Vendía churros en la estación de Lomas, tuvo restaurantes, lo secuestraron y emigró: hoy es chef en un hotel 5 estrellas de Mallorca

Juan Carlos Ávalos Molina tiene 55 años y una vida sufrida pero a la vez inspiradora. Cuando la inseguridad lo golpeó, en el 2003 se fue del país y comenzó de cero en España. Anécdotas de un trotamundos que hace 18 años no pisa la Argentina

“Yo vi cómo a mi papá, Luciano, se le destruía el hígado a pedazos. Él no era bebedor, o quizás yo era muy chico e incrédulo. Murió en el ‘78, poco antes del Mundial”. Pasaron 43 años, pero la voz que llega desde Sant Ponsa, Mallorca, España, con un balcón que directo a una bahía y al mar Mediterráneo, se quiebra. Juan Carlos Ávalos Molina tiene 55 años, ya no es un niño, es el chef ejecutivo de un hotel 5 estrellas de la paradisíaca isla, pero aquella muerte la lleva incrustada en el alma para siempre. Ya había perdido a su madre, Dora, en 1972, víctima de un cáncer de mama. “No había nada en esa época para curarla… Vivíamos en Monte Grande, era un descampado, y recuerdo que me encerraron en el baño de una vecina. Pero entre los ladrillos tenía un agujero y vi cómo llegaban tres autos negros, uno con unas columnas. ‘Juana, que son’, le pregunté a la vecina y ella, pobre, no sabía cómo explicármelo”.

Así, a los 13 años, Juan Carlos quedó huérfano. Su abuelo, Emiliano, lo llevó a vivir con él a Lomas de Zamora. “Nos levantábamos temprano, a las cinco y nos íbamos a vender fiambres a las ferias callejeras de Alejandro Korn, Guernica y Glew…”, relata. Al poco tiempo, un amigo le consiguió entrar como bachero en el bar Píccolo de la calle Laprida, la principal de Lomas. “Era un mundo de gente, yo lloraba a veces por la cantidad de vasos y tazas que tenía que lavar. Pero enseguida empecé como mozo. Hacía malabarismos con la bandeja que tenía que llevar a los que tenían comercios o a las oficinas. Alguna se me fue al piso. Y los sábados y domingos a la mañana me iba al andén 4 de la estación a vender churros y bolas. Eso fue por el 79, el 80. Así fue mi arranque con esta odisea de la gastronomía, pero me encariñé con la profesión”.

Mientras tanto, estudiaba la primaria en la escuela 73 de Villa Galicia y en la 702 de la avenida Alsina, de noche.

Juan Carlos con su cuñada, Mirta, y su primera esposa, Liliana, todavía en la Argentina
Juan Carlos con su cuñada, Mirta, y su primera esposa, Liliana, todavía en la Argentina

Esa adolescencia se truncó otra vez en 1982, con la muerte de su abuelo. Pero ya entonces, Juan Carlos dice que incorporó varios ejemplos de conducta, que lo guiaron para no desbarrancar: “En el bar, como mozo, conocí mucha gente. Comerciantes importantes de la zona, dueños de inmobiliarias, yo los miraba y cuando veía que eran gente de bien, trataba de imitarlos. Así, cuando mi abuelo falleció un señor llamado Oscar Ferreyra y su esposa, Nélida Ghilino, me llevaron a vivir con su familia. Son como mis otros padres. Él me consiguió, también, entrar como mozo de la parrilla del Círculo Católico de Obreros, sobre la avenida Pavón. Había una cancha de pelota paleta, y venían políticos y empresarios a comer los fines de semana. Además, de lunes a viernes empecé en una fábrica de biblioratos por Laprida al 1.000 y pico. ¡El frío que pasé ahí!”.

A pesar de los golpes, Juan Carlos empezaba a ganarle la pulseada a un destino empeñado en sopapearlo. En ese momento, el dueño de una importante concesionaria de Capital Federal que iba a comer a la parrilla del Círculo le propuso ser cadete de su firma. Tenía 17 años, se había sacado número bajo para ir al Servicio Militar y todavía no había terminado la secundaria. “El problema es que yo no tenía un traje para ir, porque la concesionaria quedaba en Palermo. Así que fui a la casa de un tanguero amigo y me prestó ropa. Saco verde, camisa con charreteras y corbata negra. ¡Estaba impresentable! Me tomé el 160 en la estación de Lomas y llegué a Salguero y Cerviño. Mientras caminaba, la gente me miraba y yo no sabía por qué. Claro, estaba vestido como un payaso. Por suerte, al poco tiempo un jefe, Eduardo Ledo, me dijo que tenía ropa que no le entraba y que si no me molestaba, él me la podía dar. ¡Qué me iba a molestar!”

