Karina recuerda con nitidez el proceso en el que fue descubriendo que su realidad no era la de la mayoría. Criada entre partidos de vóley de la comunidad sorda y conversaciones en lengua de señas, la toma de conciencia sobre la condición de sus padres impactó directamente en su cuerpo cuando, a los siete años, perdió la visión de manera repentina durante una semana completa debido a una respuesta emocional.
Ese hito marcó el inicio de un viaje hacia una madurez acelerada. Sin enojos ni reproches y con mucho humor, Karina reflexiona sobre lo que significó cuidar a sus padres, hacer de intérprete en reuniones familiares y crecer en un entorno libre de filtros sociales.
PUBLICIDAD
- ¿Cuándo fue la primera vez que fuiste consciente de que tus padres no podían oírte?
- Tipo siete u ocho años. No sé si tuve conciencia de que no me podían oír. Sí tuve consciencia de que eran distintos a los demás. Me empecé a dar cuenta de que los padres de mis amigas eran distintos, que había hábitos diferentes y otras formas de vincularse. Yo podía estar con mis viejos viendo la tele sin volumen, por ejemplo, y de repente entraba a la casa de mis amigas y era todo música, televisión prendida, radio prendida. Desde eso hasta las formas de vincularse: el vínculo con mi mamá era espectacular, pero era un poco a la par y yo era chica. Les avisaba si había que cruzar la calle, o atendía el teléfono a los cuatro, a los cinco, a los seis años, algo que mis amigas no hacían. Ellas no atendían el teléfono, atendían los padres. En esa secuencia dije: “Ah, bueno, acá hay algo que es distinto”. A los siete años me quedé ciega una semana. Real, literal. Apagué la tele y fue una ceguera emocional; no había un motivo físico, había emocionalidad atrás de esa ceguera. Fue el momento en el que dije “esto va a ser totalmente distinto toda la vida”.
PUBLICIDAD
- ¿Y qué estabas haciendo cuando pasó eso?
- Mi mamá trabajaba en el Banco Nación y se iba a trabajar muy temprano. Entraba a las 6:00 y se iba 5:30. Daba un portazo que yo claramente escuchaba y me pasaba a la cama de mis viejos, donde estaba mi papá, que me llevaba a la escuela. Iba de memoria, realmente hacía ese camino con los ojos cerrados. Me dormí. A las 6:30 o 7:00, mi papá me despertó para ir al colegio, me levanté y no veía. Mi papá pensó que le estaba haciendo una broma, pero vio que no tenía orientación, me agarró y me llevó a la clínica. Una semana después, lo mismo a la inversa: un día me desperté y veía.
PUBLICIDAD
- Venías de una semana de ver otras realidades.
- Venía de siete años de ver otras realidades. No sé si esto me lo invento al contarlo o realmente sucedió, pero tengo la sensación de sí haber estado en un estado de “¿por qué mis papás son diferentes?”. Había algo de eso que me latía, y bueno, la nena decidió quedarse ciega.
PUBLICIDAD
- ¿Estabas enojada con la situación o con tus papás?
- No, creo que no. Claramente no fue consciente. No hubo una conciencia mía de “quedate ciega así les cagás la vida y sos más discapacitada que ellos”. No existía eso. No tengo idea de por qué me sucedió ni cómo me sucedió, pero claramente tiene que ver con algo emocional que después trabajé más de adulta. No siento que estuviera enojada y nunca estuve enojada. Me parecen espectaculares los padres que tengo, de hecho recomiendo la experiencia. El enojo no es un sentimiento que me una a ellos.
PUBLICIDAD
- ¿Fuiste al psicólogo después de eso?
- En ese momento no. En la época en la que mis padres tenían esa edad, los sordos descreían total y absolutamente de la terapia; no entendían lo que era, pensaban que los psicólogos eran solo para los locos. Así que no. Empecé mucho más de grande, a los 22 años ponele, hice mi primera terapia y después no solté nunca más.
PUBLICIDAD

