Bendini, jefe del Estado Mayor General del Ejército, junto a funcionarios militares y a familiares. Mura remarcó que ninguna otra autoridad, desde el presidente de la Nación para abajo se acercó a ellos.
Nunca hubo una investigación del hecho, pero sí una demanda civil por la que se indemnizó a los familiares de las víctimas.

Mura relató con lujo de detalles esta historia y su libro tiene el valioso aporte de la información brindada por los protagonistas. Habló con los sobrevivientes, quienes le describieron que soportaron una situación límite, y le contaron cómo la superaron; las familias de los dos muertos coincidieron en que lo que ocurrió no fue un accidente y lo que desean es reivindicar el nombre de los que ya no están. El autor quedó impresionado con el sentido del deber y el compromiso de los rescatistas.
“En nuestro país hay héroes vivos, que arriesgaron sus vidas para rescatar a cinco muertos. Y aún sabiendo que estaban muertos, las arriesgaron igual. ¿Cómo es que no hay una reivindicación para esta gente?”, dijo.
Y agregó que lo ocurrido no fue simplemente obra de la fatalidad: “A partir del 2005 hubo un desfinanciamiento de las fuerzas armadas -argumentó- y un gobierno con especial animadversión hacia ellas”. Las bases antárticas, con predominio militar, sintieron el ajuste. “Si sumamos estos lamentables hechos de la Antártida, al incendio del rompehielos Almirante Irízar y la tragedia del submarino San Juan, son claros indicadores de esto”.
Mura destacó que las motos de la base Jubany eran de la década del setenta, mientras que las bases vecinas chilena y uruguaya disponían de equipamiento mucho más avanzado. “Con un GPS moderno no hubieran quedado atrapados en un verdadero campo minado”.

El libro “Operación Rescate Profundo” está disponible en Amazon. Mura decidió lanzarlo el Día de la Antártida, esa inmensidad blanca donde está claro que, pase lo que pase, nadie abandona a nadie.
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