Juan Carlos, a la izquierda, invitado a un casamiento en Lomas
Juan Carlos, a la izquierda, invitado a un casamiento en Lomas

Ahí también se le abrió la posibilidad de terminar el secundario en una escuela nocturna de Capital. Y fue en ese instituto de la calle Virrey Ceballos, frente a la Jefatura de Policía, que conoció a su primera esposa, Liliana. “Así que mi vida era de lunes a viernes en la concesionaria, a la noche la escuela y sábados y domingos como mozo en la parrilla del Círculo”.

Su única distracción era ir a la cancha a ver a su querido Banfield. “Tengo el ADN verde y blanco. Iba a la tribuna chiquita en los ‘70 con un amigo, el Colorado Spangenberg. Cuando vivía mi abuelo me comía cada hostia suya por escaparme para ir… Mirá, yo cambié de todo: casa, coche, parejas, pais, pero el sentimiento por el Taladro jamás. Cuando salió campeón en el 2009 trabajaba en una parrilla acá en Mallorca. Eran como las diez, once de la noche. Tenía los auriculares puestos y se me caían las lágrimas. La gente que estaba ahí no entendía nada”.

Tal es su amor por esa camiseta que habitualmente recibe saludos de glorias banfileñas como el Cholo Converti y “El Negro” González. A ellos -y muchos más- les prometió que, cuando venga a la Argentina de visita, les cocinará en El Quincho Garrafa Sánchez, donde están las parrillas del campo de deportes de la institución sureña.

Con una camiseta de Banfield. Como el personaje de El secreto de sus ojos, dice que es casi lo único que no cambió en su vida
Con una camiseta de Banfield. Como el personaje de El secreto de sus ojos, dice que es casi lo único que no cambió en su vida

De a poco y con esfuerzo, Juan Carlos empezó a asomar la cabeza. “Cuando estaba en la estación, yo veía a la gente que estaba en la misma y me decía ‘tengo que salir de acá’. Y en el Círculo tuve la gran oportunidad”. Pudo comprar una parrilla en la calle Castelli al 300, donde empezaron a ir muchos políticos lomenses. La llamó La Casona. Se separó de Liliana pero sumó otro restaurante, La Bernardita. Las cosas comenzaban a salir bien. Se mudó a una casa en el centro de Lomas y abrió otra parrilla (La Casona 2), un restaurante en Lanús (El Portal) y compró, en sociedad con dos personas, el Café París.

Hablar del Café París en los 90 en Lomas de Zamora era como hablar de La Biela o la Richmond en Capital. En ese lugar se cocinaba la política local y se hacían negocios. Sin embargo, un solo hecho hizo derrumbar todo su mundo:

“Yo tenía un Fiat Duna, y en una concesionaria de la avenida Pasco había estacionado un Mercedes Benz. Iba con mi hermana Dorita y me dijo ‘el día que gane la lotería te voy a regalar ese auto, te lo merecés’... No sé por qué lo hice, pero fui, le dejé mi coche, pagué la diferencia como pude y me lo llevé. Claro, en un auto así, la gente te mira. En Argentina, cuando crecés y te va un poco bien, todos piensan que tenés muchísimo dinero. Un domingo por la noche volvía de la costa y estacioné en la puerta de casa. Dos chicos en moto, dos chorros, me asaltaron y me llevaron a dar vueltas por los cajeros. Me tiraron a la oreja para que me asustara. La cuestión es que hubo que pagar un pequeño rescate, que juntaron dos amigos y me soltaron en Canning”.

Eso sucedió en el año 2002. Al año siguiente, una noche se despertó en forma súbita. “Tuve una pesadilla, estaba sudado… Y dije: ‘Me voy a Mallorca’. Había visto un documental, o algo así. No me preguntes bien por qué elegí Mallorca. De un día para el otro, dejé todo y me vine. Y no estoy arrepentido en absoluto. A la Argentina no volví más, ni de visita”.

