Olas de calor “devora-nieve”: el fenómeno que acelera el deshielo y pone en jaque los embalses en EEUU

Un estudio reciente publicado en Science Advances advierte sobre episodios extremos que funden la nieve de las montañas en pocos días, adelantan el riesgo de inundaciones y dificultan la gestión del agua en la región. Científicos alertan sobre el impacto en reservas para ciudades y cultivos

Vista aérea de montañas nevadas y valles verdes con un río serpenteante, una presa y un embalse de agua turquesa bajo un cielo azul con una nube.
Un estudio sobre las olas de calor devora-nieve en el oeste de Estados Unidos concluyó que estos episodios duplicaron el ritmo de deshielo en las montañas (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Una nueva categoría de olas de calor está acelerando el deshielo en las montañas del oeste de Estados Unidos y poniendo en riesgo los embalses que abastecen a millones de personas.

Se trata de las denominadas “olas de calor devora-nieve”, eventos extremos que provocan la desaparición repentina de la capa nival y aumentan el peligro tanto de inundaciones como de escasez de agua.

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Un estudio reciente, dirigido por Alan M. Rhoades del Lawrence Berkeley National Laboratory y publicado en Science Advances, advierte que estos episodios han duplicado la velocidad de deshielo en la región, abarcan superficies cada vez más extensas y aparecen casi un mes antes que hace un siglo.

Vista aérea de una ciudad con rascacielos, edificios, y múltiples líneas de transmisión eléctrica que convergen, bajo un sol intenso y un cielo difuso.
Las olas de calor devora-nieve ampliaron su impacto en 102.000 kilómetros cuadrados por siglo y ganaron peso como amenaza para la disponibilidad de agua y el riesgo de inundaciones (Imagen Ilustrativa Infobae)

Según los autores, este subtipo de ola de calor se diferencia por su capacidad de fundir la nieve de forma abrupta durante varios días consecutivos con temperaturas por encima de los 0°C (32 °F), un patrón que ha dejado de ser excepcional y ahora representa una amenaza recurrente para el almacenamiento de agua y la seguridad de los embalses.

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Cómo se midió el impacto de las olas de calor devora-nieve

Para dimensionar la magnitud de este fenómeno, el equipo científico reconstruyó el clima de las montañas del oeste estadounidense desde 1850 hasta 2015. Lo hizo a través del Reanálisis del Siglo XX, una herramienta que permite estimar cómo fueron las temperaturas incluso en épocas y lugares sin estaciones meteorológicas.

Montañas cubiertas de nieve con cascada de agua que forma un arroyo. El arroyo desemboca en un embalse parcialmente vacío con orillas de tierra seca y agrietada.
La investigación señaló que las olas de calor devora-nieve son más frecuentes, aparecen casi un mes antes en la temporada de deshielo y dejaron de ser una rareza entre marzo y julio (Imagen Ilustrativa Infobae)

Sobre esa base, utilizaron el modelo SNOW-17, el estándar en Estados Unidos para anticipar el comportamiento de la nieve, con el objetivo de calcular cuánta nieve podía perderse en cada uno de estos episodios extremos.

El método fue preciso: los investigadores buscaron períodos en los que la temperatura permaneció varios días y noches por encima de los 0 °C (32 °F), justamente la condición que define a las olas de calor devora-nieve. Luego, calcularon el impacto de estos episodios en el volumen de nieve disponible.

Los resultados sorprendieron por su contundencia. Una ola de calor devora-nieve típica dura entre tres y cinco días y logra duplicar la tasa de deshielo habitual para la temporada.

Entre 1980 y 2015, los días bajo la influencia de estos eventos elevaron el promedio de nieve perdida a –17 milímetros diarios, frente a los –9 milímetros que se registran en el resto del periodo. En los episodios más severos, la pérdida superó los 66 milímetros de nieve por día en sitios de monitoreo clave.

Vista aérea de una cordillera con picos nevados, áreas de tierra expuesta, varios ríos serpenteantes y un embalse artificial de color verde.
El trabajo definió a las olas de calor devora-nieve como episodios de varios días con temperaturas por encima de 0℃ de día y de noche que provocan un deshielo abrupto de la nieve acumulada (Imagen Ilustrativa Infobae)

El año 2015 quedó grabado como el más extremo: solo en esa temporada, las olas de calor devora-nieve derritieron 152 kilómetros cúbicos de nieve, volumen que representó el 23% del deshielo total entre marzo y julio.

Riesgos para el agua y el ciclo de inundaciones

El deshielo acelerado provocado por las olas de calor devora-nieve está cambiando el rol histórico de la nieve como reserva natural para el oeste de Estados Unidos. Cuando la nieve desaparece antes de lo esperado, tanto las ciudades como los productores rurales pierden su principal fuente de agua para los meses secos. Los responsables de embalses y sistemas de abastecimiento ven reducido su margen de maniobra, ya que el agua llega de golpe y se pierde antes de poder ser almacenada o distribuida de manera controlada.

Un camino de tierra flanqueado por campos inundados y montañas nevadas bajo un cielo azul. Hay rocas y vegetación en las laderas y un poblado a la distancia.
Las olas de calor devora-nieve ampliaron su impacto en 102.000 kilómetros cuadrados por siglo y ganaron peso como amenaza para la disponibilidad de agua y el riesgo de inundaciones (Imagen Ilustrativa Infobae)

“El deshielo repentino, provocado por la lluvia sobre la nieve o por las olas de calor que derriten la nieve, puede causar inundaciones, iniciar o acelerar la sequía de nieve y afectar la disponibilidad de agua”, advierte el estudio sobre una situación que impacta tanto en el consumo humano como en la agricultura y la generación hidroeléctrica.

Las cifras del informe son contundentes. Siete de las once mayores superinundaciones primaverales registradas en el oeste estadounidense desde 1950 coincidieron con la aparición de olas de calor devora-nieve. Además, la tendencia a la aceleración se volvió más marcada desde la década de 1990, una evolución que los investigadores atribuyen “con virtual certeza” al calentamiento climático de origen humano.

Qué cambios proponen los investigadores

El equipo científico aclara que sus modelos calculan el “potencial de deshielo”, un valor teórico que no siempre se refleja en el terreno, ya que condiciones como la sequía pueden dejar menos nieve disponible y modificar los resultados reales.

Aun así, los sistemas convencionales de monitoreo quedan cortos frente a la magnitud de estos episodios. “Sin la mejora que probamos para simular estos eventos, los modelos rutinarios subestiman gravemente los deshielos extremos registrados”, advierte el equipo liderado por Rhoades.

Ante este panorama, los investigadores proponen una batería de medidas: mejorar los pronósticos, crear un índice específico para olas de calor devora-nieve con umbrales térmicos diferenciados y extender su algoritmo a otras regiones montañosas dependientes de la nieve, como los Alpes, los Andes y el Himalaya.

Contar con una detección más precisa de estos episodios permitiría ajustar la operación de embalses, reforzar los sistemas de alerta y anticipar crecidas repentinas. En una región que depende de la nieve invernal, esa anticipación puede marcar la diferencia entre el abastecimiento seguro y la crisis hídrica.

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