Crió un pez salvaje, lo dejó en un acuario por su tamaño y meses después volvieron a verse: la conmovedora reacción del animal

Julio alimentó a mano a Gordo, su pez gato de cola roja, hasta que la pecera ya no alcanzó debido a su fuerte crecimiento. Lo donó al Bioparque Temaikén y cuando fue a visitarlo, sorprendentemente lo reconoció

Julio donó a Gordo, un pez gato de cola roja, porque la pecera de su casa en Santa Fe ya no alcanzaba para la especie

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Julio no tenía dudas de que Gordo no le pertenecía del todo. Lo había criado desde chico, le buscaba mojarras en el río, le compraba cornalitos, lo miraba cada mañana al alimentarlo y sentía que algo no encajaba: un bagre amazónico —conocido técnicamente como pez gato de cola roja— no tiene lugar en una pecera doméstica en medio de la provincia de Santa Fe. Esa certeza, que fue creciendo junto al animal, terminó por transformarse en una donación y un traslado hasta el Bioparque Temaikén, en la provincia de Buenos Aires.

La historia comenzó cuando se comunicaron con la Fundación Temaikén para consultarles sobre un caso particular: un hombre tenía en su hogar un ejemplar de esta especie de bagre amazónico que había crecido demasiado para el espacio que ocupaba.

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“Empecé a buscar contactos, contactos, contactos y en el único lugar que me lo recibían era acá”, contó Julio. La búsqueda terminó cuando dio con el equipo de la Fundación Temaikén, que no solo aceptó al animal sino que también resolvió la logística del traslado.

“Nos contactó un medio de Santa Fe, contándonos que había un señor que tenía un pez gato de cola roja, que lo tenía en la pecera y ya no lo podía tener más porque había crecido mucho”, relató Julieta Jañez, responsable del Acuario y los organismos acuáticos de la Fundación, a Infobae.

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La Fundación Temaikén evaluó el caso antes de aceptar la donación del bagre amazónico y confirmó que podía garantizarle bienestar

Antes de aceptar la donación, la institución evaluó la situación. “Primero evaluamos la situación para confirmar que estábamos en condiciones de recibirlo y garantizarle bienestar. Una vez evaluado, le confirmamos que sí, que podíamos recibirlo y le dimos las pautas correspondientes para el transporte”, detalló Jañez.

Solo después de ese proceso, el hombre recibió luz verde para trasladar al animal, aunque él mismo reconoció que no contaba con los recursos para hacerlo por su cuenta. Fue la propia Fundación la que le consiguió todo lo necesario para el traslado.

El vínculo que Julio había construido con el pez —al que llama Gordo— era el de alguien que aprendió a cuidar a un animal de agua dulce de forma casi intuitiva. Lo alimentaba directamente en la boca, le conseguía mojarras frescas y, cuando no había, recurría a los cornalitos.

“Lo crié de chiquito, lo alimenté, me daba el tiempo, iba a sacar mojarras. Cuando no había mojarras, le compraba cornalitos. Así era la vida entre él y yo”, contó. Esa rutina diaria dejó una marca en el comportamiento del pez que el equipo del acuario tuvo que tener en cuenta desde el primer día.

Cuando Gordo llegó al Bioparque, los especialistas ya sabían con qué se iban a encontrar. La familia había compartido videos que mostraban cómo lo alimentaban, y esas imágenes resultaron fundamentales. “Gracias a esos videos y a todo lo que nos contaron, supimos que estaba acostumbrado a que le dieran de comer directamente en la boca”, explicó Jañez.

Crió a un pez hasta que lo tuvo que dejar en un acuario y varios años después lo sorprendió
Gordo pasó una cuarentena en Temaikén para ajustar la calidad del agua, el manejo y la alimentación antes de ingresar al Acuario de Río

Con esa observación, el equipo no se sorprendió cuando el animal pasó varias semanas sin comer al llegar: es una respuesta habitual en cualquier proceso de adaptación. Después de un trabajo sostenido, lograron que Gordo comenzara a acercarse a la superficie al ver a una persona aproximarse con el alimento, tal como lo hacía en su pecera de origen.

Antes de integrarse al acuario de manera definitiva, el bagre atravesó un período de cuarentena en el que se trabajaron las condiciones de calidad del agua, el manejo y la alimentación. Solo al completar ese proceso, Gordo pasó al Acuario de Río, donde convive con otras especies de peces de agua dulce y con otros ejemplares de su misma especie.

Su historia previa dejó algunas marcas físicas: al haber crecido en un espacio reducido, el animal se veía algo diferente a otros bagres de su especie, con un cuerpo menos estilizado y más corto. Aun así, el estado de salud era bueno. “El pez llegó en muy buenas condiciones”, precisó la responsable del acuario.

Crió a un pez hasta que lo tuvo que dejar en un acuario y varios años después lo sorprendió
El bagre amazónico llegó en buen estado de salud, aunque su crecimiento en un espacio reducido dejó un cuerpo menos estilizado y más corto que el de otros ejemplares

Pero hay un rasgo físico que hace a Gordo inconfundible entre los demás ejemplares: un bigote distinto al del resto. Ese detalle fue el que le permitió a Julio reconocerlo de inmediato cuando, semanas después del traslado, viajó al Bioparque Temaikén para verlo.

La visita fue, según sus propias palabras, profundamente emotiva. “No veía la hora de verlo. Y bueno, ahora estoy feliz, me puedo ir tranquilo y verlo a él que está así, estoy recontento, recontento”, dijo ante la Fundación.

Lo que Julio vio ese día fue exactamente lo que había imaginado durante años: Gordo en un acuario de grandes dimensiones, rodeado de otros peces, bien cuidado. “Siempre quise que él estuviera en un lugar como que estuviera en su hábitat, con su especie. Yo lo veía todas las mañanas cuando lo alimentaba y decía: ‘Pobrecito, él no se merece esto. Él se merece estar en su hábitat’”, recordó.

Verlo adaptado, interactuando con otros ejemplares de su especie y con otras especies que conviven en el Acuario de Río, cerró un ciclo que él mismo había puesto en marcha con meses de búsqueda de contactos. “Se ha cumplido lo que yo quería. Él está bien, yo estoy bien”, afirmó.

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