Juan Carlos, en la noche mallorquín
Juan Carlos, en la noche mallorquín

Sin embargo, este año planea regresar. Un motivo familiar muy fuerte lo traerá en noviembre. “Mi hermana Dorita era dos años más grande que yo. Tuvo tres hijas, se separó, se volvió a poner en pareja pero sabía que ya no podía tener más hijos. Pero quiso tener uno con este hombre y murió en el parto en el hospital Gandulfo. El niño vive. Y ahora, una de mis sobrinas tiene un tema de salud por la que fue operada. Así que dije ‘tengo que ir sí o sí’”.

Cuando amigos y conocidos se enteraron de su regreso, le ofrecieron hacer un emprendimiento. ”Cada vez extraño más a mis amigos, sobre todo porque en esta pandemia algunos quedaron en el camino -reconoce-. Tengo un grupo de whatsapp con mi grupo de niño de Villa Galicia, de la Sociedad de Fomento. ¿Pero qué voy a hacer hoy, si Argentina lamentablemente está devastada? Tengo amigos que me dicen que piense con la cabeza y no con el corazón. Y cuando apoyo la cabeza en la almohada se que tienen razón”, se pregunta.

Sin embargo, su comienzo en Mallorca no fue sencillo. Tuvo que remar. “Llegué el 17 de agosto de 2003. Supuestamente, en el aeropuerto me iba a esperar un señor llamado Carlos Castro, hermano de una persona conocida, que me iba a asesorar. ¿Tú lo has visto? Porque yo, después de 20 años, todavía no lo conozco… Así que estaba solo en el aeropuerto, sin saber para dónde ir. Tomé un taxi, fui a un hotelito barato y pregunté dónde podía conseguir trabajo de mozo. Me dijeron: ‘en la esquina hay un restaurante que se llama Asadito que estén buscando’. Así que el 18 ya estaba trabajando, y ni se me ocurrió decir que había sido dueño de restaurantes”.

En la actualidad es chef ejecutivo de un hotel 5 estrellas y asesora a tres restaurantes de Mallorca
En la actualidad es chef ejecutivo de un hotel 5 estrellas y asesora a tres restaurantes de Mallorca

En Asadito -cuenta Juan Carlos- entraban 700 personas. Y llegó la primera dificultad. No porque no supiera el oficio de “camarero”, como sería de allí en más. Sino porque no sabía idiomas. “Tú te vienes a España por el idioma castellano. Pero acá en Mallorca, sin alemán o inglés no funcionas. Se vive del turismo”. Así que debió aprender un poco de cada uno para manejarse.

Lo curioso es que su ex, Liliana, había emigrado desde Argentina al mismo lugar. “Trabajadora como pocas. Me ayudó a crecer. Con ella todo bien, está en pareja con un alemán”. Juan Carlos tampoco perdió el tiempo. En el 2008 se casó con una española y consiguió los papeles de la residencia. Con Pastora pusieron un restaurante, pero se separaron y lo vendieron. Volvió a Asadito, pero ya como cocinero. Quiso la casualidad -o los platos- que allí solía ir el mallorquín más famoso en todo el mundo, Rafael Nadal. “El venía tarde, con su familia, como a las once de la noche, para que no lo molestaran. Y yo le hacía la comida. Así, un día surgió la trabajar en Sa Punta y en la escuela de tenis de Manacor…”

Bien se define Juan Carlos como “un trotamundos”. Porque de allí pasó a trabajar en el Hard Rock. Y luego -por una amiga chilena nacionalizada alemana, con quien aún tiene una relación “abierta”, como cataloga- se fue a Alemania a hacer tapas en una cadena de 65 panaderías cuyo dueño era el ex de esta mujer. Y pasó por París, donde hizo el curso de Cordon Bleu, “porque quería ese diploma. Me inscribí online, fui a París, estuve meses, luego vino la pandemia, seguí online y rendí en el hotel Son Vida acá en Mallorca. Y también tengo el título de Alta Cocina de la Universidad de Benidorm”.

Trabajando en Mallorca
Trabajando en Mallorca

Por estos días trabajaba en el restaurante del hotel Zafiro, de cinco estrellas, donde es chef ejecutivo. Además, asesora a otros tres restaurantes. “Las grandes empresas hacen todo dentro de la norma: jornadas de 8 horas, 40 horas por semana, dos días de descanso. Pero yo no puedo vivir con el sueldo que marca la ley, así que en vez de 8 horas trabajo 12 y eso me redondea un buen salario”, remarca.

