Carta abierta a la orangutana Sandra, persona no humana, de una persona humana que según Darwin pudo ser ella

Orangután. Origen: Indonesia, Malasia, Borneo, Sumatra. Peso: 50 a 100 kilos. Inofensivos. La caza ilegal, la tala de árboles y la reducción de su hábitat los acerca al peligro de extinción. Esta es la historia de Sandra, quien vivió en el zoológico de Buenos Aires y morirá en un santuario

La orangutana Sandra había nacido en Alemania y vivió en Buenos Aires durante más de un cuarto de siglo (Tomas F. Cuesta)
La orangutana Sandra había nacido en Alemania y vivió en Buenos Aires durante más de un cuarto de siglo (Tomas F. Cuesta)
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Es que todo empezó mal, hermana Sandra. Pero no retrocedamos tanto; a la prehistoria ni nada de eso.

En 1912, Edgar Rice Burroughs, escritor norteamericano de Chicago, creó un argumento genial: un niño abandonado en una choza africana luego de la muerte de sus padres ingleses, es salvado y criado por los monos.

Pero Tarzán –así se llama– debió ser un súbdito de esos primates. Porque lo rescataron de la muerte, lo dotaron de fuerza sobrehumana, y le enseñaron a hablar con los animales y a sobrevivir en los peligros y la crueldad de la selva.

Sin embargo, no fue súbdito. Fue Rey de los Monos. Y su señal, todos los animales le obedecían: desde el colosal elefante hasta la astuta pantera.

Una injusticia. Pero, ¿a quién se le ocurriría convertir a un hombre en parte de la manada?

Más tarde, muchos de esos monos fueron capturados por bestiales cazadores y arrastrados a los circos. Hicieron de los inteligentes chimpancés unos patéticos animales vestidos con zapatillas y overol que daban infinitas vueltas alrededor de la pista.

Creo que uno de esos circos, a mis siete años, dejé escapar la primera lágrima, mientras la multitud reía a carcajadas burlándose de ese noble antepasado.

La orangutana cuando llegó a Buenos Aires el 20 de septiembre de 1994 (Archivo General de la Nación)
La orangutana cuando llegó a Buenos Aires el 20 de septiembre de 1994 (Archivo General de la Nación)

En cuanto a vos, hermana, no supe nada de tu vida hasta verte, triste, melancólica, con esos ojos tan perecidos a los humanos, hasta que el timón viró para el lado de la justicia. En ese momento –sólo en ese momento– los hombres empezaron a hablar de vos.

Nada sabían de tu pasado, excepto que habías nacido en Alemania y en cautiverio allá por 1986, y que a tus 9 años viniste a dar al Ecoparque de Buenos Aires: el viejo Jardín Zoológico impulsado por Domingo Faustino Sarmiento, que murió el mismo año de la inauguración: 1888.

Nuevos malos tiempos para los monos y los orangutanes. Encerrados en jaulas de doble alambre, mirados por cientos, por miles a lo largo de los días, los meses, los años, azuzados por los monos del otro lado de la reja para despertar sus morisquetas y su enojo, cobré repulsión hacia los zoológicos –esos morideros–, y los cazadores que ¡sólo por un placer perverso!, matan a toda criatura con derecho a vivir: desde palomas a elefantes. Es mucho pedirles que lean una línea de Walt Whitman: “Y hasta el sapo es una obra de Dios”.

Pero habría de llegar tu redención, hermana.

En 2015, cuatro años antes de esa mullida y abrigada caja en la que fuiste hacia el aeropuerto de Ezeiza, la justicia (jueza Elena Liberatori, en castellano, “libertadores") descubrió, ¡oh maravilla!, a tus 33 años y un cuarto de siglo de prisión, en solitario y con un gesto de tristeza que ablandaría a una roca…, que Sandra “es persona no humana, sujeta derecho, y ser sintiente" (que siente, sí. Que sufre. Que desde su primer día ha sido un objeto enjaulado. Que nadie ha entendido lo que significa esa mirada, esa cabeza baja, ese dolor que sólo algunas almas especiales pueden comprender).

El director del Zoológico de Buenos Aires en 1994, Marcos Dabbah (Archivo General de la Nación)
El director del Zoológico de Buenos Aires en 1994, Marcos Dabbah (Archivo General de la Nación)

Y de pronto, hermana, ¡quién te ha visto y quien te ve! Destino final, el maravilloso y piadoso Center for Great Apes, Florida, Estados Unidos. Una selva construida por personas si humanas y de noble corazón. Un santuario. Una selva con grandes árboles, lianas, lechos de enormes hojas, columpios, mil seiscientos metros cuadrados, veintidós hermanos monos que te esperan, y una legión de veterinarios y especialistas. Hasta psicólogos, pero sin diván.

¡Y lo que fue ese último viaje! De pronto, luego de tantos años de indiferencia, la señorita persona no humana fue cuidada como La Gioconda cuando es llevada a otro museo.

Instalada cual reina en un Mercedes Benz blanco y radiante, en una jaula climatizada y con una manta acolchada y bordada para que nada hostil la rozada, atendida por un batallón de especialistas y funcionarios –más de veinte–, hidratada continuamente con agua fría y leche de coco.

A las cinco de la tarde ya estaba en la bodega de un avión de línea. Once horas hasta Dallas, Texas: un centro para control y prevención de enfermedades que exige cuarentena: cuarenta días de espera antes del destino final.

Sandra ahora está en cuarentena, en espera de poder llegar a su destino final: el santuario Center for Great Apes, en Florida
Sandra ahora está en cuarentena, en espera de poder llegar a su destino final: el santuario Center for Great Apes, en Florida

Esos hombres te parecieron muy raros, hermana. Subieron al avión con uniformes (casi) de astronautas: malucos blancos y acolchados de pies a cuello, y cabeza cubierta con una escafandra.

Te revisaron centímetro a centímetro.

Ahora tendrás que cumplir la cuarentena. Pero en dos meses y un soplo, como una reina, entrarás al santuario. A la vida que jamás antes tuviste. Sin rejas. Sin miradas burlonas. Entre los tuyos.

Los manuales dicen que tal vez vivas hasta los 50 años. Pero cuando eso suceda –antes o después– imagino que tu última mirada será hacia las copas de los árboles y el cielo. Ese cielo tan negado.

Y la jueza Liberatori, tu madrina, seguirá teniendo en su despacho o en su casa una gran foto tuya.

Que seas muy feliz, persona no humana. De corazón, esta persona humana que acaso por una pirueta biológica bien pudo ser mono, según el gran maestro Charles Darwin.

No. No me preguntes quién fue. Viví. Viví. Viví.

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