Hace 20 años venció al cáncer, hoy es voluntaria de una vacuna para derrotar al COVID-19: “La inmunidad llegará en breve”

Eliana Deolinda Matko, oriunda de Campana, es parte de quienes se aplicaron la vacuna que desarrolla el laboratorio Pfizer en el Hospital Militar Central. En el año 2000 recibió un diagnóstico terrible: cáncer de tiroides. Meses más tarde, se recibió de abogada y tiempo después se curó. Con la misma fe encara este proceso: “Hay que tener paciencia, ya falta poco”

Eliana, antes de realizar una de las pruebas
Eliana, antes de realizar una de las pruebas

En el año 2000, a Eliana Deolinda Matko le diagnosticaron un tumor maligno: cáncer de tiroides. En aquel tiempo tenía 24 años, estaba terminando sus estudios de abogacía, y lo que podría haberla derrumbado le dio fuerzas: “Le pedí al cirujano que me diera un turno de intervención quirúrgica lo antes posible, porque tenía que dar los últimos exámenes en la facultad”.

El título llegó un año después, la enfermedad se fue y la chica de Campana continuó con su vida. En el 2007 comenzó una carrera en la función pública, que la llevó desde el Ministerio de Economía de la Nación hasta el Fondo Nacional de las Artes, lugar donde actualmente trabaja en el sector de legales.

Como si amara las simetrías, el año pasado se recibió de Martillera Pública y Corredora Inmobiliaria. Y en este 2020, el de la pandemia por COVID-19, volvió a poner el cuerpo como en el 2000. Es una de las voluntarias de la vacuna contra el coronavirus que desarrolla el laboratorio Pfizer.

“Me inscribí apenas me enviaron la convocatoria por un grupo de WhatsApp, al que inmediatamente accedí para completar mis datos con plena convicción -le cuenta a Infobae-. Me sentía en ese momento acumulando ansias por ayudar. Por un lado me estaba cuidando con el aislamiento, pero veía tanto sufrimiento en los medios de comunicación que no podía quedarme sin hacer nada, me sentía impotente. Mis padres y su salud son mi gran preocupación, así que ellos, sin que lo supieran, fueron mi inspiración para dar el paso adelante”.

Junto a sus padres, Aída y Miguel
Junto a sus padres, Aída y Miguel

Eliana desciende de una familia eslovena por parte de su papá, Miguel Matko (ex futbolista de Quilmes, de Argentino de Quilmes y de Villa Dálmine), que se casó con la campanense Aida Menoyo. Hoy, ambos están jubilados de Tenaris, la empresa del grupo Techint. El primero en llegar a nuestro país fue un bisabuelo militar austrohúngaro, condecorado con honores, que arribó con su familia en 1927. Otro abuelo, también esloveno, llegó para trabajar en las obras del cruce de Mendoza y Chile junto a su hermano. Luego se instaló en Florencio Varela y tuvo su propio horno de ladrillos. Parte de su producción la donaba a la Fundación Evita. “Mis ascendientes me transmitieron sus valores, el de hacer patria con honestidad. Estoy orgullosa de ellos y creo que todo influyó en mi decisión”, sostiene.

Además de su trabajo, Eliana ama las danzas clásicas y españolas. Formó parte del Ballet Municipal de Zárate con la profesora Marina Pertuso y la directora Maridelfa Orlandi. “Me perfeccioné tomando clases con grandes maestros como Gloria Kazda, Rada Eichenbaun, Alejandro Totto, Raúl Candal y Graciela Blanco. En 1993 viajé a Rusia (Moscú y San Petersburgo) en una experiencia extraordinaria”, compartió con Infobae. Soltera, hoy disfruta de sus amigos, teje al crochet, anda en bicicleta, tiene mascotas (dos gatos y dos perros) y reparte su tiempo entre Campana y Buenos Aires.

La espera terminó el 30 de julio. Ese día recibió el llamado que tanto esperaba. Lo recuerda como si fuera hace minutos: “Una chica de nombre Andrea me dio la noticia, había quedado sorteada entre 20 mil voluntarios. Me explicó el tratamiento y el proceso. Estuve cuatro días emocionada, contándole a la gente, no paraba de llorar”.

En esa charla sucedió algo muy especial. Le preguntó a Andrea si tendría turno para el 30 de agosto, el día de Santa Rosa. Cuando le respondió que sí, el corazón le latió fuerte. “Rogaba que estuviera libre. Le comenté que ese día se cumplían 20 años de mi operación oncológica. Era muy importante para mí poner mi cuerpo ante semejante desafío, y sabía que Dios no me iba a soltar la mano. Andrea me contaba sobre los efectos secundarios que podría sufrir, además del hisopado y los estudios. Le confirmé que nada me llamaba la atención, que yo había pasado peores dolores y que tenía fe”.