Sobre su profesión, es taxativo: “Acá cada día se exige más en la cocina. Los platos tienen que salir como un cuadro de Picasso. Pero los chicos ven un reality de cocina y todos quieren ser chefs, cuando lo único que haces es trabajar como un puto cabrón y quemarte las manos. Acá somos 85 personas de 20 nacionalidades. Es decir, cada vez que me levanto, sé que voy a enfrentar 85 problemas”.

Su día comienza a las 7 de la mañana. “Yo vivo en Santa Ponsa, una localidad muy guapa, arriba de la playa con un perrito llamado Charly. Lo paseo, lo dejo, tomo un cafecito y a trabajar… ¡a calentar salsas!”.

Por lo demás, sólo comparte su casa con el can. Con picardía, dice que “tengo muchas amigas, paso el rato, toco y me voy. No quiero que se dejen ni un cepillo de dientes. Tengo, sí, esa relación libre y abierta de la que te hablaba…”

Con Daniela del Pilar Hermann, "una gran amiga chilena-alemana, trabajé para ella en Mallorca y en Hannover, Alemania"
Con Daniela del Pilar Hermann, "una gran amiga chilena-alemana, trabajé para ella en Mallorca y en Hannover, Alemania"

Lo más insólito le sucedió este año. Inquieto, Juan Carlos vio en Instagram que había un casting para una serie “y me apunté”, dice. “Me llamaron, tuve una reunión en Can Pastilla y me convocaron. La serie se llama Pep, saldrá en septiembre y hago de farmacéutico. Mirá, Dios me quitó mucho, me quitó mi madre, padre, hermana, abuelos y algunos amigos, pero me dio también y tengo que agradecer. No me arrepiento de nada de lo que hice, todo por el afán de desarrollarme. Y todo lo hice como en mis comienzos: copiando lo que hacía la gente de bien, de trabajo. Al señor Sapienza, por ejemplo. al señor Alberto Cale…”, sostiene.

Por supuesto, sabe que hoy muchos jóvenes -y no tanto- estudian la posibilidad de emigrar de la Argentina. Su mirada del país es lapidaria, aunque se encarga de remarcar lo mucho que extraña. “La veo muy mal, triste a la Argentina, y más para la clase de negocio que tuve en Lomas. Trabaja el 40 por ciento del país para mantener al otro 60. Mirá, fue un amigo con su novia mallorquina. Salió con una máquina de fotos a la zona de Retiro y a los dos minutos no tenía nada. Los de bien, los que laburan, tienen el riesgo de volver en un cacharro de pino por un par de zapatillas”.

Juan Carlos vive en Santa Ponsa, Mallorca, con su perrito Charly
Juan Carlos vive en Santa Ponsa, Mallorca, con su perrito Charly

Así que su consejo es el siguiente: “Les diría que no lo duden, que tomen riendas en el asunto y que emigren. Porque Argentina va a demorar mucho en armarse y salir adelante. Por semana, por lo menos, recibo uno o dos mensajes de amigos amigos que quieren venir”. Pero advierte: “Ya no es fácil venir sin documentación. Esto ahora no es como desde el 2002 al 2005, cuando vine yo. Estuve unos años en la clandestinidad. Tenía algo de dinero y me movía tranquilo. Pero hoy, si pones un local sin papeles y te agarran, la multa puede ser de 60 mil euros, y si sos reincidente, te cierran el local”.

En noviembre, como se dijo, Juan Carlos regresará por primera vez en 18 años. Está escribiendo un libro sobre su vida con la ayuda de un amigo. “Lo voy a vender a la gorra y lo que recaude lo donaré al hospital Gandulfo, donde nacieron mis sobrinas y murió mi hermana”. Pero de quedarse, nada. “Cuando mis amigos me mandan fotos de Las Lomitas (el barrio gastronómico de Lomas de Zamora), parece Manhattan. Pero les pido que me muestren la periferia. Y es triste. Yo agradezco lo que tengo acá. Hice muchos amigos. Nuestro país, lamentablemente, está mal mirado. Cuando me preguntan si soy argentino, les respondo: ‘Sí, pero no ejerzo’”.

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