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En la ciudad de Buenos Aires viven 650.000 adultos mayores de 65 años. De ellos, cerca del 70% lo hacen en hogares donde todos los ocupantes tienen más de esa edad. Según el último Boletín Integrado de Vigilancia Epidemiológica del Ministerio de Salud, publicado con datos hasta el 9 de mayo, la edad promedio de los pacientes fallecidos por COVID-19 fue de 76 años (con mínimo de 27 y un máximo de 99 años). El 59,7% de los casos fallecidos correspondió a varones. Y si bien sólo el 22,6% de los casos confirmados se trata de personas mayores de 60 años, el 85% de los muertos corresponde a esa franja etaria.

Pero la enfermedad no es el único riesgo que corren los mayores. El encierro por el aislamiento (por ahora único remedio eficaz contra el coronavirus) puede generar otros males. Ignacio Llovet (“tengo 68, soy parte del grupo de riesgo”) sociólogo recibido en la Universidad del Salvador y profesor de la Universidad Nacional de Luján, explica que “La experiencia internacional indica que el grupo demográfico más lábil frente a las amenazas reales y potenciales de Covid-19 es la población de 65 años o más. Hay factores físicos, psíquicos y sociales que lo explican esto. Los adultos mayores tienen su sistema inmune más vulnerable a las enfermedades infecciosas y son más proclives a sufrir diabetes, enfermedades pulmonares o cardíacas. Además, las constantes sensaciones de riesgo afectan la salud mental y pueden deteriorar condiciones de salud preexistentes. Las personas pueden experimentar soledad, aislamiento, dolor. Tienen más probabilidad de estar institucionalizadas que otros grupos demográficos y pueden convivir en condiciones de mayor hacinamiento o carecer de redes sociales”.

El investigador cuenta que, durante la cuarentena, “paso el tiempo en casa, vivo con mi esposa. Mis tres hijos -una arquitecta, un sociólogo y un músico, dos de ellos viviendo en el exterior- están independizados. Y tengo cuatro nietos a quienes veo a través de Whatsapp por ahora”. Llovet dice que alcanzó “a dar una sola clase presencial en la Universidad este año. Ahora lo hago en forma virtual. Me ocupo de eso y las actividades de investigación”.

El profesor de la Universidad de Luján Ignacio Llovet, que encabeza la investigación sobre el efecto de la cuarentena en adultos mayores.
El profesor de la Universidad de Luján Ignacio Llovet, que encabeza la investigación sobre el efecto de la cuarentena en adultos mayores.

Él, junto a un grupo de eminencias de las Ciencias Sociales (el Doctor Esteban Damiani, University College London; Magister Graciela Dinardi, Universidad Nacional de Tres de Febrero; la doctora Gladys Masse, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires; magister Cecilia Rodríguez Gauna, UBA-UNTREF-UCA y la licenciada Liliana Sella, UBA), fueron elegidos entre los 64 proyectos a subsidiar con 100 mil dólares por la Agencia de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación (Agencia I+D+i) del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación con un trabajo titulado “Distanciamiento social, temores y recursos en el transcurso de la pandemia COVID-19: una visión longitudinal en la población adulta mayor de la Ciudad de Buenos Aires”.

“Hay 24 estudios recientemente publicados que exponen los efectos psicológicos de la cuarentena. Fueron realizados en diez países, con metodologías diversas, y vinculados a distintas enfermedades (SARS, Ébola, MERS, H1N1) con un rango amplio de categorías de participantes. Y coincidían en señalar que el impacto psicológico era significativo y duradero”.

La propuesta que llevarán adelante ellos es un estudio similar en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires. Será de tipo longitudinal y medirá los efectos psicosociales que resultan del aislamiento preventivo y obligatorio experimentado por hombres y mujeres de 65 años o más. Harán encuestas telefónicas a 300 personas, en tres ondas, con un intervalo de 15 días cada una. Se les aplicará un mismo cuestionario de aproximadamente 40 preguntas referidas a atributos sociodemográficos, nivel socioeconómico, estados de ánimo, interacciones sociales, acceso y fuentes de información, nivel de respuesta a las disposiciones del aislamiento social obligatorio para poder analizar las variaciones en el tiempo de conductas y estados emocionales.

“La encuesta les insumirá unos 20 minutos. Le informaremos al entrevistado como son las características y el tiempo que demanda. Las preguntas girarán por si perdió el apetito o no, por ejemplo. Sólo habrá dos o tres preguntas abiertas. Y desde que los contactemos vamos a dejar una ventana de siete días antes de llamarlos”, aclara Llovet.

“El valor agregado de este estudio -explica- es que en su diseño longitudinal incorpora una dimensión, el tiempo, que juega un papel crítico en la aplicación y sostenibilidad de una medida extraordinaria como es el aislamiento social obligatorio. En tal sentido contribuirá a informar las decisiones de política sanitaria brindando evidencia de los impactos que el aislamiento genera sobre los sectores de la población que se aspira a proteger”.

El equipo de investigadores lo compone el profesor Ignacio Llovet, el Doctor Esteban Damiani (University College London), Magister Graciela Dinardi (Universidad Nacional de Tres de Febrero), la doctora Gladys Masse ( Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires), magister Cecilia Rodríguez Gauna (UBA-UNTREF-UCA) y la licenciada Liliana Sella (UBA).
El equipo de investigadores lo compone el profesor Ignacio Llovet, el Doctor Esteban Damiani (University College London), Magister Graciela Dinardi (Universidad Nacional de Tres de Febrero), la doctora Gladys Masse ( Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires), magister Cecilia Rodríguez Gauna (UBA-UNTREF-UCA) y la licenciada Liliana Sella (UBA).

