
Inmigrante italiano. Inmigrante italiana. Llegaron a Buenos Aires en 1953 y 1955, respectivamente. Unos años después se conocieron y ya nunca se separaron. Lo que no imaginaron es que también atravesarían juntos la pandemia del coronavirus, que formarían parte de la lista de los miles de contagiados en el país.
Pero su historia, su unión, comienza mucho antes. Un barco, como tantos otros que arribaron desde Europa a la Argentina. Más de 20 días a bordo necesitaron Teresa Manco (75) y Antonio Vattino (79) para integrar esa gran ola inmigratoria y finalmente echar raíces junto a su familia en territorio nacional. Ella con seis años, él con 12. Desde San Filippo y Acquappesa, ambas localidades ubicadas en la región de Calabria, al conurbano bonaerense, a La Matanza.
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El relato se resume a una vida compartida: cuatro hijos, cuatro nietos, y uno más en camino. Se conocieron en la adolescencia a partir de sus parientes, quienes ya se vinculaban en el sur italiano. Al poco tiempo se casaron. Y Antonio empezó a progresar con su oficio de carpintero.
Siguió la construcción de la casa propia, la predisposición al trabajo, predicar con el ejemplo y, fundamentalmente, el respeto y el amor por la familia. Ese valor fue uno de los tantos que importaron y promovieron entre los suyos a rajatabla. Por algo el lazo con quienes quedaron en Italia nunca se rompió. Pudieron contra el tiempo y la distancia. Cartas, largas conversaciones telefónicas los fines de semana, luego algún viaje y hoy videollamadas, fortalecieron el enlace.
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“De un día para otro”, cuentan aún con incredulidad a Infobae, en 2020 pasaron a ser sinónimo de “grupo de riesgo” frente al virus que cambió al mundo por completo. El primer año de la pandemia los encontró aislados en su casa. La apacible cotidianeidad, la expectativa ante cada domingo de asado o pastas para almozar todos juntos se había trastocado. Sus sensaciones podrían ser las de cualquier adulto mayor argentino. “Perdimos momentos y actividades que nos mantenían en movimiento, fue muy feo, pero había que guardarse”, dice Teresa.

Así llegó el 2021, la segunda ola y, cuatro días después de recibir la ansiada primera dosis de la vacuna Sputnik V, la noticia que jamás imaginaron: COVID-19 positivo. “No sabemos qué pasó”, asegura Antonio. Y reconstruyen lo sucedido entre los dos: “Empecé con fiebre el Jueves Santo y como no se iba nos empezamos a preocupar. Me hisoparon en la Clínica del Buen Pastor (en Lomas del Mirador) y confirmaron que tenía este virus”, narra su mujer, después de haber pasado días difíciles.
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Fue una semana de fiebre y un fuerte estado gripal hasta la confirmación del diagnóstico. Lo sucedió una neumonía bilateral. Siguió el incondicional apoyo familiar y la desesperación por no conseguir una ambulancia para controlarla en una clínica cuando el marco empeoró. No había alternativas en el servicio público o privado. Recién después de unas cuatro horas, a través de su obra social, un vehículo arribó a su casa.
En ese punto, la tensión escalaba. “Estábamos muy nerviosos, mis hijos estaban muy angustiados. Pienso en todos los jubilados que deben estar pasando por lo mismo”, se lamenta todavía la madre y abuela.
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El nerviosismo no abandonaba la escena: más allá de contar con el transporte en la puerta, la zozobra se prolongó porque lo que faltaba ahora era un centro de salud con disponibilidad. Fueron tres horas más, hasta que sonó el teléfono: había una cama de terapia intensiva para ella en el Hospital Estrada, de Libertad, partido de Merlo.
Hasta su traslado, secundado por sus hijos, Antonio no se movió de su lado. Su cuadro era menos severo. Si bien padecía neumonitis, una infección más leve que la de su esposa, las líneas de fiebre estaban bajo control. Él atravesó la enfermedad en su casa. Siente que el trabajo realizado durante toda su vida como carpintero lo prepararon para enfrentar la situación con envidiable tranquilidad.
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Para Teresa, el panorama era distinto. Experimentó en carne propia el agotamiento del sistema de salud en la provincia de Buenos Aires. Pero emocionada describe el esfuerzo de los médicos y enfermeras “que no daban a basto”. Corridas, nerviosismo, una pandemia por dentro. Lo explicita: “Es muy triste lo que pasa en el hospital, tenía mucho miedo”.
Habla de esa semana y su mirada cambia. Sensibilidad y emoción se reflejan instantáneamente en su rostro, aún sin creer lo vivido. “Lo que más me preocupaba era saber que Antonio estaba pasándola mal en casa”, admite. Finalmente respondió sin sobresaltos a los tratamientos, salió de la UTI y tras cuatro días más en una habitación común, pudo volver a su querido Isidro Casanova.
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Su recuperación, como no podía ser de otra manera, coincidió con la de su marido. Ya en su hogar, todavía hay noches en la que se despierta con un mal sueño, visualizándose en el hospital.
Según cuenta la pareja que en octubre cumplirá 56 años de casados, el reencuentro, primero con sus hijos, y posteriormente con los sobrinos y primos que quedaron en Cosenza, Calabria, a través de videos por WhatsApp, era lo que necesitaban. Antonio explica que “se pusieron a llorar cuando nos vieron con Tere en la cama, estaban asustados porque están lejos”.
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Si bien el virus aún no ofrece señales de quedar en el olvido y ellos continúan su recuperación -“me canso más rápido y él está muy flaco”, señala Teresa- ya recargan energías e irán por otro sueño: esperan con los brazos abiertos a una nueva nieta y conservan las esperanzas de que algún día no tan lejano, cuando la pandemia sea un mal recuerdo, puedan viajar a Italia.
“Me quiero ir por varios meses”, asegura Antonio, quien hasta la llegada del coronavirus tenía todo listo para pisar su tierra natal (la última vez fue en 2014) tras haber emigrado.
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Para Teresa, se trata de mucho tiempo lejos de casa y se rehúsa. Fiel a su compañero, comparte el deseo, pero busca negociar la duración. “Yo me voy igual” refuerza el “Tano”, como se lo conoce en el barrio. Pero ni él se lo cree. Siempre fueron juntos. Y esta vez no será la excepción.
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