- Recién decías: “yo a los cuatro años atendía el teléfono”. ¿Sentís que creciste muy rápido?
- Cien por mil. Ahora me estanqué, pero fue a la inversa, como una especie de Benjamin Button. Siento que nací madura, que en la mitad de la vida dije “soy re madura” y que fui perdiendo esa madurez. Ahora estoy llegando a un punto de equilibrio entre mi edad y mi madurez. Pero sí, de chica la gente no paraba de decírmelo. Cualquier hijo de padres sordos que agarres hoy por la calle le vas a ver una madurez emocional mucho más grande, era inevitable. Te hacés responsable y te hacés cargo de situaciones que nadie te dice que te tenés que hacer cargo, pero inevitablemente lo hacés. Desde pedir una pizza por teléfono a los cinco años y que el pizzero no me creyera, hasta que mi mamá me llevaba al local para que me conociera y supiera que cuando llamaba no era una joda de una nena. Te hacés cargo de ir al médico con ellos, de darles diagnósticos que no tendrías por qué darles... forman parte intrínseca de lo que uno es, no sé si podés zafar de esa. Hoy la comunicación es otra cosa con la tecnología, hay videollamadas, piden un Rappi o un Uber, pero en mi época todo se volvía más manual.
PUBLICIDAD
- ¿Sentías que tenías que cuidarlos o protegerlos del mundo?
- Sí, eso lo sigo sintiendo. Mi papá falleció hace tres años, pero con mi mamá lo sigo sintiendo. Cualquiera que tenga un poco de empatía y amorosidad lo va a sentir inevitablemente, porque están muy expuestos a situaciones que uno no registra naturalmente: desde cruzar la calle y no escuchar una bocina y que te lleve puesta un bondi, hasta abrir la puerta amorosamente porque vieron la luz del timbre y que haya dos chabones con un arma. Tal vez otra persona preguntaría: ¿Quién es?
PUBLICIDAD
- ¿Tenían alguna seña oculta entre ustedes para hacerse en público?
- Con mi papá teníamos algo muy espectacular: en el verano vacacionábamos en Gesell y jugábamos un torneo de truco en la playa. Ganábamos indefectiblemente porque ¿quién le iba a decir a él que no haga una seña? Era su manera de comunicarse. Nunca tuvimos una seña particular. De hecho, mi mamá era bastante hosca con que yo hiciera señas cuando era más chica, le daba vergüenza y me agarraba las manos, me las bajaba, como que estaba mal.
- ¿Sentiste vergüenza alguna vez?
- Mis viejos conscientemente jamás me hicieron sentir vergüenza, jamás. Yo sí sentí vergüenza un montón de veces siendo más chica con comentarios de mi mamá o actitudes de mi papá. Mi papá era muy eufórico, muy cariñoso con todo el mundo y era como “papá, menos, menos”. Y los sordos tienen algo muy espectacular que es que el filtro está medio desaparecido. La no escucha ya te hace perder cierta conexión con la realidad. Mi mamá tiene muchísimo carácter, y capaz íbamos a un local a pedir algo, no se lo daban bien y armaba un escándalo. Yo me quería exiliar al Congo Belga y hacerme la que no la conocía. De chiquita lo que más sufrí fue el no filtro hacia el cuerpo, que te decían “ay, qué gorda” directo a la cara sin filtro a los nueve años. Después entendés que no te lo dicen con mala intención, pero ellos te arremeten con tutti, son muy directos, frontales, no manejan la ironía o el secreto. Para ellos no hay secreto, no pueden hablar bajito al oído.
- ¿Te molestaba tener que interpretarlos todo el tiempo en público?
- Molestarme no, me aburría. En mi adolescencia mi mamá me pedía mucho que le dijera lo que estaban diciendo, más que interpretarla a ella. A mí me aburría porque no terminaba de entender lo importante que era que ella tuviese toda la información. Hoy en día me pasa a veces en una mesa que me aburre, pero después tomo conciencia y digo “no seas hija de la maldad” y le traduzco. Es poca la conciencia de la gente de hablar más lento para que ellos puedan leer los labios en las reuniones familiares.