“Estamos esperando que nos den luz verde para comenzar. Los primeros resultados los tendremos a los sesenta días. Uno de los aspectos más complejos es preparar la muestra. En estas condiciones donde no se pueden hacer entrevistas personales, cara a cara, la armaremos a través de una lista de 100 referentes, a quienes les pedimos que nos proporcionen cuatro o cinco personas para llamar por teléfono. A esta gente, a su vez, le pedimos una segunda tanda de contactos. De esa manera contaremos con una base ordenada para empezar la comunicación”, revela sobre el armado de la muestra a encuestar.

Entre las características de la población que evaluarán se encuentran la localización, el sexo, el nivel socioeconómico. “Por ejemplo -describe- acá en la capital la población de adultos mayores es bastante importante, y por otro lado muy femenina. De cada diez adultos mayores, seis o siete son mujeres. Es una característica que varía según zonas. En la zona norte, por ejemplo en Recoleta, es muy elevada la presencia femenina respecto de hombres, porque es una población más envejecida ya las mujeres tienen mayor expectativa de vida. Allí la brecha puede ser de cinco o seis años y en algunos lugares es más acentuado. Es más parejo en la zona sur. Ahí existen dos características. La población es más joven, tiene menos expectativa de vida, y la brecha entre mujeres y hombres es más pequeña. Será 70 por ciento de mujeres y 30 de hombres en el norte, y en 55 por ciento de mujeres y 45 por ciento en el sur”.

"El tema de la muestra es muy importante para nosotros y el resultado final -añade-. Por ejemplo, en las villas, hoy en el ojo de la tormenta, la presencia de población adulta mayor es bastante menor que en otras zonas, es una población muy joven, está en un 4 o 5 por ciento. En el resto de CABA se triplica, puede llegar al 15 o 16 por ciento del total”.

Para Llovet, la cuarentena “es una situación muy extraordinaria, inusual. Implica una restricción muy severa a la libre movilidad de las personas. Y una alteración muy grande los hábitos y rutinas de vida. Nos interesa ver cómo afectan estas condiciones sobre el estado emocional de este grupo poblacional”.

Según el investigador, “por las rutinas que lleva adelante una persona mayor en comparación con grupos más jóvenes, deberían estar más preparados para atravesar esta experiencia con mayor disposicion, porque pasa mas tiempo en la casa que un joven, ya sea por trabajo o recreación. Y es cierto que las personas mayores son conscientes de sus vulnerabilidades”.

Sin embargo, hace una diferenciación que no es menor: “El factor desencadenante de este aislamiento es muy importante a la hora de definir la respuesta. Es distinto a que alguien se recluya voluntariamente, a que lo haga ante una amenaza, como en este caso un virus, que es muy difusa a la vez”.

-¿Cómo es saber, para ellos, que están dentro del grupo de riesgo?

-La sensación es de mayor fragilidad por sus condiciones médicas, de salud. Y los temores se presentan e irrumpen de distintas maneras. Una de las cosas que preguntamos es, como mencioné, si pierden el apetito, si sufren insomnio, si notan pérdida de energía. Queremos ver si alguien que tenía ciertos gustos e intereses los ha ido perdiendo en este tiempo. Son como impulsos que se van condicionando. Y pueden desembocar, por ejemplo, en irritabilidad.

-Y depresión...

-Yo no hablaría de depresión, aunque podría haber estados cercanos a esa naturaleza. Por eso nos interesa hacer un registro no sólo en un punto de tiempo, sino longitudinal. Acompañamos la experiencia en tres sondeos. El primero el día 1, luego el 15 y por último el 30, con la mismas batería de preguntas para ver las fluctuaciones que hay. Recientemente salió una revista médica de Gran Bretaña con una revisión de investigaciones de los últimos años sobre los efectos psicológicos de las cuarentenas que han tenido relación con las enfermedades respiratorias. Y todas coinciden en que dejan efecto en el orden psicológico que no diría que es para siempre, pero sí de larga duración.

-Una vez que tengan las conclusiones del estudio, ¿para qué se usarán?.

-Espero que quienes toman decisiones lo puedan tener a la vista, y sea una de las consideraciones que se evalúen para definir de manera más fina cómo continuar la cuarentena, en caso de que en ese momento continúe. Estimamos que sí, porque es probable que los adultos mayores vean prolongada su situación. Quizás a través de éste estudio se encuentren formas de mitigar los aspectos más ásperos del aislamiento, y ayude a generar una batería de recomendaciones de alivio, incluso en estas circunstancias.

-Por ejemplo, para no repetir situaciones como las que se generaron a partir del “permiso para circular” que se le iba a dar a los mayores a 70 años para salir a la calle...

-Exacto. En este momento el rumor que corrió entre los mayores fue que el encierro sería obligatorio y hubo una reacción contraria. Se podrían haber buscado actitudes voluntarias, algo similar a los que sucedió con el tema de los barbijos: la gente se convenció que los ayudaba, y hoy es raro encontrar caminando a quien no lo use. Y no se necesitaron implementar amenazas o coacción. Es importante apelar a la persuasión.

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