
Una nueva categoría de olas de calor está acelerando el deshielo en las montañas del oeste de Estados Unidos y poniendo en riesgo los embalses que abastecen a millones de personas.
Se trata de las denominadas “olas de calor devora-nieve”, eventos extremos que provocan la desaparición repentina de la capa nival y aumentan el peligro tanto de inundaciones como de escasez de agua.
Un estudio reciente, dirigido por Alan M. Rhoades del Lawrence Berkeley National Laboratory y publicado en Science Advances, advierte que estos episodios han duplicado la velocidad de deshielo en la región, abarcan superficies cada vez más extensas y aparecen casi un mes antes que hace un siglo.
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Según los autores, este subtipo de ola de calor se diferencia por su capacidad de fundir la nieve de forma abrupta durante varios días consecutivos con temperaturas por encima de los 0°C (32 °F), un patrón que ha dejado de ser excepcional y ahora representa una amenaza recurrente para el almacenamiento de agua y la seguridad de los embalses.
Cómo se midió el impacto de las olas de calor devora-nieve
Para dimensionar la magnitud de este fenómeno, el equipo científico reconstruyó el clima de las montañas del oeste estadounidense desde 1850 hasta 2015. Lo hizo a través del Reanálisis del Siglo XX, una herramienta que permite estimar cómo fueron las temperaturas incluso en épocas y lugares sin estaciones meteorológicas.
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Sobre esa base, utilizaron el modelo SNOW-17, el estándar en Estados Unidos para anticipar el comportamiento de la nieve, con el objetivo de calcular cuánta nieve podía perderse en cada uno de estos episodios extremos.
El método fue preciso: los investigadores buscaron períodos en los que la temperatura permaneció varios días y noches por encima de los 0 °C (32 °F), justamente la condición que define a las olas de calor devora-nieve. Luego, calcularon el impacto de estos episodios en el volumen de nieve disponible.
Los resultados sorprendieron por su contundencia. Una ola de calor devora-nieve típica dura entre tres y cinco días y logra duplicar la tasa de deshielo habitual para la temporada.
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Entre 1980 y 2015, los días bajo la influencia de estos eventos elevaron el promedio de nieve perdida a –17 milímetros diarios, frente a los –9 milímetros que se registran en el resto del periodo. En los episodios más severos, la pérdida superó los 66 milímetros de nieve por día en sitios de monitoreo clave.

El año 2015 quedó grabado como el más extremo: solo en esa temporada, las olas de calor devora-nieve derritieron 152 kilómetros cúbicos de nieve, volumen que representó el 23% del deshielo total entre marzo y julio.
Riesgos para el agua y el ciclo de inundaciones
El deshielo acelerado provocado por las olas de calor devora-nieve está cambiando el rol histórico de la nieve como reserva natural para el oeste de Estados Unidos. Cuando la nieve desaparece antes de lo esperado, tanto las ciudades como los productores rurales pierden su principal fuente de agua para los meses secos. Los responsables de embalses y sistemas de abastecimiento ven reducido su margen de maniobra, ya que el agua llega de golpe y se pierde antes de poder ser almacenada o distribuida de manera controlada.
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“El deshielo repentino, provocado por la lluvia sobre la nieve o por las olas de calor que derriten la nieve, puede causar inundaciones, iniciar o acelerar la sequía de nieve y afectar la disponibilidad de agua”, advierte el estudio sobre una situación que impacta tanto en el consumo humano como en la agricultura y la generación hidroeléctrica.
Las cifras del informe son contundentes. Siete de las once mayores superinundaciones primaverales registradas en el oeste estadounidense desde 1950 coincidieron con la aparición de olas de calor devora-nieve. Además, la tendencia a la aceleración se volvió más marcada desde la década de 1990, una evolución que los investigadores atribuyen “con virtual certeza” al calentamiento climático de origen humano.
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Qué cambios proponen los investigadores
El equipo científico aclara que sus modelos calculan el “potencial de deshielo”, un valor teórico que no siempre se refleja en el terreno, ya que condiciones como la sequía pueden dejar menos nieve disponible y modificar los resultados reales.
Aun así, los sistemas convencionales de monitoreo quedan cortos frente a la magnitud de estos episodios. “Sin la mejora que probamos para simular estos eventos, los modelos rutinarios subestiman gravemente los deshielos extremos registrados”, advierte el equipo liderado por Rhoades.
Ante este panorama, los investigadores proponen una batería de medidas: mejorar los pronósticos, crear un índice específico para olas de calor devora-nieve con umbrales térmicos diferenciados y extender su algoritmo a otras regiones montañosas dependientes de la nieve, como los Alpes, los Andes y el Himalaya.
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Contar con una detección más precisa de estos episodios permitiría ajustar la operación de embalses, reforzar los sistemas de alerta y anticipar crecidas repentinas. En una región que depende de la nieve invernal, esa anticipación puede marcar la diferencia entre el abastecimiento seguro y la crisis hídrica.
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