- ¿Hubo alguna persona que haya sido clave en tu niñez que no sea, necesariamente, un familiar?
- Mi tía abuela Marta fue el engranaje fundamental de mi educación y de mi personalidad. Voy a llorar. Era la tía de mi papá. A mi papá le dio meningitis a los tres años y quedó sordo. Tenía nueve hermanos en La Plata. Mis dos tías abuelas le dijeron a mi abuelo que se lo traían a Capital porque allá no había escuela para sordos. Lo metieron en el mejor colegio para sordos, de ese momento, y mi viejo creció espectacular, se recibió de maestro mayor de obras. Mi tía Marta fue mi abuela por excelencia. Era la que me llevaba a ver teatro, la que me mostró la música, hablaba hasta por los codos. Falleció cuando yo tenía 15 años y me fracturé la mano del pelotazo que le di a una pared cuando me enteré, porque era muy importante para mí.
- ¿Qué te enseñó?
- Creo que la empatía, el teatro, que es lo que más amo. A estar para el otro. Ella estaba soltera, era grande, tenía una buena jubilación. Una vida en la que hacía lo que quería. Me enseñó a que haga lo que quiera, con el privilegio de poder hacerlo. Siento que soy un poco la persona que soy por ella.
- ¿Por ella sos actriz?
- Podría afirmar que sí, por ella y por mi tío Julio, que es actor amateur en Chascomús. La pulsión teatral estuvo ahí presente. Mi tía me llevaba a ver cuanta obra infantil hubiese; vi “Vivitos y coleando” como 137 veces. Hoy tengo mi teatro en Villa Crespo (Num Teatro Bar), nuestra productora (Num produce) y estoy actuando en la obra “Chat de Mamis” en el Multitabaris, además de producir obras como Suavecita.
- ¿Qué te gustaría desmitificar de la comunidad sorda?
- Que la comunicación es mucho más simple de lo que uno piensa. A veces la gente ve a un sordo y cancela la comunicación por el simple hecho de que no oye. Míralo a los ojos, prestale atención y vas a entender seguro lo que te dice. Son seres espectaculares con un nivel de resiliencia muy fuerte. Aunque el mundo no está preparado para ellos, la tecnología alivianó muchísimo las cosas. Viven en una nube muy linda, son muy buenos generando comunidad.
- Si tuvieses que decir un recuerdo que ilustre tu infancia y a tu familia, ¿cuál sería?
- Un cumpleaños de mi infancia. Un video de mis tres años donde todo es un montón de ruido, pero nadie hace eco de ese ruido; mi mamá corriendo de un lado para el otro y mi papá riéndose. La risa de ellos dos al unísono es el mejor recuerdo, definitivamente.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
El espacio secreto porteño en el que los hombres se convierten en mujeres: el relato de Mirna, la clienta más fiel
Claudia Molina vio la necesidad de este servicio ante la confesión de un amigo. Abrió Crossdressing Buenos Aires en el 2002. Qué ofrece y las tarifas de los servicios

Edadismo en Argentina: las claves sobre el poder, el lenguaje y las trabas en bancos, seguros y beneficios
El envejecimiento de la población abrió un desafío que todavía no encuentra respuestas. En Rosario, personas mayores reclamaron mayor representación y participación en las decisiones que afectan su vida cotidiana, mientras especialistas advirtieron sobre la falta de preparación del Estado y de la sociedad para acompañar una etapa que cada vez abarca más años
El desgarrador relato de la mamá del nene que murió tras ser atacado por un pitbull: “Lo que yo vi es tremendo”
“Los perros me lo estaban comiendo”, contó. La familia de Salvador exigió justicia por el niño. “El dueño tiene que pagar por esto”, reclamó la mamá horas antes de que el hombre fuera imputado por homicidio culposo

Juicio por Loan: declaran la ex responsable del sistema federal de búsqueda y el vecino que filmó las primeras huellas
También fueron citados Cinthia Andrea Grimaldi, la médica que atendió a María Victoria Caillava al día siguiente del hecho, y Martín Leonardo De Cristóbal, comisario mayor de la Policía Federal

“Pacto de silencio institucional”: detuvieron a 16 policías por la desaparición de un joven hace 18 años en Misiones
Se los acusa de haber utilizado una comisaría para mantener clandestinamente cautivo a Mario Fabián Golemba y desplegar luego distintas maniobras para ocultar qué ocurrió con él. Hay otro sospechoso prófugo