Eliana, en el Hospital Militar
Eliana, en el Hospital Militar

Para esa primera visita al Hospital Militar Central Cirujano Mayor Dr. Cosme Argerich, Eliana se vistió como para un gran evento, “con un pulóver con brillitos y mis botas de taco alto. El taxi me pasó a buscar a las 11.30 y a las 12 llegué a Palermo. Me entregaron una bolsa marrón con alcohol en gel, termómetro digital, barbijo y snacks. Todo el personal militar llevaba puesto sus uniformes verdes camuflados, y los médicos y enfermeros llevaban puesto sus ambos, barbijos, camisolines. Me registraron y entregaron un formulario de 30 hojas. En otro piso me esperaban unos doctores jóvenes, con muy buena predisposición, intercambiando chistes. Una organización de primera”.

Allí firmó el consentimiento, emocionada por el aniversario que se cumplía. Una enfermera le extrajo sangre, hizo el examen de orina y le tomaron la altura y el peso. El siguiente paso fue el hisopado. “Sentí ardor, fue molesto”, dice. Con ella había otros voluntarios, formando fila con la distancia correspondiente y los barbijos puestos. Por último, la ubicaron en el box número 28, donde llegó el momento que había ido a buscar: una enfermera le pidió que mire hacia otro lado mientras sostenía la jeringa. De inmediato sintió un pinchazo en el hombro izquierdo. “Como soy muy observadora busqué con la mirada la etiqueta del envase, que era supuestamente lo que me iban a aplicar. Quería saber si existía alguna evidencia para conocer si era placebo o vacuna, pero sólo sentí la aguja”, recordó Eliana.

A las cuatro de la tarde estaba en su casa. Durmió una siesta reparadora, porque la noche anterior no había pegado un ojo por los nervios. “Tanto después de la primera dosis, como de la segunda, sentí agotamiento físico y padecí un poco de tos, síntomas que hasta el día de hoy los relaciono simplemente con un estado de estrés emocional y de alergia”, añadió.

En la  puerta del Hospital Militar
En la puerta del Hospital Militar

Recién cuando se levantó se lo comunicó a sus padres. “Ellos conocen mis valores y principios. Saben que soy inquieta y terca, que aunque todo me cueste el triple lucho para alcanzar los objetivos y muchas veces lo logro. Y si no, lo tomo como aprendizaje. Salir sorteada no dependía de mi sacrificio sino del azar. Ellos están orgullosos desde mucho tiempo atrás, esto no los sorprende, se enteraron el mismo día que recibí la primera dosis por la noche, cuando estaba en mi casa, relajada esperando si se evidenciaban los efectos de la aplicación. No quería asustarlos, jamás dudé, simplemente me ocupé de pedir consejos de amigas biólogas, médicas y de una prima farmacéutica. Confié en el laboratorio, que es de excelencia y me aferre a la fe, a la Virgen de los Milagros y a la difunta Deolinda Correa, a quien le hice la promesa de viajar a Vallecito, San Juan, apenas pueda”.

La segunda visita fue el 18 de septiembre y le practicaron un nuevo hisopado. Para la tercera, el 20 de octubre, debió completar una declaración jurada ampliatoria. “Allí el doctor me anunció que a mitad de noviembre estarían los resultados de los análisis, su eficacia y que en seis meses todos los voluntarios volveríamos al Hospital Militar. Ese día me realizaron un examen de orina y me extrajeron sangre para evaluar la inmunidad”.

El 9 de noviembre le avisaron que “a la luz de los excelentes resultados del análisis interino del estudio de la vacuna de COVID-19, Pfizer propuso administrar la vacuna a todos aquellos voluntarios que hayan recibido placebo una vez que esté la autorización de las autoridades regulatorias”.

Eliana, junto a una sobrina en brazos
Eliana, junto a una sobrina en brazos

Por el compromiso asumido entre Eliana y el laboratorio, el tratamiento durará 2 años y consiste en seis visitas, aunque puede rescindirse en cualquier momento. “Ya realicé 3 y solo tengo sentimientos de satisfacción, desde la logística, el trato, lo vivido... Y hasta hoy, siento que es poco lo que brindé”.

Hoy está feliz y orgullosa por su decisión. “Mi vida no vale más ni menos que la de los demás. Simplemente fue una decisión que asumí por solidaridad, amor y para sentirme parte de un proceso histórico mundial. Jamás tuve miedo, al contrario, apenas leí la convocatoria me inscribí sin dudarlo”.

Su deseo es que en nuestro país haya vacunas disponibles para todos, sea la Sputnik, AstraZeneca o Pfizer, “que son laboratorios de excelencia. Si bien la inmunidad nos otorgará la protección para volver a la vida rutinaria, a abrazarnos, caminar tranquilos, vivir libremente, nos costará volver a la normalidad, porque nos queda por delante un gran desafío que es el de recuperar el país. Hay que tener un poco más de paciencia, yo sé que cuesta mucho y estamos todos muy cansados, pero falta poco”.

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